Dra. Irene Martínez Gallego

Escuchar para cuidar: la dignidad del encuentro como pilar de la salud mental

¿Quién nos escucha cuando necesitamos ser escuchados y a quién estamos dispuestos a escuchar nosotros hoy?

Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, conviene reflexionar sobre una dolencia silenciosa de nuestro tiempo: la sensación de hablar sin ser escuchados y el impacto de la soledad no deseada en el bienestar emocional. Frente al aislamiento, recuperar la dignidad del encuentro se convierte en un acto indispensable de cuidado mutuo.

En la práctica clínica y educativa, pero también en muchos otros espacios de la vida cotidiana, es frecuente encontrarnos con un lamento que atraviesa edades, contextos y circunstancias vitales: «Siento que hablo, pero nadie me escucha». Lo oímos en adolescentes que sienten que no encajan entre sus iguales; en jóvenes que, pese a mantener una intensa actividad en redes sociales, carecen de vínculos en los que sentirse verdaderamente comprendidos; en adultos que se sienten desconectados de su entorno profesional y personal; y en personas mayores que experimentan el paulatino debilitamiento de sus redes de apoyo. Aparece en las consultas, en las aulas, en las familias, en los lugares de trabajo y en nuestras conversaciones diarias.

Detrás de esta expresión encontramos, en muchas ocasiones, una experiencia que permanece invisible: la soledad no deseada. No se trata simplemente de estar solos —la soledad elegida puede ser un espacio fértil de introspección y descanso—, sino de sentir que los vínculos que mantenemos no alcanzan el grado de cercanía, comprensión o apoyo afectivo que necesitamos. Lejos de ser una experiencia anecdótica o limitada a determinados momentos de la vida, la soledad constituye hoy un fenómeno social de alcance mundial. La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2025) estima que aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad no deseada. Además, advierte de un dato alarmante: son precisamente los adolescentes y los adultos jóvenes quienes presentan las prevalencias más elevadas, rondando el 20,9 % entre los 13 y los 17 años, y el 17,4 % entre los 18 y los 29 años.

¿Cómo es posible que la generación más conectada de la historia sea también una de las que más sola se siente? La respuesta reside en la diferencia entre estar en contacto y estar presentes. Vivimos inmersos en una inmediatez digital donde la comunicación es constante, pero a menudo fragmentada y acelerada.

Intercambiamos mensajes, imágenes y reacciones instantáneas, pero sacrificamos el tiempo de la atención consciente

En un entorno marcado por la multitarea y la estimulación permanente, nuestra capacidad de atención se ve sometida a una presión constante. Saltamos de una conversación a una notificación, escuchamos de forma reactiva, pensando en la siguiente respuesta o mirando de reojo la pantalla del teléfono, en lugar de practicar una escucha receptiva que acoja la vulnerabilidad del otro. Cuando el diálogo se convierte en un intercambio de monólogos superficiales, la persona que busca apoyo percibe esa desconexión y opta por replegarse. El aislamiento silencioso comienza ahí: cuando aprendemos que mostrar nuestro malestar resulta incómodo o improductivo para el ritmo del entorno.

La soledad: un desafío

La soledad no deseada no puede entenderse exclusivamente desde una perspectiva clínica ni como un fallo o fragilidad individual. Es un fenómeno estructural que atraviesa las diferentes etapas de la vida y que nos interpela directamente a nivel social, sanitario y educativo. La ansiedad, la depresión y el malestar emocional no brotan en el vacío; se alimentan en gran medida de la falta de pertenencia y de la fragilidad de los lazos afectivos.

Los colegios, institutos y universidades son escenarios estratégicos para detectar, comprender y prevenir la soledad. Más allá de su función académica, estos espacios son núcleos de convivencia esenciales para aprender a relacionarnos, cultivar competencias socioemocionales, gestionar conflictos de forma constructiva y crear vínculos significativos. Del mismo modo, la familia, el entorno laboral y los barrios y comunidades en los que vivimos desempeñan un papel primordial en la forma en que las personas nos sentimos acompañadas, reconocidas y valoradas.

El valor de detenerse a escuchar

Sentir que formamos parte de algo y que nuestra presencia importa es uno de los pilares fundamentales de la salud mental, que se cultiva en una conversación en la que nos sentimos escuchados, en alguien que pregunta cómo estamos y realmente espera la respuesta, en la posibilidad de pedir ayuda y expresar nuestras preocupaciones sin miedo al juicio y en la certeza de saber que, cuando las cosas se complican, no tenemos que afrontarlas solos. Significa decir, incluso sin palabras: «Lo que te sucede me importa».

Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, resulta imprescindible detenernos no solo a revisar los diagnósticos clínicos o las estadísticas, sino a cuestionar la calidad de nuestros vínculos para sentirnos vistos, escuchados y acompañados. Prevenir el deterioro del bienestar emocional empieza por pequeños gestos que parecen revolucionarios en una era marcada por la prisa: detenernos, mirar a los ojos, silenciar las notificaciones y conceder a la conversación el tiempo que merece.

En una sociedad aparentemente hiperconectada pero crecientemente fragmentada, recuperar la capacidad de escuchar puede ser una forma de desarrollar una dimensión esencialmente humana: reconocer la dignidad del otro como alguien cuya vida importa y ante cuya necesidad no podemos permanecer indiferentes. Quizá una de las preguntas más urgentes y esenciales que podemos hacernos hoy sea, precisamente, tan sencilla como transformadora: ¿quién nos escucha cuando necesitamos ser escuchados y a quién estamos dispuestos a escuchar nosotros hoy?

  • Doctora Irene Martínez Gallego, profesora de Psicología de la Universidad CEU Fernando III

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