La escritora belga Amélie Nothomb, que da voz al propio Jesucristo para relatar su Pasión en su nueva novela 'Sed'
Jesucristo vende muchos libros: 'La sed' de Amélie Nothomb y el escándalo de la fe cristiana
Un nuevo libro de la escritora belga se une a una larga lista de creaciones que, buscando ensalzar un Cristo más humano, tienen que negar la insistencia de las Escrituras y dos mil años de tradición cristiana
La escritora belga Amélie Nothomb ha querido volver, como cada año, al mercado editorial con un valor seguro: una reinterpretación novelada de los evangelios a la baja; es decir, reduciendo o anulando la divinidad de Cristo, mentalidad esta, por otra parte, nada original.
En el libro repasa una supuesta borrachera de María en Canaá, quizá, para descubrirnos las razones por las que se acabó el vino en aquella boda; o la relación, más o menos estable, entre Jesús y la Magdalena: madre de dos herederos para la Cristiandad, y ya descrita a lo largo y ancho del mundo del cine y de la literatura fantástica: desde J.J. Benítez hasta las revistas y programas de marcianos inmortales.
En rueda de prensa, la autora belga ha recordado su entorno familiar «ultracatólico» para desmentir su intención de ofender a los cristianos, a la que, creemos, ya no les debería escandalizar nada. Porque no hay nada más antiguo que la negación de la divinidad de Cristo, desde que el Sanedrín desmintió contundentemente sus pretensiones en la cruz.
A vueltas con la humanidad de Cristo desde la pandemia
De vez en cuando, aparecen noticias sobre hallazgos arqueológicos de «evangelios perdidos» en los que aparece la verdad desnuda de una Iglesia que ha arrebatado la luz de la razón a nuestra edad oscura, y en los que se desvela el verdadero rostro de un hijo de Dios más «humano», al que solamente le faltaría una letra del piso por pagar y las tardes en el parque con los niños.
Nada nuevo que no contara ya Nikos Kazantzakis en La última tentación de Cristo y que Scorsese popularizó en su versión cinematográfica. Pero, ahora, llega Amélie Nothomb para dar una nueva versión de las domesticación del León de Judá y para iluminar el tema de su Pasión desde «la historia humana», ya que desde los tres años, la autora sentía que «Jesús era un superhéroe, no tanto porque hiciera milagros, sino porque se somete voluntariamente al dolor, y no hay nada más humano y terrible que el dolor».
Si hay una obsesión artística a lo largo de los siglos, esa es la de la naturaleza de Jesús, como ella misma reconoce: «Lo único que sabemos es que Jesús existió; lo que no sabemos es si fue hijo de Dios. A mí me parece más interesante pensar que no, que Jesús era una persona cualquiera que, sin saber por qué, un buen día decidió ser Jesús».
La autora de la novela Sed ha querido abordar la cuestión desde la problemática que ha desvelado la pandemia; una circunstancia que hizo más acuciante la respuesta en torno a la humanidad dolorida del mundo; de hecho, la última palabra de su novela es «soledad». Una palabra muy importante, «porque para mí es como una enfermedad; en mi piso la soledad se hizo muy larga. Es lo que ocurre en una cárcel sin paredes, donde sólo existe la imposibilidad de salir».
El problema de la interpretación y la no neutralidad frente al Jesús del evangelio
No debe escandalizarnos la postura de la escritora belga si pensamos que el racionalismo, y la falta de fe, excluyen la posibilidad de que un hombre pueda ser Dios y, en cierto sentido, este es el escándalo que atraviesa los siglos desde que Él mismo mostrara su poder ante toda Palestina y despertara la inevitable pregunta e interpretación de los signos que le acompañaban.
Porque la neutralidad no existe; bien lo saben los testigos: desde los fariseos hasta los protagonistas de los milagros, que tienen que hacer cuentas con hechos «nunca vistos», y a los que Jesús anima a responder formulando también una pregunta: «Si yo expulso los demonios por el poder de Belzebú, ¿por quién los expulsan vuestros hijos?». Pregunta esta que también nos descoloca a nosotros, racionalistas y pietistas a partes iguales, ya que antes de negar directamente el hecho, habría que preguntarse: si los milagros no existen, ¿por qué atribuir su origen al Demonio?
Como decimos, no hay neutralidad frente a nada en el mundo. La misma indiferencia ya es una toma de postura a priori frente a una humanidad como la de Cristo, que despierta tanta admiración y tantos deseos de respuesta desde todas las disciplinas artísticas y del pensamiento desde su aparición en el mundo.
Si los racionalistas Reimarus o Bultmann sostenían, buscando precisamente una respuesta, que fueron los cristianos los inventores de los milagros y la divinidad de Jesús después de una gran autosugestión psicológica y colectiva, habría que preguntarse qué tipo de sugestión puede sostener durante dos milenios a una institución como la Iglesia. Del mismo modo, tendríamos que seguir preguntándonos si esa sugestión inicial puede cambiar en un entorno judío (fuertemente monoteísta) el cambio de festividad del sábado al domingo. Y, finalmente, en un afán por comprender, si esa sugestión por sí sola, y en ese entorno que no concebía la resurrección de un cuerpo en esta vida, pudo expandir por todo el Mediterráneo el anuncio de la resurrección de un insignificante condenado a muerte.