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Crítica de óperaCésar Wonenburger

'Giulio Cesare' o el triunfo de las voces

El Teatro Real ha ofrecido la enésima ópera en concierto (mientras Valencia prepara una puesta en escena de la misma obra maestra de Händel), a mayor gloria de Sabine Devieilhe y Jakub Józef Orlinksi, como los duelos vocales de otro tiempo

Cartel de Giulio CesareTeatro Real

Un teatro que aspire a jugar en la Champions de la lírica no debe contentarse solo con servir consistentes aperitivos y burbujeantes espirituosos durante los intermedios, o invertir en efectivas campañas de márquetin. Si desconoce o no respeta su propia memoria, como un nuevo rico que despreciara sus orígenes agrestes, esa falta de refinamiento y distinción lo inhabilita para integrarse normalmente entre el resto de las instituciones que, por el contrario, conocen, valoran y reivindican lo mejor de su historia.

Ayer, en cuanto los medios extranjeros dieron cuenta del fallecimiento de José Van Dam, uno de los últimos representantes de otra época, cuando los cantantes aún parecían tener un peso relevante, las redes sociales se nutrieron con comentarios laudatorios, sobre todo de colegas, aunque también de teatros, festivales y aficionados, para despedir como se merecía al estupendo barítono-bajo belga. En el tributo a uno de sus pares legendarios parecían trasladar el lamento por otros tiempos más propicios.

Sin recuerdo para Van Dam

Nada hubiera costado que, el mismo día del anuncio del fallecimiento de este apreciado artista, antes de iniciarse el Giulio Cesare ahora servido en el Teatro Real, alguien hubiera salido al escenario para comunicar que el concierto se le dedicaría a José Van Dam. No se tuvo en cuenta que, ya en 2004, este intérprete se había presentado en el remodelado coliseo madrileño con unas representaciones de Don Pasquale, antesala de otras que también vendrían después. Este tipo de pequeños detalles marcan un estilo, a veces más que las declaraciones grandilocuentes sobre pretendidos logros.

De nuevo, el Teatro Real insiste con las versiones de concierto, en este caso de una de las más grandes óperas, el Giulio Cesare de Händel, que por su compleja estructura dramática, reflejo de las más variadas pasiones humanas, precisa como casi ninguna otra entre las suyas de la escena para disfrutarse en todo su rico esplendor. Habrá que esperar aún unos días para poder disfrutarla así en Valencia, donde se ofrecerá con puesta en escena de Vincent Boussard, vestuario del diseñador Christian Lacroix y la sabia batuta, en estos repertorios, de Mark Minkowski.

El juicio puede ampliarse perfectamente a toda la música contenida en esta ópera maravillosa

Entretanto, el recinto capitalino se ha sumado a la gira europea que por varios auditorios (como el de Oviedo) se ha programado en recientes semanas de una de las joyas del barroco. En un libro póstumo, el gran Alfred Brendel, al referirse a Händel, anota: «¡Qué fuerza melódica, que libertad en la dicción musical y qué arte en la caracterización reconocemos en la obra del compositor más apreciado por Beethoven!».

Ciertamente, en medio de una de las arias de Cleopatra, la célebre «V’adoro, pupille», el libretista Nicholas Haym hace intervenir al propio Julio César quien, encandilado por la sensualidad de la voz y la belleza de la mujer, exclama: «No tiene Júpiter en el cielo melodía semejante a ese canto».

El juicio puede ampliarse perfectamente a toda la música contenida en esta ópera maravillosa, que esta vez se ha ofrecido con significativos cortes (sobre todo en los esenciales recitativos) para rebajarla de las casi cuatro horas habituales. La invención melódica del compositor no parece tener aquí fin. Por eso, esta versión concertante, en lugar de una magnífica pieza teatral, se presenta al más hedonista de los oyentes casi como el resultado de una casi perfecta grabación «en vivo», sucediéndose, uno tras otro, los frutos suculentos de uno de esos banquetes sin final concebidos para el deleite de paladares insaciables, como las degustaciones servidas por algunos restaurantes con estrella.

Il Pomo d’Oro, una garantía de éxito

La prestación, en cualquier caso, ha resultado de muy alta calidad, como todo lo que viene condimentado bajo el sello de Il Pomo d’Oro, una de las principales agrupaciones de su tipo. Con apenas treinta instrumentistas, y la imaginativa dirección de Francesco Corti, también a cargo del clave, se bastan para recrear las innumerables bellezas contenidas en una partitura pródiga en toda suerte de situaciones: heroicas, amorosas, patéticas, violentas, …

Sus músicos las sirven con paleta variada y entrega absoluta. Cada uno podría proclamarse un virtuoso de lo suyo, como sus afinadas trompas o la flautista, Petra Dámec, capaz de evocar el gorjeo de los pájaros o sumarse luego al delicado contrapunto que envuelve el dolor de la fémina desgraciada en «Piangeró la sorte mia».

En la estimable lectura de Cortis, más allá del respeto y conocimiento del estilo, hay variedad de acentos, matices y un intento por ofrecer cohesión al contenido narrativo, por más que, desprovistas del sentido que otorga la escena, las voces, sobre todo, concentren aquí la mayor de las atenciones, fuera de cualquier intención dramática.

Sobresalieron, como no podría imaginarse de otro modo, las dos estrellas convocadas: el contratenor Jakub Jósez Orlínski y la soprano Sabine Devieilhe

El grupo de cantantes escogidos resultó muy acertado, teniendo en cuenta lo que se usaba en otras épocas, cuando un bajo de voz tonante como Boris Christoff llegó a encarnar a Julio César, que ahora suelen disputarse contratenores y mezzos, más adecuados para las vocalizaciones. Lo mismo que cuesta imaginarse al aguerrido Franco Corelli en el rol del juvenil de Sesto, al que también sirvió Fritz Wunderlich, con su timbre de belleza inigualable para compensar los apuros en la coloratura. También hoy este personaje pertenece a las mezzos, y a veces hasta a alguna soprano.

En esa suerte de «tour de force» vocal que propone una versión concertante, sobresalieron, como no podría imaginarse de otro modo, las dos estrellas convocadas: el contratenor Jakub Jósez Orlínski y la soprano Sabine Devieilhe. Él se mostró algo más ceñido al personaje que en sus recitales, donde suele dar rienda suelta a su exuberante personalidad. Encarnó a un César noble y heroico, por encima de cualquier otra consideración, luciéndose en los «combates» con las trompas gracias a su dominio de las vocalizaciones y mostrando una bien lograda homogeneidad en los registros, con graves suficientes.

Devieihle, tras los pasos de la gran Dessay

Devieilhe sigue la reconocible estela de su compatriota, Natalie Dessay, que legó una auténtica recreación de este rol en aquella recordada puesta en escena de Laurent Pelly. Si bien el instrumento de su colega poseía mayor caudal, la nueva figura francesa exhibe como la otra una musicalidad envolvente, seductora, expresiva, gracias al timbre radiante, su facilidad en el agudo y el sutil dominio de las dinámicas, con un pianissimo de insuperable atractivo.

También Dessay la superaba en la plasmación dramática, la adecuación de sus medios privilegiados al dibujo psicológico, la evolución del personaje, pero cuando se canta tan bien como esta joven soprano, con tal aparente facilidad, la belleza se impone sobre cualquier otra consideración y el público acaba rendido, como ha ocurrido ahora con las ovaciones cosechadas en sus arias y el ruidoso tributo final.

Beth Taylor y Alex Rosen

A muy buen nivel rindió el resto del elenco convocado. Beth Taylor fue una Cornelia plena de autoridad (a veces quizá demasiada), pero incluso más allá de la furia supo transmitir también la angustia, el dolor, el desamparo en aquellos pasajes que exigen de un canto íntimo y depurado. De hecho, uno de los momentos más inspirados de esta velada fue el dúo con su hijo, Sesto, una implicada, juvenil Rebecca Leggett, en el acto segundo.

El Achilla del estupendo bajo Alex Rosen aportó las adecuadas dosis de nobleza y tensión a partir de una atractiva voz que a veces recuerda a la del gran Sam Ramey. Menos interesante resultó el Tolomeo en exceso amanerado de Yuriy Mynenko, al que se le escapan muchos de los matices del personaje. El resto, Marco Saccardin (Curio) y Rémy Brès-Feuilett ( Nireno), contribuyeron en sus cometidos a aportar su particular granito de arena en una función redonda, aunque se echaran de menos la escena (deberían dejarle estas cosas al CNDM y ofrecer más ópera representada) y el adecuado recuerdo a José Van Dam.