'Él y yo', Gabrielle Bossis
El Barbero del Rey de Suecia
Jesús y Gabrielle Bossis (y el lector)
Es un amor concreto y hablador, casi un cortejo galante de Alma a alma
La francesa Gabrielle Bossis (Nantes, 1874–1950) fue actriz, dramaturga itinerante y enfermera en la Gran Guerra. Artista múltiple —bordaba, esculpía, escribía—, parecía destinada a un discreto éxito teatral hasta que, ya sexagenaria, le sobrevino lo decisivo: una voz interior, escuchada por primera vez en un barco en 1936, que identificó como la de Cristo y que la acompañó hasta su muerte. El libro Él y yo (recién reeditado por Rialp, en traducción de José Antonio Millán Alba) recoge esas conversaciones: breves, incisivas, casi domésticas, donde lo sobrenatural no irrumpe, sino que fluye con naturalidad. Publicado inicialmente de forma anónima y con rápido eco internacional, dejó el raro testimonio de una mística sin claustro: una mujer laica que encontró a Dios no a pesar del mundo, sino en medio de él.
La lectura de Él y yo plantea un problema previo de fe… en el propio libro. ¿Lo inventó todo Bossis? ¿Son sublimaciones psicológicas de una religiosidad neurótica? ¿Leemos mociones espirituales auténticas, como las han tenido tantos santos? En el primer caso, sería una obra maestra de ficción, capaz de perfilar una figura de Jesús muy atractiva. En el segundo, un caso clínico digno de estudio y admiración. Pero sólo en el tercero, la lectura conmociona y da su fruto espiritual.
Yo leo desde el tercer supuesto. El hecho de que Gabrielle Bossis tuviese las mismas incertidumbres se vuelve, paradójicamente, una prueba de certeza. Y la contestación de Jesús, una joya de alegría: «¿Dudas de que sea Yo? Haz como si fuera verdad». A poco de empezar el libro, las inseguridades se diluyen. Kafka dijo que, leyendo a Chesterton, de tan alegre como era, uno se convencía de que aquel hombre había encontrado a Dios. En el libro de Bossis pasa lo mismo: ese Hombre que habla con Gabriela es tan alegre que tiene que ser Dios y tiene que haber resucitado. Hace gala de un sentido del humor transido de ternura y de inteligencia tan deslumbrante como conmovedor.
Jesús se muestra como un místico; pero, siendo Dios, es un místico al revés: desciende de lleno en la locura de amor. «¿Crees que por ser Yo Dios no tengo necesidad de cariño?». No se pierde en abstracciones ni en amores a la humanidad en general: quiere a cada cual, a Gabrielle en concreto. Él y yo respira el espíritu del Cantar de los Cantares, pero aquí quien busca —y encuentra— es el Esposo. Le pregunta la autora: «Señor, ¿podrías concederme esta gracia?»; y responde Él con majestad oriental: «Yo soy muy rico. Recuérdalo». Estamos ante un Dios impaciente, al que el tiempo le estorba: lo subvierte por abajo («Yo recojo las migajas, las partículas del tiempo») y por arriba («Comencemos el Cielo. Ámame sin cesar mientras Yo te amo»).
Es un amor concreto y hablador, casi un cortejo galante de Alma a alma. «Cuando no tengas nada que decirme, dímelo», ruega Jesús. Reza Gabrielle: «Sabes bien que todo es por ti, así que no te lo digo»; y Él le contesta: «Hay que decírmelo». Está deseando conversación. Le dice Bossis: «Camino a tu lado». Y anota la respuesta inmediata: «Él (con dulzura): «Pero no me hablas mucho…»».
Jesús muestra un sentido del humor delicadísimo, que desarma. Cuando Bossis dice «¿¡Cómo puedes darme tanto amor, a mí, que soy tan miserable!?», Él corta por lo sano: «Por mi misericordia». Y siguen los golpes de gracia (zascas galantes): ««¡Dame los medios para ser santa!» Él: «Los tienes»». Igual que en el Evangelio, también le divierte el humor negro: «Yo: «¿Voy a saber morir? ¡Enséñame a morir!». Me respondió como sonriendo: «Haz con frecuencia ensayos generales»».
El sentido del humor no va desligado de una exigencia continua a la autora. Es un Dios celoso, como consta en la Biblia: «Hazlo todo por Mí, conmigo. Incluso esos cánticos que me cantas: estaría celoso del aire si es a él a quien los cantas». Y deja clara su vocación a Gabrielle Bossis: «Sólo te pido esto: que escribas (…) este libro que estamos escribiendo entre los dos». No sólo le asigna un oficio, sino un carisma: «Me dijo que mi deber era representar a todos el encanto, ser su encanto; el resto, éxito, fatiga, importa poco». E insiste: «Sé habitualmente alegre, mi Gabriela. La alegría es la marca de la casa de tu Señor Esposo». Y más: «Sé el genio de la alegría». Y le pide que sea la suya una alegría inalterable: «Me das las gracias por mi sol y haces bien. Agradéceme igualmente los días malos». Y esto ha de ser una entrega: «Sonríe a todos. Yo uniré una gracia a tu sonrisa». La felicidad es casi un fin en sí misma: «Yo le agradecía su sol maravilloso: «Tan sólo por tener la alegría de tu gratitud recrearía atmósferas como ésta»». No se han escrito mejores requiebros de amor que éste, y lo hace el Creador por su criatura y sobre su creación. «Aumenta tu alegría. Aumentarás la mía», resume.
Es un libro que hace muchísimo bien. Enseña a hablar con Dios, instruye en el amor de ida y vuelta, fortalece la alegría. Hay un momento en que Jesús le asegura a Gabrielle Bossis los frutos de su libro: «Y cada lector será favorecido con la misma gracia. ¡Formarán todos una misma familia cuyos miembros son solidarios: la familia de mis amigos íntimos!». Es exactamente eso: este libro abre la puerta de la amistad íntima con un Señor tan alegre que tiene que ser un resucitado.
Nunca uso comillas en mi selección porque se entiende que todo son citas literales del libro,; aquí sí para marcar las respuestas las palabras literales de Jesús.
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«¡Si supieses lo sensible que soy a las cosas pequeñas!»
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Salí temprano de París y no pude comulgar al estar cerradas las iglesias. Ante el campanario de una iglesia en el campo divisado desde el tren, me dijo: «Yo lo siento más que tú».
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«No te vayas tan deprisa (con ternura). No podría darte todas mis gracias…».
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«¡Y aunque lo que escribes no hiciera reflexionar más que a una sola alma…!».
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«Escúchales hablar. Les hará bien hablar y ser escuchadas».
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«Goza de Dios en ti. En el purgatorio habrá una pena especial para las almas que no hayan buscado ese gozo».
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Festividad del Sagrado Corazón. En una estación de tren.— «Hoy me apropio de cada una de tus sonrisas». Entonces decidí sonreír a todo y a todos.
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«Sabes perfectamente que a veces te pido que sacrifiques un sacrificio».
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«Todos los días ofréceme con frecuencia tu muerte, como Yo ofrezco la mía a mi Padre todos los días» (en la misa).
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Yo estaba distraída después de la comunión.— «Cuando en el salón hay alguien muy querido, uno no se va a la ventana a mirar a los que pasan».
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«No hables sin sonreír».
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Él me dijo: «Todas las mujeres son un poco mi Madre».
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«Cuando te des algo a ti misma hazlo como si dieses a un pobre: por amor a Mí».
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«Cautívame en los demás». (Lo que significaba: «Sé particularmente amable con todos, porque Yo estoy en ellos»).
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«Una hostia recibida está dada eternamente».
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Yo pensaba: ¿Qué hago en la tierra?… «¿Quién me llamaría «mi Jesús querido» si tú no estuvieras ahí?».
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Ante un señor muy alto y una señora bajita que estaban hablando. «Yo también me inclino».
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Como yo pensara en la princesa X…, que estaba presente: «Ocúpate sobre todo de los grandes del cielo».
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«Mi Madre tenía a menudo menos privilegios porque debía sufrir para ser corredentora del mundo».
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«Si sufres sola eres miserable. Si lo haces unida a mis sufrimientos eres rica».
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«Ámame como puedas: Yo completo».
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«Tú eres mi heredera, hija mía, por la comunión de los santos. Pero hay que creerlo».
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«Consuela con tus pequeñas palabras alegres. No te canses».
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«Mira, hay un medio de no pensar más en tus pequeñas preocupaciones: pensar en las mías».
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«Junto conmigo, haz bien todas las cosas: las ordinarias, para imitar mi vida oculta. Las difíciles, para imitar mi vida pública».
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«Pide: «Líbrame, Señor, de la preocupación por las fruslerías»».
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«Si no te unieses a Mí, más te valdría romper piedras en una pista del Sahara si eso te uniera más a Mí».
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«Señor, ¿cómo te daré gracias?». «Pidiéndome más…».
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«Acuérdate de aquel buen sacerdote (el cura M.) que te dijo a propósito del signo de la cruz por la mañana: será como una hermosa procesión, todas tus acciones estarán en orden detrás de la cruz».
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«…Pero alégrate, un instrumento en la mano está muy cerca del Maestro».
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«Yo he venido para salvaros a todos. No desdeñes a nadie».
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«Tu tesoro es tu momento presente. Si no me ofreces tu momento presente pierdes tu tesoro».
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«Yo soy como el tímido: necesito que deis el primer paso».
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«Yo soy el mismo Cristo que el que está en el Cielo. Intenta tú ser la misma que serás más tarde».
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Juan bautizaba porque era el bautista. Tú curabas, Señor, porque eras el Salvador. Y yo, Señor, ¿por qué me distingo? «Por ser amable con todos».
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«No creáis que al envejecer perdéis la belleza de vuestras almas».
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«El desánimo no ha elevado nunca a un alma».
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«Haz tu trabajo porque es el mío». […] «Descansa para descansarme».
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«Un alma enciende a otra alma como un cirio a otro cirio».
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«Vosotros sois los soldados de Dios, su milicia, la Iglesia militante. Responde a tu título, combate para Dios: da Su amor, da el ejemplo del Bien».
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«Tú quedarás revestida del fastuoso manto de mis méritos».
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«¿Sabes lo que es la bondad? La bondad es mi Madre».
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«Resucita… Resucita conmigo. Eso quiere decir: sé otra, mejor».