Últimas campanadas del verano: el olor del otoño ya llega

Es hora de rematar las faenas no terminadas: mondar las charcas antes de que caigan gotas de agua del cielo; apilar la leña para cuando el frío se meta en el cuerpo y la chimenea nos reclame

Caozo del Río Huebra durante el duro estiaje

Caozo del Río Huebra durante el duro estiajeCedida

Son las 9:00 h de la mañana. Hoy mi desayuno tiene sabor a fin de verano: un batido de moras acompaña a una tostada regada con aceite de oliva y tomates jugosos del huerto.

Muchas son las señales que anuncian el próximo cambio de estación sin necesidad de mirar el calendario. Desde hace días, los rayos solares han ido cambiando su inclinación y, donde antes pegaba un sol de justicia, ahora hay frescura que permite sentarte a la hora del Ángelus, con un libro en la mano, sin tener que cobijarte bajo techados o sombrillas.

Puntuales a su cita, brotaron. Llevan en su vestido la verdad cosida a su tallo. Salpicando vaguadas y majadales, dan color al pasto seco. Las quitameriendas piden paso. Gritan, en medio de un campo marchito, que el calor se va, que la vida sigue y que el tiempo no descansa.

Empezaron a llegar hace unos días. Dos, tres y hasta veinte he contado desde el jardín de mi casa. Se agrupan. Se hermanan. Un largo viaje les aguarda. Cogen fuerzas llenando sus buches de cangrejos, renacuajos o de cualquier otro alimento que encuentren en esos caozos heridos de muerte. Con su plumaje de luto y sangre en su pico, ¡allá van las cigüeñas negras, haciendo un alto en su peregrinar, camino de África!

Manjolinos como perlas rojas adornan los espinos; moras decoran las zarzas; porretín, tierno y verde, crece por los rastrojos; bruma al amanecer en las riberas; hormigueros con la despensa llena y el sol recogiéndose cada jornada unos minutos antes. Rebeca al anochecer y a primera hora de la mañana. El estío termina —largo y duro ha sido este año—, y con los ojos puestos en una nueva otoñada, empiezan los preparativos en el mundo rural.

Espino albar copioso de manjolinos

Espino albar copioso de manjolinosCedida

Es hora de rematar las faenas no terminadas: mondar las charcas antes de que caigan gotas de agua del cielo; apilar la leña para cuando el frío se meta en el cuerpo y la chimenea nos reclame; desahijar a los becerros que pronto tendrán su bautismo de fuego; preparar gradas y vertederas para dar otra vuelta a los barbechos antes de sembrar la simiente que hará explosionar vida allá por la primavera.

¿Qué hay en este mundo más incontrolables e impredecibles que las lluvias, sequías, hielos y escarchas?

Y, ¡cómo no!, también de poner la vista en el presente para tomar decisiones ante el otoño que pide paso y el invierno que le sucede. ¡Muchos cuartos están en juego pendidos de las ramas de los quercus! Promesas dentro de cascabullos en encinas, robles y alcornoques, un fruto que abulta carteras o incrementa las deudas. ¡Mira que es duro el campo, vasallo de los caprichos del clima!, porque ¿qué hay en este mundo más incontrolables e impredecibles que las lluvias, sequías, hielos y escarchas? En manos de la madre naturaleza quedamos, depositando nuestra confianza en su clemencia y misericordia, al tiempo que con los ojos miramos al cielo y rogamos a Dios que el tiempo nos acompañe.

Ayer me di una vuelta, como llevo haciendo todo el verano, a lomos de mi caballo. Bien saben los entendidos que la bellota hay que verla o con las primeras luces o con las de retirada; ahí no te engañan los destellos y se trashoja ese fruto, ansiado manjar para los de pata negra. Yo, que soy ave nocturna, prefiero observar la futura montanera cuando el gran astro se recoge y, mientras recorro los cercados con mi vista puesta en las copas de los árboles, disfrutar de las carreras locas de mis perros de caza.

Salí de las cuadras cuando el reloj marcaba la hora de ese juego vil, cruel y tirano que por una carta te pasas y por otra te quedas corto —modificado y haciendo mío el brillante monólogo de Pedro Muñoz Seca en La Venganza de don Mendo— para poner rumbo a Ceponegro. La bajada al río era paso obligatorio; cruzar su lecho seco y pedregoso, un peaje doloroso. Fresnos ya desprendidos de sus hojas en las orillas del Huebra, y los robles, tristes imitadores, haciendo lo mismo valle arriba, donde las vacas paridas y las novillas nuevas comían a dos carrillos el pasto abundante de su ribera.

Contenta me quedé con lo que mis pupilas captaron cuando me adentré en el encinar. Los vientos huracanados de los días anteriores no habían podido tirar las pepitas de oro encapuchadas, y una montanera en gracia es lo que nos aguarda. Con el monte protegido contra el balanino, la tranquilidad me sostiene: no hay miedo a que cuando eclosione el maldito escarabajo —al esponjarse y humedecerse el terreno ante los litros de agua caídos en las últimas tormentas—, taladre la bellota, deposite su huevo y la mele.

Ya queda poco para que campeen a sus anchas más de trescientos cincuenta marranos por estas tierras castellanas y, si nada lo impide y la desgracia no aparece, cogerán sus quince arrobas para alegría de esta familia ganadera.

Es hora de retirar el desayuno y volver a mis quehaceres; pronto será otro escenario el que recorran mis ojos. Pena me da pensarlo. Dejaré atrás la dehesa y me secuestrará el asfalto, pero, mientras dure este regalo, voy a disfrutar de mis paseos a caballo, de mis aguardos y de esa mirada perdida en el horizonte donde la tierra y el cielo se dan la mano.

  • Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, máster de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá
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