Caza mayor, montería, rehala

Los perros de una buena rehala deben cazar dispersos, abiertos, que se vean y oigan sus latidos por todas partes. Que haya perros lejos, otros en la zona media y algunos más cerca del perrero

Valduezas en acción

Valduezas en acciónCedida

Dentro de la caza mayor, es la montería la que concita mas interés. Montería, dice la RAE: es la actividad de cazar jabalíes, venados y otros animales de caza mayor, implicando la organización de un grupo de cazadores, y perros (rehalas) y la disposición de puestos fijos para abatir la pieza de caza. En un porcentaje muy alto de las sierras españolas es imprescindible la concurrencia de perros para realizar con éxito el acto de la montería.

Rehala o recova como se dice en Extremadura es un conjunto de perros, que conducidos por un rehalero, tienen la misión de encontrar la caza, levantarla, ladrarla en su recorrido para marcar la carrera al montero y a los otros perros haciendo más eficaz la persecución y culminar llevándola hasta las posturas.

Es importante también, que llegado el caso, la rehala tenga la capacidad de apresar e inmovilizar jabalí o venado propiciando un fácil remate a montero o perrero. Debe estar compuesta en su mayoría por perros buscadores ( 85 por ciento) y perros de agarre (15 por ciento).

Los Valdueza, óptimos para la montería con un físico imponente

El tipo de perro vendrá condicionado por las características del terreno, las especies montunas dominantes en la zona, cervuno o cochino, y el propio gusto del rehalero. Así, están los podencos que son buscas por excelencia; y los paterninos y los naveños. Y los Valdueza, óptimos para la montería con un físico imponente. Y los mastines de gran resistencia y no faltos de vientos. También preparados para la función del agarre.

Y sus cruces. En mi opinión uno de los perros más completos para estas exigencias es el cruce de mastín y podenco. Con el olfato, dicha y ligereza del podenco, toma la valentía y resistencia del mastín. Como perros de apoyo, principalmente se utilizan el alano español y el dogo argentino.

Cruzados de mastín y podenco de capa blanca y negra. Llamados de antiguo “ urracos” por su similar color al de las urracas

Cruzados de mastín y podenco de capa blanca y negra. Llamados de antiguo « urracos» por su similar color al de las urracasCedida

Las cualidades que debe tener un perro de rehala son:

Afición: ganas de cazar. Que esté siempre buscando. No todos la tienen.

Olfato: para encontrar la caza y seguir los rastros. En su ausencia solo levantaría lo que tropezase.

Dicha: ladrar la caza en su recorrido. Refuerza el acoso avisando al resto de canes y al montero.

Tesón: perseverancia en la persecución. Ni mucha, se saldrían los perros de la zona a batir. Ni poca, correr cincuenta metros y volver al perrero.

Valentía: especialmente para forzar el levante de los jabalíes.

Los perros de una buena rehala deben cazar dispersos, abiertos, que se vean y oigan sus latidos por todas partes. Que haya perros lejos, otros en la zona media y algunos más cerca del perrero. Desde el comienzo de la montería el campo se llenará de ellos y los monteros disfrutarán con su trajín y sus ladras acometiendo y levantando caza. No se trata sólo de que entre cuanta más mejor, también de que la sierra se venga abajo con las continuas y trepidantes ladras que desde todas las direcciones llegan dando emoción y compañía al montero. El rehalero con buenos perros, cazando despacio, permitiéndoles hacer, dándoles su tiempo, no se deja una res en la mancha.

Dice el conde de Yebes, de extrema reputación en el mundo cinegético, en su libro Veinte años de Caza Mayor:

«No hay verdadera montería sin perros. Es tal su importancia, que para comprenderlo basta apreciar la que nuestros clásicos les prestan en cualquiera de sus tratados sobre la materia.

Los perros van diciendo todo al que sabe escuchar, que no es fácil

»Cuando se montea de verdad, es decir, con todos los elementos que el caso requiere, y entre ellos, y en lugar preeminente, varias rehalas punteras, estas lo van diciendo todo. Lo van diciendo todo al que sabe escuchar que no es fácil. Si se sabe escuchar, aunque le haya tocado un puesto en que, por mala suerte, no haya tenido vista sobre el terreno, se habrá podido dar perfecta cuenta -siempre y cuando los perros sean de calidad- de todo cuanto ha sucedido en el día. Desde la hora en que se soltó hasta en la que se terminó la batida; de si ha habido interés o no, de si ha predominado el cervuno sobre el ganado de cerda, de si se ha tirado bien o mal, de si la caza ha corrido en dirección que convenía, de si se ha vuelto o de si no ha salido. En fin, de todo se habrá enterado y bien poco será lo que le puedan contar los que han tenido la suerte de presenciar el conjunto.

»Ahora bien, para esto, y aunque sea repetir, hay que saber escuchar y, consecuentemente, tener afición al perro, y además que éstos sean superiores, pues en el caso que sean 'unos mulos' no hay nada de lo dicho».

Y continúa:

«A tal grado puede divertir e interesar la actuación de los perros, que concibo perfectamente el tipo del buen aficionado que deje en lugar secundario la materialidad de tirar a cambio de apreciar, presenciándola y saboreándola, la actuación de una buena rehala, incluso si no es de su propiedad, pues, caso de serlo, es seguro que ha de darle satisfacción y orgullo.

»[…] y sí difícil es organizar una batida como Dios manda, si lo es llegar a tirar correctamente y a jugar el lance como es debido, lo es infinitamente más llegar a formar una rehala verdaderamente puntera».

Por su parte, el marqués de Villanueva de Valdueza, de máximo reconocimiento en la caza mayor e iniciador de una raza única de perros que concluyó su hijo, en su libro Tras las huellas del recuerdo, nos dice que:

«La rehala es el fundamento de la montería, porque la condición precisa para que la batida tenga carácter de montería, es la presencia de sus perros. […] la obligación de la rehala es la de buscar la caza, levantarla, sacarla de la mancha y, llegado el caso, pararla y agarrarla. […] Para ello están los distintos tipos de perros, cada uno con su especialidad, unos para buscar, otros para correr y, los de presa, para agarrar. »

En su libro, comenta Valdueza:

«Es muy corriente entre principiantes y entre algunos que dejaron de serlo, recibir a pedradas al perro que trajo la res derribada. Esta acción ingrata, merecedora de la mayor censura, sólo es posible ante la incomprensión más absoluta del fundamento de la montería, porque la res cobrada se debe tanto al perro que la obligó a tomar el paso, como al montero que lo ocupaba….

»A aquellos que trajeron la res, al menos por un momento, hay que dejarles, como premio, morder y luego echarles, pero no a pedradas. Sin violencia.»

A mitad del siglo pasado, en los pueblos de sierra, cada cazador de oficio tenía dos o tres perros sobresalientes en la búsqueda de las reses montunas. Alguno de ellos acompañaba en su afán a los cabreros. Eso suponía una excelente escuela para la acción requerida. Cuando se quería cazar una mancha se juntaban esos perros maestros bajo las órdenes de un único perrero y, con docena y media de canes, se batían los montes del término. Así comenzaron las rehalas y así nacieron los primeros rehaleros. Solían ser los más aficionados a los canes quienes se ofrecían voluntarios para reunirlos y luego conducirlos en el monte. Al acabar el día, cada perro volvía con su amo.

Mantener una veintena de perros era caro, por lo que las primeras rehalas fueron creadas por personas con recursos que podían hacer frente al gasto de su manutención y al jornal de un perrero. En aquellos tiempos el sacrificio del mantenimiento de una recova era reconocido por todos. Los monteros se interesaban por los perros, el perrero era querido y admirado y al dueño de la rehala se le daban condiciones de privilegio en la asignación de las posturas.

Al pasar los años, el progreso trajo una gran mejora en la gestión de las fincas llegando a abundar la caza que se convirtió en un negocio. Proliferaron las monterías y con ellas las rehalas. Emergieron nuevos rehaleros en los que las figuras del perrero y el dueño de los perros se fundían en una sola persona. Hoy son mayoría los que, robando horas a su tiempo de descanso y dedicando un dinero que no les sobra, costean esa pasión que son sus perros.

En la actualidad se estima que en España hay 2.500 rehalas aglutinadas la mayoría en asociaciones creadas para la defensa de sus intereses.

PD: La actividad cinegética genera un impacto de 10.190 millones € de PIB en España. Ha contribuido a mantener 199.000 puestos de trabajo en 2023 y los organizadores de cacerías y titulares de cotos mantienen 45.642 empleos directos. Fuente: Artemisan/ Deloitte. Estudio del impacto económico, social y ambiental de la actividad cinegética en España. 2023.

Perico Castejón es ingeniero agrónomo

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