Antón Riestra
Cuando no cazo, leoAntón Riestra

De cazador a cazador de libros

Una vez abierta esa puerta, conviene andar con cuidado, porque la afición suele avanzar deprisa. El becadero buscará todo lo que se haya escrito sobre la dama del bosque. Un aficionado de reclamo se verá disfrutando de los lances narrados en todos los libros cuquilleros...

Ilustración cazando libros

Ilustración cazando librosCedida

Normalmente el aficionado a los libros de caza ha sido antes cazador que lector. Rara vez alguien llega a la literatura cinegética desde una pasión previa por los libros. Lo habitual es el camino contrario: primero llegan las jornadas en el monte, los perros, los amaneceres fríos y los lances; y después aparecen los libros.

Casi siempre el proceso comienza de manera inocente. Algún amigo regala una obra que considera imprescindible y de lectura accesible. Puede ser Diario de un cazador, Veinte años de caza mayor —o incluso su célebre prólogo publicado por separado—, alguna de las obras de Covarsí, de Alfonso de Urquijo o de Mariano Aguayo. El volumen ocupa su lugar en una mesa o en una estantería y allí permanece durante semanas, meses o incluso años, esperando su oportunidad.

Un día cualquiera, sin embargo, el propietario lo recuerda. Lo abre sin demasiadas expectativas y comienza a leer. Puede que en ese primer acercamiento no descubra nada extraordinario. Pero la literatura cinegética tiene algo de lance inesperado. Igual que la liebre salta cuando menos se la espera, llega un momento en que una frase, una descripción o un párrafo entero transportan al lector a una experiencia propia. De repente vuelve a encontrarse en aquel barranco, en aquella mancha o en aquella ladera que creía olvidada. Entonces comprende que los libros le permiten regresar al monte siempre que lo necesita.

Y ese descubrimiento tiene consecuencias.

No importa que sea tiempo de veda, que se encuentre de viaje por trabajo o que una tormenta de nieve impida salir al día siguiente. Con un libro en las manos cualquiera puede acompañar a Pedro Pidal por los Picos de Europa en busca del oso, recorrer los macizos asiáticos junto a Pepe Madrazo tras un argali, internarse en África con Jorge de Pallejá o ir en la mano junto a Lorenzo esperando que, al trasponer la siguiente loma, rompa a volar el bandito de perdices que llevábamos delante.

Una vez abierta esa puerta conviene andar con cuidado, porque la afición suele avanzar deprisa. El becadero buscará todo lo que se haya escrito sobre la dama del bosque. Un aficionado de reclamo se verá disfrutando de los lances narrados en todos los libros cuquilleros. Quien sueñe con un sarrio pirenaico acabará leyendo todo lo que pueda encontrar escrito por José Ramón Camps sobre caza de montaña. Y el cazador, que por naturaleza tiene algo de trofeista, una cierta inclinación por completar series y perseguir piezas difíciles, descubrirá pronto el placer de rastrear librerías de viejo, catálogos y páginas de internet en busca de ese ejemplar que siempre parece escaparse.

Ya no interesan solo las anécdotas o los lances, sino quién los escribió, cuándo se imprimieron, qué ediciones existen...

El libro que se resistía era solo el primero. Detrás vendrán los que no se imprimieron en suficientes ejemplares, los que sólo circularon entre bibliófilos, los que se subastaron una vez y no volvieron a aparecer.

Ya no interesan solo las anécdotas o los lances, sino quién los escribió, cuándo se imprimieron, qué ediciones existen o qué otros títulos forman parte de la misma colección. La biblioteca comienza a crecer casi sin darse cuenta; el cazador se encuentra rodeado de estanterías cada vez más llenas y dedicando más tiempo a ordenar su biblioteca que a cualquier otra afición. Algunos incluso descubren que los libros han acabado ocupando un lugar tan importante como las propias jornadas en el campo.

Porque hay una frontera difícil de señalar, pero perfectamente reconocible. Es el momento en que uno deja de ser simplemente un cazador con libros y se convierte, para siempre, en un cazador de libros.

  • Antón Riestra es vocal del Círculo de Bibliofilia Venatoria

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