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El torero Ignacio Sánchez Mejías fue el principal impulsor de la Generación del 27

En una España regida por la dictadura (para algunos, «dictablanda») de Primo de Rivera, llegaban también aquí los ecos de los felices –o locos– años veinte: las vanguardias y el «teatro de arte», la opereta parisina y la vienesa, el cabaret y el music-hall, el fox-trot y el charleston, el tango argentino (antes era afro-cubano) y el jazz, el cine sonoro y la comedia disparatada, los ballets rusos y las variedades, Carlos Gardel y Josefina Baker, Greta Garbo y Charlot, Freud y Stravinski, la radio y el circo, el automóvil y el aeroplano, el nuevo tipo de mujer moderna…

Se había acelerado el ritmo de la vida social, de los cambios culturales, de los espectáculos: era el momento adecuado para que surgieran, en España, los «ismos», la nueva literatura y el arte nuevo. En ese clima nace la llamada Generación del 27.

El concepto de «generación» lo elaboró Dilthey; entre nosotros, lo aceptó y divulgó Ortega, con su escuela: Julián Marías, Laín Entralgo. Lo aplicó a la literatura, en un estudio clásico, Petersen. El método de las generaciones implica superar la tradicional historiografía individualista.

Para afirmar que existe una generación literaria, hay que atender a una serie de factores: la fecha de nacimiento y de publicación de las primeras obras maduras; la herencia; la educación; la convivencia; el lenguaje… Además del «hecho generacional» –es decir, su causa profunda– hay que atender al momento en el que se da a conocer.

El 98 nos ofrece un ejemplo claro. Su origen está en el llamado Desastre: la pérdida de las últimas colonias provoca la conciencia de que es necesaria la regeneración nacional. La anécdota concreta es la visita que hacen al cementerio madrileño unos jóvenes escritores, vestidos de luto, con sombreros de copa, para depositar un ramo de violetas en la tumba de Larra.

Años más tarde, Luis Cernuda escribirá sobre esto un precioso poema, «A Larra, con unas violetas»:

«Aún se queja su alma vagamente.
​El oscuro vacío de su vida…».

Coinciden todos en que el acto fundacional de la Generación del 27 fueron las dos jornadas de homenaje a don Luis de Góngora, en el tercer centenario de su muerte, que organizó el Ateneo de Sevilla, los días 16 y 17 de diciembre de 1927. En esos actos jugó un papel decisivo Ignacio Sánchez Mejías.

Según Gerardo Diego, el proyecto de homenaje a Góngora comenzó en abril de 1926, en Madrid, en «una improvisada y amistosa tertulia sobre la mesa de un café».

Después de varias reuniones, el propio Gerardo presentó un ambicioso plan de ediciones, con doce puntos: seis nuevas ediciones, con prólogo, de los poemas de Góngora, y otros seis homenajes, incluyendo poemas clásicos y contemporáneos; un álbum de dibujos; un álbum musical; una «Relación» o crónica. Pensaron también en la representación de alguna comedia de don Luis, un concierto de música antigua y moderna, una exposición, una verbena andaluza…

Lograron que la Revista de Occidente se comprometiera a ser la editora. Sólo llegaron a publicarse tres de estos libros: la magistral edición de las Soledades que preparó Dámaso Alonso (el fruto erudito más importante de la conmemoración); los Romances, editados por Cossío, y una Antología poética en honor de Góngora. Desde Lope de Vega a Rubén Darío, reunida por Gerardo Diego.

Se quedaron en proyecto, en cambio, las ediciones de Góngora que debían preparar Jorge Guillén (las Octavas), Pedro Salinas (los Sonetos), Alfonso Reyes (las Letrillas) y Miguel Artigas (las Canciones, décimas y tercetos).

Sí cumplió con el encargo don Manuel de Falla, que puso música al hermoso Soneto a Córdoba de Góngora:

«¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
​de honor, de majestad, de gallardía!».

Para los actos de Sevilla, fue fundamental Ignacio Sánchez Mejías. Se había retirado de los ruedos ese año 1927. Su permanente inquietud le había llevado a plantearse escribir obras de teatro y a hacerse amigo de poetas; ante todo, de Fernando Villalón y de Rafael Alberti.

Ignacio apenas había estudiado, pero tenía una enorme inteligencia natural y se entusiasmó con la difícil poesía de Góngora. Lo atestigua Alberti:

«Como quien se tira al ruedo, Ignacio se lanzó con arrojo en nuestra guerra gongorina, aficionándose a las Soledades, llenando su memoria de los más difíciles y ceñidos arabescos de don Luis».

No debe extrañarnos: alguien tan poco taurino como Jorge Guillén veía a Sánchez Mejías como «una de las cabezas más claras de nuestro tiempo».

Ignacio pasó casi todo el verano de 1927 en Pino Montano, su casa sevillana. Le gustaba visitar con frecuencia el manicomio de Miraflores, muy cercano. (Esa experiencia fue decisiva para escribir su drama Sinrazón).

Solía charlar con el subdirector del centro, el psiquiatra José María Romero Martínez, muy aficionado a la poesía y, desde junio, Presidente de la sección de Literatura del Ateneo.

En una de esas charlas nocturnas, Ignacio le propuso realizar el homenaje a Góngora, con la participación de los poetas madrileños de vanguardia, que él mismo se encargaría de traer.

El 28 de octubre, Romero y Collantes de Terán plantearon el proyecto de Ignacio a la Junta Directiva del Ateneo. Como fue bien acogido, el psiquiatra se apresuró a escribir al diestro, que estaba en Madrid (hace años di a conocer la carta, que conserva la familia Sánchez Mejías):

«Te escribo sin esperar que regreses a Sevilla para darte cuenta de cómo fueron recibidos por la Junta del Ateneo los proyectos que planeamos la última noche que estuviste en el manicomio. Me han dicho que puedo contar con todo lo que haga falta para que las jornadas sean organizadas con la mayor brillantez posible (…) Espero que, si esto te parece bien, hables con tus amigos y puntualices bien si podrán venir…».

De los escritores previstos, fallaron finalmente Melchor Fernández Almagro, Antonio Espina y Pedro Salinas, que envía su «fraterna bendición para la armada o aceifa lírica».

Viajaron a Sevilla, con Ignacio, «siete literatos madrileños de vanguardia» (así los llamó el periódico El Sol): Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Juan Chabás, Jorge Guillén y José Bergamín.

Después de varios cambios de fechas, los poetas madrileños llegaron en tren a Sevilla la noche del 15 de diciembre. Los recibieron los poetas de la revista Mediodía Romero Murube y Collantes de Terán. Se alojaron en el Hotel París, cerca de la Estación de Córdoba.

En esos días, disfrutaron los jóvenes de lo que el uruguayo Carlos Reyles llamó luego el embrujo de Sevilla. La ciudad se preparaba ya para la Exposición Iberoamericana de 1929, con los edificios neomudéjares de Aníbal González. Años después, recordaba con nostalgia Dámaso Alonso:

«Se divertían de noche y dormían de día, inmersos de lleno en una ciudad que les ofrecía todo tipo de experiencias… Nos sumergíamos profundamente en el brujerío de la noche sevillana. Dormíamos desde la salida del sol hasta el crepúsculo vespertino. Sólo en viajes posteriores he visto la Giralda a la luz del día».

Los locales del Ateneo estaban ocupados entonces con los preparativos de la cabalgata de Reyes (la más bonita que yo conozco), Por eso, aunque el Ateneo los organizó, los actos se celebraron en la Sociedad Económica de Amigos del País, en la cercana calle Rioja…

Gerardo Diego, en su revista Lola, nos da la crónica puntual de las jornadas. En la primera, tras el saludo del Presidente del Ateneo, Manuel Blasco Garzón, y del psiquiatra Romero Martínez, de la sección de Literatura, Bergamín explicó el sentido de los actos.

Luego, Dámaso Alonso deshizo muchos tópicos al defender que nuestra literatura no es exclusivamente realista y popular, en un texto que luego se publicó con el título Debe y haber de la literatura española. Gerardo Diego lo comenta con humor:

«Tan brillante fue el éxito de Dámaso que cuatro bellísimas muchachas no pudieron contenerse y desfilaron ante su tribuna para felicitarle, antes de concluir su conferencia, aprovechando una pausa de sorbo de agua. (El conferenciante correspondió con la más galante y comprensiva de sus sonrisas)».

Después, Juan Chabás habló de los nuevos prosistas, Gerardo Diego mantuvo su «Defensa de la poesía». Como final, García Lorca y Alberti leyeron alternadamente un fragmento de las Soledades de Góngora, luciendo Rafael –dice Gerardo– «una propísima voz ronca de náufrago en tierra» (en alusión a su obra Marinero en tierra, que le había valido el Premio Nacional de Poesía).

En la segunda jornada, leyó Dámaso un texto de Bergamín, que había perdido la voz, como consecuencia de las juergas nocturnas que les ofrecía Ignacio Sánchez Mejías. Luego, recitaron sus poemas los visitantes y algunos poetas sevillanos: Villalón, Cernuda, Laffón, Collantes de Terán y Romero Murube.

Comenta el irónico Gerardo Diego:

«Era verdaderamente admirable, inaudito, oír a Guillén enjaretar, impertérrito, persuasivo, doctoral, décima tras romance y romance tras décima, y, al rematar cada pase de la matemática y abstracta faena, escuchar las taurinas, gloriosas ovaciones del senado».

El triunfo mayor se lo llevó de calle García Lorca, al recitar algunos poemas de su todavía inédito Romancero gitano (se publicó al año siguiente). Varios testimonios coinciden:

«Los romances de Federico señalaron el alza máxima del entusiasmo, mientras Adriano del Valle, de pie sobre su escaño, se despojaba de sus prendas de vestir, en un arrebato de enajenación».

A pesar de la lluvia, fueron unos días dorados. El Correo de Andalucía definió estas jornadas como «una verdadera fiesta espiritual».

Recuerda Gerardo Diego: «En Sevilla, a la que nombramos por méritos propios, históricos y vivos, capital de la poesía española…».

Simbólicamente, nació entonces la Generación del 27; si se prefiere, se dio así a conocer. Subrayo un hecho que me parece decisivo: lo que se había anunciado como unas jornadas de homenaje a Góngora acabó convirtiéndose, en realidad, en el manifiesto y en la feliz proclamación de la nueva poesía española.