Cómo conservar la fauna salvaje

Los animales salvajes ocupan cada vez menos espacio. Diversos estudios estiman que los mamíferos salvajes representan actualmente apenas un 4 por ciento de la biomasa total de mamíferos terrestres, mientras que los seres humanos y el ganado doméstico ocupan la inmensa mayoría

Gracias a la caza muchas personas obtienen empleo y viven en esas regiones con sus familias

Gracias a la caza muchas personas obtienen empleo y viven en esas regiones con sus familiasCedida por el autor

Hace unos días publiqué en El Debate un artículo sobre la dificultad de conseguir determinados trofeos de caza. Como era previsible, algunos lectores discreparon. La discrepancia siempre es bienvenida. Lo que resulta más preocupante es la creciente costumbre de opinar con absoluta certeza sobre realidades que se desconocen por completo.

Porque el debate no gira realmente en torno a la caza. Gira en torno a una cuestión mucho más importante: cómo conservar la fauna salvaje en un mundo donde cada año hay más personas y menos espacio para los animales.

La población mundial continúa creciendo a un ritmo extraordinario. África, por ejemplo, alberga hoy más de 1.300 millones de habitantes y podría superar los 2.500 millones a mediados de siglo. La consecuencia es evidente: más tierras de cultivo, más infraestructuras, más ganado, más consumo de agua y una presión creciente sobre los ecosistemas.

El resultado es que los animales salvajes ocupan cada vez menos espacio. Diversos estudios estiman que los mamíferos salvajes representan actualmente apenas un 4 por ciento de la biomasa total de mamíferos terrestres, mientras que los seres humanos y el ganado doméstico ocupan la inmensa mayoría.

A esta presión se suma una amenaza todavía más grave: el furtivismo.

Tomemos como ejemplo al elefante africano. Durante los últimos dos siglos sus poblaciones han sufrido un colapso extraordinario debido a la pérdida de hábitat, los conflictos con las comunidades humanas y la caza ilegal impulsada por el comercio internacional de marfil.

Botsuana, Namibia, Zimbabue y Sudáfrica albergan hoy la mayor parte de los elefantes del continente; en estas últimas naciones la caza deportiva es legal

Sin embargo, la situación no es homogénea. Mientras algunas regiones de África han perdido gran parte de sus elefantes, otros países mantienen poblaciones estables o incluso crecientes. Botsuana, Namibia, Zimbabue y Sudáfrica albergan hoy la mayor parte de los elefantes del continente; en estas últimas naciones la caza deportiva es legal.

Los safaris de caza son supervisados por guardas forestales o scouts del gobierno

Los safaris de caza son supervisados por guardas forestales o scouts del gobiernoCedida por el autor

Esta realidad debería invitarnos a reflexionar. Si el problema fuese tan simple como algunos creen, todas las poblaciones evolucionarían de la misma forma. La pregunta fundamental es otra: ¿cómo conseguir que las personas que conviven diariamente con la fauna salvaje tengan interés en conservarla?

Desde Europa solemos contemplar la naturaleza desde una perspectiva cómoda y urbana. Admiramos al león, al elefante o al búfalo desde documentales de televisión o redes sociales. Sin embargo, la percepción cambia cuando un elefante destruye la cosecha que alimenta a una familia durante todo un año o cuando un depredador acaba con el ganado del que depende una comunidad entera. La conservación no puede imponerse contra quienes viven sobre el terreno. Debe construirse con ellos.

Por eso una parte creciente de los expertos en conservación defiende que las comunidades locales deben obtener beneficios tangibles por mantener la fauna salvaje. Allí donde la naturaleza genera empleo, ingresos y oportunidades económicas, la población tiene incentivos para protegerla. Allí donde solo genera costes, conflictos y restricciones, la fauna termina siendo percibida como un problema.

El turismo fotográfico constituye una herramienta extraordinaria en muchas regiones. Pero no en todas. Existen enormes extensiones de territorio alejadas de los circuitos turísticos, con escasas infraestructuras, climas difíciles, baja densidad de fauna o problemas de seguridad. Son precisamente esos lugares donde viven muchos de los animales que todavía sobreviven fuera de los grandes parques nacionales.

En parte de esos territorios, la caza deportiva regulada ha demostrado ser una herramienta de conservación eficaz. No la única. No una solución milagrosa. Pero sí una herramienta útil.

Los ingresos procedentes de concesiones cinegéticas, tasas gubernamentales, empleo local, distribución de carne, financiación de patrullas anti furtivos y mantenimiento de grandes extensiones de hábitat han permitido conservar especies y ecosistemas que probablemente habrían desaparecido bajo la presión agrícola o ganadera.

Para el cazador occidental un viaje de caza es una aventura que nos deja recuerdos imborrables, para los africanos es empleo, protección de la fauna y comida. Un safari es una verdadera fiesta

Para el cazador occidental un viaje de caza es una aventura que nos deja recuerdos imborrables, para los africanos es empleo, protección de la fauna y comida. Un safari es una verdadera fiestaCedida por el autor

Existen ejemplos conocidos en África austral, en Asia Central o en Pakistán. El caso del markhor pakistaní es probablemente uno de los más estudiados: una especie que pasó de encontrarse en una situación crítica a experimentar una recuperación notable gracias a programas que involucraban directamente a las comunidades locales a través de la caza de trofeos.

Por supuesto, la caza deportiva no resolverá por sí sola los problemas de conservación. Tampoco lo harán las organizaciones ecologistas actuando aisladamente. Ni los gobiernos. Ni los organismos internacionales.

La magnitud del desafío exige colaboración.

Los conservacionistas necesitan a quienes trabajan diariamente sobre el terreno. Los cazadores necesitan a los científicos. Los gobiernos necesitan datos fiables. Y todos necesitan combatir conjuntamente a los verdaderos enemigos de la fauna: el furtivismo organizado, la corrupción, la destrucción del hábitat y el tráfico ilegal de especies.

Resulta llamativo que algunos prefieran concentrar toda su indignación en unos pocos miles de cazadores legales mientras apenas prestan atención a las mafias que comercian con marfil, cuernos de rinoceronte o partes de grandes felinos. Es una reacción comprensible: siempre resulta más sencillo señalar al actor visible que enfrentarse a problemas complejos. Basta poner un solo ejemplo, en Kenia, donde la caza deportiva está prohibida desde hace más de 40 años, se han perdido más del 70 por ciento de sus grandes mamíferos. Es decir, la prohibición de la caza deportiva que ellos anhelan no parece ser la solución mágica que presuponen.

Pero la naturaleza rara vez entiende de consignas sencillas.

Después de más de un centenar de expediciones por distintos continentes he aprendido algo que intento recordar siempre: las personas que viven junto a la fauna suelen comprender mejor estos problemas que quienes los observamos desde miles de kilómetros de distancia.

He compartido muchas noches de campamento con rastreadores africanos, guardas, biólogos, propietarios rurales y cazadores profesionales. He escuchado preocupaciones muy distintas, pero casi siempre una misma conclusión: la conservación solo funciona cuando las comunidades locales participan en ella y obtienen beneficios reales.

Quizá sería bueno escuchar más a quienes viven estos problemas cada día y opinar un poco menos desde la distancia.

La conservación necesita menos dogmas y más conocimiento. Menos consignas y más datos. Y, sobre todo, más capacidad para comprender que los problemas complejos rara vez admiten soluciones simples. En definitiva, si más personas escuchasen en vez de querer opinar siempre el mundo sería un lugar mejor.

  • José Luis López-Schummer es presidente de la fundación Artemisan

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