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Molière en el papel de César en La muerte de Pompeyo de Corneille

Molière en el papel de César en La muerte de Pompeyo de Corneille

Diez frases de Molière, el poeta genial que los «dramaturgos» actuales son incapaces de «revisionar»

Jean-Baptiste Poquelin nació en París el 15 de enero de 1622 y es considerado como el padre de la Comedia Francesa

El afán revisionista no alcanza a Molière, pseudónimo artístico de Jean-Baptiste Poquelin, que se cuidó con su genio a 400 años vista, de momento, de que cualquier «dramaturgo» del XXI usara sus comedias para destrozarlas o, como dicen ahora, para «revisionarlas». El revisionismo es una forma de caradura. Se toma algo del pasado con éxito, se desvirtúa y se estrena como si fuera propio.

Con Molière no se puede hacer eso porque su absurdo es inmortal. Parece que Molière previó lo que sucedería cuatro siglos después y se cubrió las espaldas contra los titiriteros apropiadores.

Hace dos años, con ocasión de su cuarto centenario, el Teatro de la Abadía de Madrid estrenó una obrita, titulada Vive Molière, en la que no tuvieron más remedio que reproducir sus textos en una selección, pese al pedigrí de la sala madrileña, anfitrión de inefables proyectos como Altsasu.

Molière está a salvo de «Altsasus», y de personajes blancos convertidos en negros sin razón que lo justifique, por ejemplo, o al revés, casi como si el dramaturgo se riese desde la tumba de la simple posibilidad de perpetrar la impropiedad. Nada cambiaría el sentido inidentificable de sus argumentos sin destruir por completo el talento de sus líneas.

Ese es el secreto de su casi imposibilidad (cualquier cosa es posible) de «wokeización» o más bien el absurdo de intentarlo. Es la forma del genio blindada frente a uno de los grandes males artísticos del presente.

Diez frases de molière:

«La hipocresía es el colmo de todas las maldades».
«El envidioso puede morir, pero la envidia nunca».
«Morimos solo una vez, pero durante mucho tiempo».
«Los errores más pequeños son siempre los mejores».
«Un tonto sabio es más tonto que un tonto ignorante».
«Las cosas no valen sino lo que se las hace valer».
«Cuando se quiere dar amor hay un riesgo: el de recibirlo».
«Todos los vicios, con tal de que estén de moda, pasan por virtudes».
«Esforcémonos en vivir con decencia y dejemos a los murmuradores que digan lo que les plazca».
«Quiero que la gente sea sincera; un hombre de honor no debería decir una sola palabra que no provenga directamente de su corazón».

Molière se dio a conocer después de años de dificultades y precariedad con El doctor amoroso, obra que le encantó al duque de Orleans, hermano del rey de Francia. Jean-Baptiste era autor y actor. Un comediante total, nuevo, fundamental. La historia de Molière es la historia del teatro. De representar obras de otros hasta representar las propias, el genio del humor moderno (en el XVII) que atacaba convencionalismos, pero de verdad. Contra el Estado y contra la Iglesia, que le persiguieron siempre.

Escuela de mujeres y Tartufo fueron un buen ejemplo de ello. No se plegó al poder y siguió creando en libertad, al contrario que los «comediantes» de hoy, sometidos a lo políticamente correcto, al poder, y tan valientes con la Iglesia católica, por ejemplo, ahora que nada puede hacerles, por fortuna, cabe decir. No tanta fortuna es la de sus gratuitos vilipendiadores sin gracia.

Molière sí la tenía. Y esta no tiene vuelta de hoja. No hay revisionismo que pueda afectarle. No hay revisionismo que no quede ridículo en su modernísima obra. No hay revisionismo que se atreva con el dramaturgo que se dejó la vida luchando por sus obras prohibidas, sobre todo Tartufo, (vetada durante cinco años por el equivalente al «wokismo» de hoy) y murió sobre las tablas representando a su original Enfermo imaginario, lo opuesto a la dramaturgia moderna carente de inspiración y plena de ideología próxima al poder.

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