Vaca con un cencerro en la dehesa
El cencerro es la voz de las dehesas. No es un simple ruido metálico; es el tintineo alegre que da ritmo a la vida rural, una melodía que se entrelaza con el viento, el crujir de la maleza y el paso pausado de las ovejas, las vacas o las cabras. Cada golpe de hierro contra bambú o metal hueco cuenta una historia: la de un rebaño que se mueve, la de un pastor que camina, la de una tierra que respira. Ese sonido viaja kilómetros por los campos, atravesando encinares, cruzando arroyos y saltando cerros, y con él llega la certeza de que todo está como debe estar: el rebaño avanza, el pastor está en su sitio, la vida en su lugar.
Antes, hacer cencerros era una profesión de talleres modestos, transmitida de padres a hijos, donde los artesanos sabían exactamente qué grosor de lámina, qué curvatura y qué longitud de lengua metálica producían el sonido perfecto: ni demasiado agudo, que se pierda en la distancia, ni tan grave, que suene a luto. Esos artesanos entendían que no estaban fabricando un instrumento: estaban forjando el corazón sonoro de la trashumancia. Conocían de memoria el tipo de metal que resistía el frío del invierno y el calor del verano, la técnica para que el cencerro no se oxidara con la lluvia ni se agrietara con el sol. En pueblos de Salamanca, Ávila y Cáceres había pequeñas cencerrerías que abastecían a pastores de toda la península, y cada taller tenía su firma sonora, su sello inconfundible que un pastor experimentado reconocía a cientos de metros.
El cencerro funciona como un GPS natural, pero mucho más intuitivo que cualquier satélite. Cuando la niebla cubre la dehesa al amanecer o el rebaño se dispersa entre los alcornoques al mediodía, basta con cerrar los ojos y escuchar: el tintineo guía, indica dónde están los animales, si van pausados o nerviosos, si se acercan o se alejan, si hay alguno que cojea o se ha separado del grupo. Es la brújula acústica del pastor, la voz que nunca falla, la que conecta al hombre con su rebaño sin necesidad de gritos ni silbidos. Es una conversación silenciosa hecha de sonido, un diálogo centenario entre el ser humano y la naturaleza que no necesita palabras.
El tamaño, el peso y el tono del cencerro no son casuales: el rebaño lleva varios cencerros de diferentes sonidos para que el pastor pueda identificar qué animal va dónde, ya sea en un rebaño de ovejas, de cabras o de vacas.
Permite que el pastor, incluso a kilómetro y medio de distancia, sepa exactamente cómo se mueve su rebaño
Esta sinfonía organizada —entre ovejas, cabras y vacas— permite que el pastor, incluso a kilómetro y medio de distancia, sepa exactamente cómo se mueve su rebaño, cuántos animales hay en cada grupo, qué especies van juntas y cuáles separadas, y si todo avanza según el plan de la jornada.
El cencerro es, en definitiva, la memoria sonora de la España rural. Es un puente entre el pasado y el presente, entre el campo y la ciudad, entre la tradición y la modernidad. Un código que el cabrero o el vaquero dominan de memoria y que convierte el ruido metálico en una conversación cotidiana con la tierra, con los animales y con la propia historia de la trashumancia. Y mientras suene, la vida en el campo sigue viva: el rebaño avanza, el pastor camina y la dehesa respira con su voz metálica y alegre, que jamás se apaga del todo.
- Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá