Kevin Costner y Craham Greene, en una imagen de Bailando con lobos
Cine
Los seis mejores invernales para ver en verano
Subgénero no oficial dentro del clásico americano, algunos de ellos son rotundas obras maestras
La pureza de la nieve tiene un sentido en el género de los géneros americanos que va mucho más allá de lo estético. Algunos cineastas la utilizaron como la fosa común del propio género, como el santuario que conduce a la verdadera espiritualidad o como el sudario lírico de una cultura moribunda. Sea como fuere, todos los wésterns en los que la nieve tiene una importante presencia tienen algo en común, el lirismo más puro.
'Centauros del desierto' (John Ford, 1956)
Una vez más, el cineasta más grande de todos los tiempos rompe los esquemas del género al adentrar a Ethan Edwards por los parajes nevados del Territorio de la India en Oklahoma. El tránsito del rojizo Monument Valley a las llanuras nevadas es una perfecta metáfora de la frialdad con que el personaje asume la incansable búsqueda de su sobrina. Su odio es sólo comparable a la inmensa hostilidad del mundo que le rodea, inmisericorde como él. Una poesía visual incomparable dentro de la filmografía del genio de los genios.
'El gran silencio' (Sergio Corbucci, 1968)
El director que mejor ha explorado la violencia en el spaghetti wéstern utilizó la nieve, en una de sus obras maestras más rotundas, no solo como un decorado inusual, sino como un elemento narrativo estético con el que subvertir por completo las reglas del género. Lejos del sol abrasador y los paisajes polvorientos del Almería, Corbucci utiliza la nieve como catalizador de la crueldad humana y como poético escenario de la barbarie y la masacre. Pesimista, oscura, profundamente silenciosa y brutal, es una película inimaginable lejos de la nieve.
'Las aventuras de Jeremiah Johnson' (Sydney Pollack, 1972)
La nieve en esta película protagonizada por Robert Redford opera como un catalizador implacable hacia lo espiritual, fundamental para entender la evolución física y psicológica del protagonista. El ermitaño J.J. pasa de ver la nieve como un enemigo a abatir, a admirarlo como un código fascinante a descifrar donde vivir y hallar la paz. Por eso, cuando logra comprenderla y amarla, se mueve por ella casi como un mito espectral convirtiendo en algo tangible el famoso poema de Lord Byron que dice «No amo menos al hombre, sino más a la naturaleza».
'Bailando con lobos' (Kevin Costner, 1990)
No es baladí que la obra maestra de Costner termine con este teniente Dunbar convertido ya en El que baila con los lobos desapareciendo por el paisaje helado junto a su compañera huyendo de la civilización y entregándose a su nueva vida con los indios.
Solemne y trágico, mientras su amigo Cabello al viento le grita desde lo alto de un acantilado helado que será siempre su amigo, aquí la nieve no es un elemento purificador, sino un sudario blanco sobre el que va a ir muriendo irremediablemente la frontera salvaje.
'Los odiosos ocho' (Quentin Tarantino, 2015)
La que es para muchos la peor película de Tarantino, supone su homenaje definitivo a la citada película de Corbucci, pero más claustrofóbica y teatral aún. La nieve aquí no es solo el motor de la trama o un marco estético, sino una metáfora por contraste de la podredumbre de una nación construida sobre la violencia y el odio racial cuyos protagonistas son unos hombres monstruosos forzados a destruirse entre sí. Las notas de la banda sonora de Morricone frías, repetitivas y siniestras, subrayan la malignidad del relato.
El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015)
Este atípico wéstern, que bebe de Jeremiah Johnson y de Un hombre llamado caballo, donde las dinámicas del género se revierten y el aislamiento y la virulencia de la naturaleza se vuelven extremos, presenta la nieve como un purgatorio espiritual de su protagonista, un inmenso Leonardo DiCaprio. Este camino penitente que lleva a su personaje a la redención dentro de una naturaleza majestuosa y destructiva es indescriptiblemente bello y atroz. Tanto, como la fotografía natural de Emmanuel Lubezki, tan gris, tan gélida, tan cegadora, que no se olvida.