La podóloga Soledad Alvarado explica por qué caminar descalzo no siempre es buena elecciónGetty/ O.Kondriianenko

Soledad Alvarado, podóloga

Caminar descalzo: cuándo ayuda a tus pies y cuándo puede perjudicarlos

La pregunta es cuándo, durante cuánto tiempo y si nuestros pies están realmente preparados para hacerlo

Cada verano ocurre lo mismo. Nos quitamos los calcetines, cambiamos los zapatos cerrados por sandalias y pasamos más tiempo descalzos, tanto en casa como durante las vacaciones. Además, en los últimos años se ha popularizado la idea de que caminar sin calzado es siempre beneficioso para los pies. Sin embargo, la realidad es que no todo el mundo debería caminar descalzo.

Es cierto que hacerlo tiene ventajas. En verano, cuando el calor y la sudoración nos invitan a liberar los pies del calzado, caminar descalzo puede proporcionar una agradable sensación de confort y contacto con el entorno. Además, permite una mayor movilidad de los dedos, mejora la percepción del suelo y activa músculos del pie que suelen trabajar menos dentro del calzado. Por ello, hacerlo en determinados momentos puede favorecer el fortalecimiento muscular y la movilidad articular.

En los niños, esta recomendación cobra especial importancia. Siempre que el entorno sea adecuado, pasar tiempo descalzos, especialmente sobre césped o arena, ayuda a estimular la musculatura del pie y del tobillo, favorece el desarrollo motor y aporta una valiosa información sensorial.

Por este motivo, en consulta suelo recomendar momentos de actividad descalzos y muchos de los ejercicios de fortalecimiento que indico se realizan sin calzado. Durante la infancia, cuando el aparato locomotor todavía está en desarrollo, existe una capacidad real de influir en determinados patrones de movimiento y favorecer una evolución adecuada. Por eso, esta etapa es clave para instaurar buenos hábitos y estimular correctamente el desarrollo del pie.

¿Qué pasa en adultos?

Sin embargo, la situación es diferente en los adultos y también en los niños de mayor edad. A medida que el desarrollo avanza, la capacidad de influir sobre determinadas estructuras va disminuyendo. Por ello, mi trabajo pasa a orientarse más a mejorar la función y compensar determinadas alteraciones biomecánicas que a modificar estructuras ya establecidas.

Una comparación sencilla sería la de unas gafas: no cambian la forma del ojo, pero ayudan a que funcione mejor. Del mismo modo, buscamos mejorar el funcionamiento del aparato locomotor para que la persona pueda disfrutar de una vida de calidad y de menos limitaciones en su día a día.

El problema aparece cuando convertimos una recomendación general en una norma válida para todos

Cada persona tiene unas necesidades distintas. No es lo mismo un pie sano que uno con antecedentes de lesiones, problemas de pisada o dolor recurrente. Patologías tan frecuentes como la fascitis plantar, una de las causas más habituales de dolor en el pie, pueden hacer que caminar descalzo durante largos periodos no sea la opción más adecuada.

Además, conviene recordar que no todo lo que nos resulta agradable tiene por qué ser beneficioso. Caminar descalzo puede proporcionarnos una sensación de libertad, frescor o contacto con el entorno, especialmente en verano. Sin embargo, el hecho de que algo nos haga sentir bien no significa necesariamente que sea lo mejor para nuestras articulaciones o para nuestro aparato locomotor.

Proceso de adaptación

Nuestro cuerpo necesita tiempo para adaptarse a cualquier cambio. Del mismo modo que nadie pasaría de una vida sedentaria a correr una maratón de un día para otro, tampoco deberíamos asumir que podemos pasar de utilizar calzado durante años a caminar descalzos durante horas sin consecuencias.

Si una persona desea incorporar más tiempo descalza en su día a día, lo recomendable es hacerlo de forma progresiva y observar cómo responde su cuerpo. De hecho, muchas personas que utilizan habitualmente calzado minimalista o barefoot han llegado a ello tras un proceso de adaptación que ha permitido a sus músculos y tejidos tolerar mejor las nuevas demandas.

Además, el pie no trabaja de forma aislada. Forma parte de una cadena biomecánica que incluye tobillos, rodillas, caderas y columna. Por ello, una alteración en la forma de apoyar o caminar puede acabar repercutiendo en otras zonas del cuerpo. En ocasiones, un dolor de rodilla, una sobrecarga muscular o determinadas molestias de espalda pueden tener relación con la forma en que el pie interactúa con el suelo.

En verano solemos dedicar tiempo a cuidar nuestra piel, protegernos del sol o mantenernos hidratados, pero con frecuencia olvidamos a los grandes protagonistas de nuestras vacaciones: los pies. Un calzado adecuado, unos buenos hábitos, los estiramientos y prestar atención a las señales de nuestro cuerpo pueden marcar la diferencia entre un verano cómodo y uno lleno de molestias.

En definitiva, caminar descalzo no es ni bueno ni malo por sí mismo. Como ocurre con muchas cuestiones relacionadas con la salud, la respuesta depende de la persona, de sus características y de su capacidad de adaptación.

Quizá la pregunta no sea si debemos caminar descalzos, sino cuándo, durante cuánto tiempo y si nuestros pies están realmente preparados para hacerlo.

  • Soledad Alvarado, podóloga especialista en biomecánica y podología deportiva