Mercedes Barona
Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Aguardo

El cazador aprende a estar quieto, oculto, a leer el viento, la luz, el ruido mínimo de una rama, el vuelo alarmado de un ave

Aguardo es la paciencia encarnada del campo: no la espera del reloj, sino la espera que se hace con el cuerpo, la respiración y la disciplina de los sentidos. Es quedarse en el sitio justo —el umbral de la cuadra, la sombra de la encina, la silla junto al pozo, el puesto en la caza— sabiendo que algo llegará aunque no se sepa cuándo; es habitar el tiempo más que medirlo.

En la caza, el aguardo se vuelve técnica y rito. El cazador se instala en un sitio preparado o buscado, un puesto fijo desde el que espera el paso del animal por sus caminos de costumbre, sus querencias, sus idas y venidas. Aprende a estar quieto, oculto, a leer el viento, la luz, el ruido mínimo de una rama, el vuelo alarmado de un ave. No hay carreras ni persecuciones: hay inmovilidad alerta, una espera larga que se apoya en el conocimiento del terreno y en la confianza en que, en algún momento, el monte mostrará algo de lo que guarda. Esa espera tiene algo de ceremonia íntima: el cuerpo se amolda al puesto, la mente se afina, el paisaje se convierte en página donde cada detalle puede ser una nota.

No se trata solo de dejar pasar las horas, sino de estar disponible para el momento en que algo por fin suceda

Pero la fuerza de aguardo no se limita al puesto cinegético. También nombra otras esperas humanas: la del hijo que vuelve a casa por el carril de siempre, la de la lluvia que al fin rompe una racha de meses secos, la del pan que termina de hacerse en el horno de leña, la de la carta que quizá llegue en el reparto de mediodía. En todas ellas hay una mezcla de paciencia y atención: no se trata solo de dejar pasar las horas, sino de estar disponible para el momento en que algo por fin suceda.

En el campo, aguardar es una forma de trabajo. Se aguarda en la orilla del río mientras las redes descansan en el agua, se aguarda en la viña el punto exacto de madurez, se aguarda junto al corral a que entren las últimas reses rezagadas. Quien vive de la tierra aprende pronto que hay límites a lo que se puede acelerar: ninguna prisa hace que el fruto llegue antes, que la luna cambie, que el frío se adelante. El aguardo enseña a sincronizar el ánimo con esos ritmos, a aceptar que la eficacia también pasa por saber detenerse.

Hay, además, un aguardo interior: el del que espera una palabra, una decisión, una reconciliación. Igual que en la caza al aguardo, donde el puesto obliga a afinar oído y vista, estas esperas íntimas exigen afinar la propia mirada: aprender a distinguir entre lo que depende de uno y lo que sólo el tiempo puede traer. A veces el aguardo sostiene la esperanza; otras, pone a prueba la paciencia y desenmascara impaciencias disfrazadas de urgencia.

Por eso, en el Diccionario sentimental de campo, aguardo no es una simple demora. Es oficio, costumbre y ritual. Entre la acción y la prisa, el aguardo abre un espacio donde el tiempo no se sufre, sino que se acompaña. Enseña a entender la pausa. No promete nada espectacular; sólo recuerda que, en el campo, esperar también es una forma de vivir.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá
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