Los sentidos y la caza

Cuando nos preparamos antes de iniciar una jornada cinegética, ya empezamos a sentir aquellos aromas característicos de nuestras jornadas camperas, el jaboncillo sobre el cuero o el de esa cazadora cuya fragancia a jara ya es imposible de eliminar

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CazadoresAndrey Ugadchikov

Volviendo de la berrea, me recreo en el recuerdo de lo vivido. Ha sido un maravilloso fin de semana de caza, en el que no hemos tirado nada. Los venados, todavía a la búsqueda de hembras para crear su harén, nos han regalado un concierto de bramidos, que ha sido un verdadero placer para nuestros oídos.

Me ha hecho recordar los comentarios de un cazador profesional en Tanzania, donde estuve montando campamentos de caza al poco de terminar la carrera. Me recriminaba que en Europa sólo cazamos con la vista. El defendía que su tipo de caza, siguiendo la huella, es más auténtica que el rececho. Pero su comentario fue desafortunado, ya que tanto siguiendo la huella como avistando un animal, el sentido que predomina es la vista. Tampoco tenía en cuenta la infinidad de métodos de caza que se usan en Europa. Siglos de cultura nos han hecho desarrollar innumerables formas de venatoria, aunque es verdad que, en casi todos ellos, los sentidos predominantemente empleados son la vista y el oído.

Pero aquellos que vivimos con pasión todo lo que tiene que ver con la caza, ponemos en ello todos nuestros sentidos.

Cuando nos preparamos antes de iniciar una jornada cinegética, ya empezamos a sentir aquellos aromas característicos de nuestras jornadas camperas, el jaboncillo sobre el cuero o el de esa cazadora cuya fragancia a jara ya es imposible de eliminar. Aunque de vez en cuando también recibimos olores que no son tan gratos ¿Quien no ha sufrido el tufo de su perro, al que se ha olvidado de lavar antes de emprender un viaje? Menos mal que las papilas olfativas se acostumbran a los pocos kilómetros.

Eso sí, en la acción de la caza, es cuando todos los sentidos entran en acción. Me centraré sólo en unos pocos métodos de caza para no aburrir al personal con tantísimos ejemplos que nos da el arte cinegético.

Camino a las esperas el olor de zorro no puede engañar por donde ha pasado, y ya colocados sentimos en nuestra piel de donde procede el aire, prediciendo si la jornada puede resultar en fracaso, dando paso a nuestro oído que se agudiza atento a cualquier chasquido. Aquí la vista no es tan importante, aunque siempre será la que nos haga decidir si se tira o se perdona la vida al animal cazado.

Tras regodearnos del aroma de las labiadas o la jara del entorno, el oído vuelve a ser protagonista

En las monterías, se empieza dando gusto al paladar, saboreando esas migas, que según las regiones y habilidades de los cocineros, tantos matices diferentes nos pueden regalar al paladar, y las mejores de las veces aromatizadas por el olor de las brasas donde se han cocinado o de la lumbre encendida para calentarnos. Ya colocados, tras regodearnos del aroma de las labiadas o la jara del entorno, el oído vuelve a ser protagonista. La sutileza de los sonidos en una espera, se convierten aquí en una gran orquesta compuesta por los gritos de los rehaleros jaleando a sus perros y las ladras que nos hacen estremecer hasta ponernos la piel de gallina, anticipándonos el romper del monte que precede una posible oportunidad en nuestro puesto. Aunque poco puede superar el sonido de un agarre, que nos pone los nervios a flor de piel.

También aquí la vista nos hace sentir plenamente, muchas veces únicamente disfrutando de la diversidad de paisajes que llegamos a conocer con el rifle a cuestas, pero qué mayor regalo a la vista que cuando nos entra ese animal soñado. De la montería se disfruta hasta del olor de la pólvora tras acariciar el gatillo cuando el monte nos ha ofrecido la oportunidad de tirar. Y terminamos la jornada como la comenzamos, disfrutando del sabor de los platos de cuchara o esos asados que esperamos con ansia tras el frío pasado en el puesto.

También en la montaña la Naturaleza se hace muy presente en nuestros sentidos. Puede que aquí el olfato y el gusto queden un poco de lado, pero se compensan con creces con el resto de nuestras sensibilidades. Las primeras luces del día, los cielos azules que se transforman en un momento en un cielo negro que avanza hacia una tremenda tormenta, la vegetación frondosa que cambia según vas ascendiendo dando paso a espacios abiertos donde la piedra y los neveros toman el relevo, todo ello viene acompañado de atributos que dejan sensaciones en todos nuestros sentidos. Como el viento frío cuyo tacto en nuestro rostro parece que lo corta en mil pedazos, su silbar también es música para nuestros oídos como el sonido de los riachuelos con sus pequeños saltos o las fuentes que surgen en medio de una pedriza. Incluso el silencio en las cumbres, esos días en que no se mueve ni una hoja, deja sensaciones indescriptibles en nosotros, y más cuando se rompe con el canto de una rapaz. Pero hasta que no percibimos ese rebeco solitario vigilando desde lo alto, no se ponen todos nuestros sentidos en alerta. Entonces nuestra piel se hace consciente de la dirección del viento, nuestra vista nos muestra el mejor camino para acercarnos sin ser vistos, el oído nos hace sufrir de nuestras pisadas o el golpeteo de la vara de avellano pegando en las rocas. En cambio, la dureza de las piedras o las ramas en las que nos apoyamos para avanzar sin hacernos notar, ni las notamos.

Y como conclusión, no nos olvidemos el sentido que nunca puede faltar en la caza, el menos común de los sentidos, a sabiendas el sentido común.

  • Clara Moreno de Borbón es vicepresidente del Real Club de Monteros y vocal de la Junta Nacional de Homologación de Trofeos de Caza

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