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Armando Pego, durante una entrevista en El DebateAlfonso Úcar

El Debate de las Ideas

Armando Pego: el cristiano que ve en la alegría un triunfo sobre la muerte

Charlamos con Armando Pego sobre su libro Qohélet /lector. Alegría en tiempos de vaciedad, una lectura que, contra todo pronóstico, aparece como de plena actualidad.

—Dices que Qohélet es muy inactual porque no se refugia en el victimismo. ¿Lo consideras un toque de atención para el hombre del siglo XXI, que recurre continuamente a la victimización para ser algo?

— La imagen que se suele tener del libro Qohélet es muy pesimista. Parecería que todo es vanidad, que nada sirve o que nos paraliza una especie de angustia que no encuentra en nada satisfacción. Como el hombre del siglo XXI se siente henchido de derechos, una vez que Dios ha desaparecido de su horizonte, cree que el Estado tiene la obligación de llenar ese vacío. Frente a ello, Qohélet nos invita a mirar hacia adentro: al pasado y al presente, para que intentemos descubrir, en ese aparente sinsentido que nos rodea, al menos una chispa de verdad.

— ¿En qué sentido nos revela Qohélet nuestra condición?

— El autor de este libro del Antiguo Testamento no se conforma con mirar el pasado desde el presente. De algún modo, advertimos que lee el presente desde el pasado, como si aquel hubiera recibido de este una obligación con el futuro: la de transmitir algunas cuestiones esenciales de nuestra naturaleza.

En este sentido, Qohélet siempre ha sido inactual por su actualidad. Parece que habla fuera de la sociedad y, en cambio, está hablando de su sociedad. Parece que habla fuera de nuestros parámetros y, en cambio, está hablando de las inquietudes que nos atenazan en estos momentos.

— Dices que Qohélet es la obra más perturbadora del Antiguo Testamento, bordeando siempre el precipicio del nihilismo más radical. ¿Es éste también un rasgo por el que es tan actual?

— Creo que el ser humano experimenta dos grandes tentaciones que Qohélet plantea desde el principio de su obra.

Por un lado, la gnosis intenta convencernos de que el conocimiento nos convertirá en dioses. Siempre acaba decepcionándonos. Así pues, ¿por qué no entregarse al placer? Qohélet ha buscado conocer y ha llegado a la conclusión de que todo pasa y de que tanto el sabio como el ignorante acaban hundiéndose en el olvido. Se entrega entonces a cultivar el placer y a acumular riquezas. Sin embargo, tampoco estos le acaban satisfaciendo. ¿Qué es lo que queda? A pesar de que constate que «todo es caza de viento», Qohélet no se precipita en el cinismo. El camino recorrido lo ha conducido al umbral de un descubrimiento.

Es paradójicamente en ese momento cuando se filtra la luz de una gran alegría que ya se vislumbra.

— Qohélet es un libro perturbador, lo ha sido siempre. Esta condición no es óbice para ver en él un anticipo de la luz que el Evangelio transmite en plenitud. Si, como cristianos, asumimos que toda la Sagrada Escritura prefigura a Jesucristo y encuentra en Él la culminación de todas sus esperanzas, también en Jesús de Nazaret encuentra la búsqueda de Qohélet su meta. Esa alegría que vislumbra como un rayo minúsculo encuentra su respuesta definitiva en la muerte y la resurrección de Jesús.

— Dices que esa luz se vislumbra también en la liturgia, lugar liminar entre lo visible y lo invisible.

— En la liturgia, lo visible y lo invisible se cruzan, sin quedar encerrada en sí misma. La liturgia celebra por anticipado y como su reflejo la plenitud de la liturgia celestial.

Por eso en la iconografía católica muchas veces, cuando el sacerdote celebra la misa, se ve abierto el cielo, con los ángeles subiendo y bajando por una escala que lo une con la tierra. Toda la Iglesia –militante, purgante y triunfante– comparte en la liturgia la alegría de la resurrección.

Escribes que lo sorprendente no es la eterna nada, sino el orden del ser.

Lo sorprendente, lo maravilloso, lo admirable es el gesto de la creación que hace que las cosas sean.

— Hablas de que la sabiduría es reconciliarse con la propia fragilidad. Qohélet documenta el fracaso de la vía gnóstica de la que hablábamos antes: a más sabiduría, más pesadumbre; a más conocimiento, más sufrimiento. Una sabiduría que lleva al borde de la desesperación. ¿Cómo leer Qohélet y no caer en una mentalidad irracionalista?

— Uno de los problemas de nuestra sociedad es que confunde la Sophia con Téchne y por eso busca en la sabiduría un conjunto de procedimientos que resuelvan problemas. Pero la sabiduría es un intento de profundizar en las preguntas que marcan nuestra existencia; se embarca en una investigación sobre el ser. Qohélet no nos dice que prescindamos del conocimiento, ni tampoco del placer, sino que, a través del conocimiento y del placer, acabamos descubriendo que no bastan. Tenemos que pasar por ellos para acabar deshaciéndonos de ellos al alcanzar esa alegría interior que se basa curiosamente en el temor del Señor.

Es cierto que el temor de Dios es algo muy desacreditado hoy en día, como si cupiera identificarlo como un sentimiento de terror y no de reverencia. Somos frágiles, somos finitos, no somos los dueños de nuestra vida, y, sin embargo, estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. El temor de Dios nos habla de prestar confianza en que estamos en sus manos.

Para superar el sinsentido, planteas trascenderlo a través de la escritura y la lectura, ¿es éste camino compatible con la vía de Cristo o son caminos divergentes?

—Desde sus primeros pasos, la exégesis cristiana considera a Cristo el seguro intérprete de la Escritura. En Él tiene ésta cumplimiento y solamente se la puede leer a la luz de de su misterio pascual. En un nivel inferior, podríamos decir que el hecho de leer o de escribir sirve como una glosa que contribuye a fortalecer el sentido de comunidad. Nadie lee a solas, se lee en comunión con otras personas que han escrito antes y con quienes vendrán después. La lectura forma comunidad, hace iglesia en cuanto asamblea ¿santa? de lectores.

— Señalas que ante la visión del abismo el hombre tiene que hacer todo lo esté a su alcance, que a pesar del sinsentido el hombre debe mantenerse fiel a los mandatos del Señor porque eso es ser hombre, ¿no podría haber aquí una tentación de voluntarismo esteticista?

— No lo creo. No se trata de cumplir en un sentido kantiano los mandatos del Señor. Es imposible cumplirlos sin la gracia. Como decía S. Pablo, la ley mata, pero el espíritu vivifica. No quita para que la obediencia a la ley sea un camino seguro para avanzar en la restauración de nuestra naturaleza primigenia, creada a imagen y semejanza de Dios.

— Cuando dialogas con Jiménez Lozano, señalas una cierta ambivalencia ante Qohélet. ¿En qué consiste este acercamiento ambivalente?

— Por un lado, a Jiménez Lozano le fascinaba esa maravilla de llegar a ser que comentábamos al principio. No es obvio que las cosas sean al menos un «vapor» que es como cabría traducir el original hebreo, en lugar de vanidad o de vaciedad. El chispazo creador es un triunfo sobre la nada. Por otro lado, nuestro D. José no se privaba de reprocharle a Qohélet que, al fijarse en el carácter efímero de las cosas, destilase un poso de amargura. Consideraba casi un deber moral no olvidar la alegría de haber visto resplandecer la rosa en su floración. Esa alegría, aunque sea efímera, permanece siempre.

— Con T.S. Eliot propones recuperar la distinción entre lector-cliente y lector-discípulo, ¿en qué se diferencian estos dos tipos de lectores?

— El lector-cliente simplemente espera que el autor le proporcione la satisfacción de sus necesidades; el lector-discípulo se pone en actitud de escucha. Como el discípulo ante el maestro, este tipo de lector espera todo sin exigir nada. Adopta una postura de completa disponibilidad. Porque desea comprender, no renuncia a interpelar. Tengo para mí que los autores más grandes han sido primero lectores-discípulos. Cuando escriben, de alguna manera están intentando pagar la deuda con sus maestros, conversando con ellos e intentando convertirse en uno de ellos.

Citas a Karl Löwith cuando dice que la historia se puede ver como una pedagogía en la que Dios educa por el sufrimiento. Pero no parece que estemos muy dispuestos a aceptar el sufrimiento. Gregorio Luri hablaba recientemente de que el hombre moderno es como la princesa de los guisantes: su expectativa es que el sufrimiento desaparezca y ante el mínimo guisante debajo de los múltiples colchones estalla indignado. Pero sin sufrimiento, ¿es posible el aprendizaje?

— La idea pedagógica del sufrimiento es ambivalente. En su versión paródica no se cansa de repetir que defiende que la letra con sangre entra o que quien bien te quiere te hará llorar. Pero el sufrimiento, al reconocer que nuestra naturaleza es limitada, nos enseña a crecer aprendiendo de nuestros límites.

— Una naturaleza que es caída y que hay que restaurar, pero nuestros contemporáneos parece que prefieren intentar superarla.

— En efecto, entre nuestros contemporáneos parece haberse extendido un paradójico odio hacia nuestra propia naturaleza, porque no satisface nuestras expectativas. Aparece de nuevo la tentación gnóstica que nos promete liberarnos de un cuerpo visto como una mera carcasa que puede ser modificada, a fin de llegar a ser no aquello que somos, sino aquello que deseamos ser.

— Léon Bloy dice que todo se reduce al paraíso y a la caída.

— Según Bloy, nuestro recuerdo más profundo nos reenvía al paraíso, aquel lugar que precisamente hoy se intenta negar sistemáticamente como una fantasía de omnipotencia. Nuestras sociedades del bienestar niegan, casi como si se enfrentasen a una ofensa, que hubiera existido un estado anterior del cual hayamos caído. No sin cierta desesperación latente, elogian nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad, como si lo único que pudiéramos hacer es conseguir protegerlas, cuando no protegernos de ellas. La confianza en que estamos llamados a ver restaurada nuestra naturaleza original se basa, una vez más, en la fe en la resurrección.

— Esta negación de la caída del paraíso se nos presenta a menudo como una liberación de un esquema arcaico para vivir el presente sin cortapisas de ningún tipo. Pero en realidad, ¿no es esta negación un rechazo a lo que somos?

— Es posible advertir en lo que señalas una ansiedad muy profunda contra nuestra fragilidad. Parece que nos defendemos de nuestra fragilidad, pero en el fondo estamos protegiéndonos de la libertad. El paraíso es el mundo de la libertad plena, es decir, de una libertad que debe elegir. Adán eligió mal, Cristo eligió bien. En lugar de arrancar el fruto del árbol del conocimiento, Jesús, clavado en el árbol de la vida, venció la muerte.

— Tú criticas la desmitologización de la caída y defiendes la realidad del «mito del paraíso». ¿Si no recuperamos esa visión del paraíso y la caída, vamos a ir a ciegas?

De hecho, ¿no vamos dando tumbos? No se trata de caer en el literalismo que, en la exégesis católica, nunca ha sido un problema insalvable. Que no se pueda demostrar científicamente que la Creación haya durado seis días no resta ni un ápice a su verdad: el hombre no es fruto de una mera casualidad y, por tanto, el hacer de su vida entera no es resultado ni causa de casualidades. Que lo que uno hace determina la propia vida y la vida de los demás se debe a que somos herederos y a que dejamos en herencia nuestras propias acciones.

— ¿Qué diferencia hay entre la actitud de Qohélet y la del budismo, que también es una toma de conciencia de nuestra finitud?

— El budismo intenta liberarnos del círculo del mal. Para Qohélet la cuestión no es liberarse del mal sino gozar de la alegría cotidiana.

— ¿Se puede gozar de esa alegría cotidiana sin una apertura a un plano escatológico?

— No lo creo.

— ¿Pero qué cree Qohélet?

— Tras un largo esfuerzo intelectual, moral y espiritual, Qohélet alcanza a descubrir una salida a la vaciedad de una vida que parece conducir inevitablemente al olvido y a la muerte. Dentro del sinsentido descubre al menos en ese disfrutar, al lado de la mujer que ama, de su pan y de su vino, una manera de encontrar un consuelo a la desesperación que parece que nos acosa. En cambio, el cristiano ve en la alegría la manifestación de un triunfo definitivo sobre la desesperación, sobre la muerte.

— Aquí traes a San Jerónimo, que no niega el disfrute, pero que lo ve todo como una condición penúltima. ¿Todo debe verse desde la perspectiva de la eternidad para que adquiera sentido?

— La alegría de Qohélet en términos cristianos es este encuentro entre el tiempo y la eternidad. Esa coincidencia es la que explora el arte.

— Hablas elogiosamente del que hace de la lectura una escritura de su vida, pero Qohélet defiende el precepto de no multiplicar los libros. ¿Apostamos por los libros o mejor los quemamos para vivir el presente, nos centramos en la rosa, el vino y la mujer?

— Uno de los problemas de nuestro mundo es que todo el mundo quiere decir algo original. El significado de no multiplicar los libros no debería reducirse a escribir más o menos libros. Como el reverso del lector-cliente, el fabricante de libros los convierte en instrumentos para satisfacer un vacío interior. En cambio, cuando haces de los detalles sencillos la brújula de la existencia, la alegría que nace de ellos procede de haber llegado a comprender que, ante del sinsentido que no puede ni colmar el conocimiento ni el placer, queda todavía una posibilidad de apertura a la trascendencia. Entonces los libros no son por sí mismos una meta, sino un camino que guía y que acompaña hacia ella.

— Los libros se convierten casi en una especie de katejón cuando escribes que en tiempos convulsos el lector-escritor es el que retiene el triunfo completo del mal.

— El lector-discípulo, actuando de una manera humilde, sencilla y escondida, está deteniendo el triunfo absoluto de una sociedad entregada a los avances tecnocientíficos, a la búsqueda del bienestar por el bienestar, a la negación de lo que queda de humano en nuestra vida.

— Cuando hablas de Teognis, entre Jerusalén y Atenas, dices que el último intento de reconciliación de Jerusalén y Atenas es el discurso de Ratisbona, que calificas como fallido. ¿En qué sentido ha fracasado?

— Fallido no en el sentido de inconsistencia interna del discurso, sino del efecto que intentó producir en su contexto histórico y cultural, donde fue malinterpretado. En este sentido, hay algo también profético en el discurso de Ratisbona. Los profetas casi siempre fracasan en el sentido de que no suele hacerse caso de sus profecías. En ese sentido, el testimonio de las palabras de Benedicto XVI sigue ejerciendo un toque de atención a quienes hacen del éxito o del triunfo de cualquier receta el criterio final del acierto o desacierto de las propuestas.

— ¿Puedes ahondar en la distinción entre la alegría tal y como la ve el mundo clásico, como efecto de la propia decisión del hombre, y la alegría tal como la ve Qohélet, como un don de Dios?

— En el mundo clásico, la alegría posee un carácter extático, erótico en un sentido platónico. Es una alegría a veces casi orgiástica, mistérica. La alegría cristiana es una alegría marcada por un sentido de comunión, creador de vínculos que respetan la singularidad y a la vez permiten integrarla en una unidad trascendente, mirando hacia Dios, en espera de la venida de Jesucristo.

— Confiesas que desde que cumpliste 50 años vuelves una y otra vez a Qohélet. ¿No se agota? ¿Por qué hay que volver a Qohélet?

— Al llegar a una determinada edad, uno echa la vista atrás. Como dice Qohélet, se da cuenta de que «lo torcido no se puede enderezar» o de que «todo es caza de viento». Las ilusiones de la juventud se habrán podido cumplir más o menos, pero siempre lo habrá sido de manera diferente a como uno se las había imaginado. Releer a Qohélet es no dejarse apresar por todo aquello que no fue como se deseaba. Debemos reconciliarnos con las cosas tal como han sido. Puede abrumarnos el camino lleno de dolor y de sufrimiento, pero estamos llamados a encontrar la paz y la alegría de conservar la capacidad de gozar y disfrutar de haber podido vivir.

— No es motivo menor para leer a Qohélet. ¿Dirías que para entender lo que somos es más útil Qohélet que el último análisis geopolítico o la última propuesta transhumanista?

— Qohélet, además de breve, repite cosas de gran actualidad, sin cansar. Ese es también uno de los secretos de su ironía. Su leitmotiv es la vanidad, la caza de viento, lo torcido que no puede enderezarse… Al mismo tiempo observas su esfuerzo por no dejarse vencer por una desesperación que desemboque en un nihilismo radical. En medio de tantos desengaños es capaz de encontrar no tanto una vía de escape, cuanto un punto de fuga que airee el interior de este mundo en el que habitamos.