Rebaño de ovejasEuropa Press

El 'cuerpo de élite' que puede reducir el 90 % del combustible forestal se desangra por falta de rentabilidad

España ha perdido 2.382.088 cabezas de ovino en tan solo un año

Cada verano, la tragedia sacude a España en forma de incendio. Las llamas, el humo, el viento, las pavesas suspendidas en el aire y la desolación vuelven un año tras otro a los campos y montes nacionales.

Las medidas de prevención se han demostrado insuficientes, ya que el problema persiste y las consecuencias del fuego van más allá del perjuicio económico.

Los habitantes del medio rural, víctimas habituales de estos sucesos, aluden a un mantra que se repite ahora más que nunca desde la clase política, aunque llegue tarde: «Los fuegos se apagan en invierno»; sin embargo, la sensación que trasladan agricultores y ganaderos, principales profesionales que ocupan estas zonas, es que la Administración zancadillea a los responsables de desplegar en el campo lo que denominan el mejor arma –y la más ecológica– contra los incendios forestales.

«El pastoreo durante todo el año puede reducir hasta el 90 % del combustible forestal en bosques, sotobosques y montes bajos. Cabras y ovejas llevan generaciones limpiando el monte de manera gratuita y sostenible, y cuando llega el fuego, esas zonas gestionadas hacen que los incendios sean más pequeños y las labores de extinción mucho más seguras», indicaba Andrés Góngora, secretario general de COAG, en un encuentro producido con el ministro de Agricultura, Luis Planas, tras el letal incendio de Los Gallardos –14 muertos– y antes de los sufridos en las provincias de Ávila, Madrid y Toledo.

La recomendación del dirigente de COAG al ministro socialista incidía en el valor de la ganadería extensiva, actualmente en declive, para eliminar el combustible vegetal que multiplica la ferocidad de los incendios: «Necesitamos un apoyo decisivo a la ganadería extensiva y al pastoreo, a las denominadas ovejas bomberas, un cuerpo de élite rural con 15 millones de efectivos que hoy trabaja prácticamente sin reconocimiento ni ayudas específicas».

La práctica del pastoreo muere por una falta de rentabilidad que expulsa a los ganaderos de la profesión y, por tanto, a unos rumiantes que arrasan –en el buen sentido– con todo el pasto que les ofrece la naturaleza.

Según la encuesta del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación sobre la cabaña de ganado ovino y caprino perteneciente a 2025, España ha perdido 2.382.088 cabezas de ovino en tan solo un año.

La sangría es abrumadora: en 2025, el país perdió 198.507 ovejas al mes respecto a 2024, 6.526 al día, 272 a la hora o 4 por minuto. «El campo puede ser parte de la solución si se le da la rentabilidad y el respaldo que necesita», reclamaba Góngora.

Este agujero en las cuentas lastra también la viabilidad de las explotaciones de caprino, que por primera vez se sitúan por debajo de los 2 millones de cabezas de ganado después de caer en casi 400.000 animales en tan solo un año.

Los que viven del campo y dedican su vida a la cría de estos animales claves para la prevención contra los incendios forestales exigen apoyo al emprendimiento para que los que están en las zonas rurales no se vayan, incentivos a la familia y a la natalidad, exenciones de impuestos en el medio rural y respaldo a la ganadería en general y específicamente a la extensiva, así como la rebaja de las demandas burocráticas.

Felipe Molina, presidente de la Asociación Nacional de Ganaderos y Ganaderas en Extensivo (Anggex), hace referencia en declaraciones para Efeagro al valor de este tipo de incentivos: «Apagar una hectárea incendiada vale 10.000 euros, según los expertos; mientras que se podrían pagar 200 euros por hectárea al ganadero que las limpia con sus animales».

La falta de certidumbre en las actividades agrarias, el alto grado de dedicación del sector y la dificultad de acceso a la tierra erosionan la llegada de un relevo generacional que continúe con el mantenimiento de los montes. Según el Colegio Oficial de Ingenieros de Montes, los bosques españoles han multiplicado por 2,5 su extensión en los últimos 80 años y por 3 sus stocks de biomasa en los últimos 50 años, lo que multiplica la vegetación muerta y desata la virulencia de los incendios.