Varias mujeres durante la manifestación del 8M en Madrid
El Debate de las Ideas
Las mujeres que no amaban a los hombres
Empieza a salir de la oscuridad la femosfera, la poco conocida versión femenina de la mucho más difundida manosfera. Ambas pueden considerarse hijas espurias del feminismo de la última hora y de sus graves errores
Hace unos años se hizo muy popular la novela póstuma de Stieg Larsson ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’. Su publicación en España coincidió con el auge del movimiento Me too y eso, unido a su trama, permitió que la frase del título conectara con la cultura ambiente, de modo que fue usada hasta el agotamiento. Los hombres que no amaban a las mujeres no eran todos, por supuesto, pero podían verse como la prueba de una misoginia de fondo de raíz violenta, y también sugerían que había varones que mataban a las mujeres por el hecho de serlo, como defendía el discurso del feminismo de género de la tercera ola. Este discurso fue activamente reavivado tras conocerse el caso de Dominique Pelicot, el hombre que drogaba a su mujer Gisèle y la ofrecía a otros hombres, hasta 50, para que la violaran. Tanto él como sus cómplices encajaban a placer en el lema: eran hombres que no amaban a las mujeres, ya me entienden.
Sin embargo, a nadie pareció preocupar la existencia de mujeres que no amaran a los hombres. Como en su caso rara vez terminaba el ‘desamor’ en asesinato o violación, muchos estuvieron tentados de pensar que era un asunto menor. Pero últimamente hemos asistido a muchos ejemplos que permiten poner en duda esa suposición. Podemos dar por hecho que muchas de las denuncias instrumentales de la ley de violencia de género (las popularmente conocidas como denuncias falsas) buscan, sobre todo, obtener ventajas materiales y de custodia en procesos de divorcio. De ellas podría decirse aquello de ‘no es nada personal, son negocios’. Pero hay otras que están movidas por la venganza o el desprecio hacia la expareja. Y ahí está el caso de Juana Rivas para acreditarlo. A mí me llegó el caso de una mujer que había denunciado a su expareja para hacer daño a la madre, su suegra, que le había hecho la vida imposible. No sabemos cuántas son porque nadie tiene interés en averiguarlo, pese a los esfuerzos de Juan Soto Ivars, pero nadie duda que existen.
Sin embargo, en estas últimas semanas hemos tenido noticias de una realidad nueva: la femosfera. El nombre quizás les suene por el parecido con otro mucho más popular, la manosfera. Este último se refiere a varones radicalizados que tienen una visión despectiva o meramente instrumental de las mujeres en términos sexuales, mientras que el primero es su equivalente femenino: un notable grupo de influencers que animan a otras mujeres a utilizar a los hombres en su provecho material y a no dejarse llevar por los sentimientos o los afectos. Ellas también podrían ser incluidas en la etiqueta ‘mujeres que no aman a los hombres’.
Lo relevante de ambas realidades es lo que revelan de fondo: que, en efecto, se está abriendo una brecha sentimental entre los varones y hembras de nuestra especie, especialmente en Europa. Cada vez nos queremos menos unos a otros. Aunque, si pudiéramos extrapolar los resultados de una encuesta realizada en el Reino Unido, habría que concluir que son ellas las que cada vez nos quieren menos.
La encuesta, realizada por la empresa Merlin Strategy para la revista New Statesman entre 2.000 jóvenes británicos de entre 18 y 30 años, muestra unos resultados preocupantes. De esta investigación se ha destacado, sobre todo, porque contradice el pensamiento habitual, que es mucho mayor la radicalización política de las mujeres jóvenes hacia la izquierda —y también la intransigencia hacia los que no comparten su visión del mundo— que la de sus pares masculinos hacia la derecha. Pero nos interesa más la parte relativa a la visión que cada uno de los sexos tiene del otro.
Mientras que el 72 % de los varones menores de 30 años afirman tener una visión positiva del sexo opuesto, este porcentaje desciende al 50 % en las mujeres del mismo rango de edad. Y el panorama aún empeora más si acotamos el campo a las menores de 25 años; entre ellas sólo un 35 % tienen una visión positiva de sus pares masculinos. Y mientras los hombres de la Generación Z creen en general que las mujeres les comprenden y que pueden confiar en ellas, sus compañeras son mucho menos optimistas.
No menos relevante resulta otro dato del estudio: el que evidencia que las mujeres jóvenes, y muy especialmente las urbanas con estudios superiores, son mucho más pesimistas hacia el futuro y hacia su vida. Y tienden a ver su realidad mucho peor de lo que es. El artículo de Scarlett Maquire en The New Statesman que dio cuenta de la encuesta subraya esta contradicción. «Este pesimismo financiero entre las mujeres jóvenes no refleja necesariamente la realidad de su situación en comparación con los hombres jóvenes. Entre los jóvenes de 16 a 24 años hay más mujeres con empleo a tiempo completo que hombres, y la mujer promedio en ese grupo de edad gana un 9 % más que el hombre promedio. La tasa de desempleo para los hombres jóvenes es un 6,3 % superior a la de las mujeres jóvenes». Son datos de Gran Bretaña, pero que revelan algo que no es exclusivo de allí.
Cuando se estrenó, con formidable éxito, la película ‘Barbie’, tuve ocasión de charlar con algunas espectadoras jóvenes que celebraban la película. Se sentían plenamente identificadas con la idea general de la película de discriminación de la mujer, pero cuando se les preguntaba por ejemplos concretos, no aparecía nada demasiado relevante. El moldeado ideológico de un malestar existencial y vital que tiene raíces reales es el responsable de ese pesimismo de muy dudosa conexión con la realidad.
Pero volvamos a la femosfera porque allí nos encontraremos con una sorpresa. Según explica Sarah Ditum en un completo artículo para The Times (que hemos conocido gracias a Pablo Malo), este movimiento está impulsado «por una profunda desilusión con gran parte de lo que el feminismo contemporáneo ofrece». Y aún resulta más llamativo comprobar que el problema de fondo es el mismo que subyace en la manosfera: la negativa del feminismo realmente existente a reconocer la diferencia sexual.
Tanto la manosfera como la femosfera parten del reconocimiento, contracorriente, de esa diferencia, de la evidencia de que hombres y mujeres son distintos en muchas cosas, más allá de la anatomía. Pero el problema de fondo es la incapacidad de ambos para gestionarla adecuadamente. La versión masculina reivindica la labor del varón como proveedor, pero parece buscar a cambio una mujer sumisa y dócil que nunca le lleve la contraria. La versión femenina también busca hombres proveedores, preferentemente de alto estatus económico, pero su objetivo es manipularlos y engatusarlos para su propio beneficio. La visión del sexo de unos y otros es marcadamente diferente. Mientras en la manosfera la promiscuidad sexual está bien vista, como señal de virilidad y de atractivo sexual, en la femosfera se recomienda encarecidamente evitar el sexo ocasional. La razón la explica la influencer Kanika Batra, una de las figuras visibles de este movimiento: «Estoy totalmente en contra de la cultura de las relaciones casuales y de cualquier tipo de sexo casual. Me parece repugnante. Admiro a las feministas de los setenta, pero la revolución sexual no hizo más que ofrecerles vaginas a los hombres en bandeja de plata. Ahora las mujeres intentan engañarse a sí mismas pensando que pueden acostarse con cualquiera», según testimonio recogido por Sarah Ditum en el artículo citado. Batra es partidaria de que las mujeres eviten la dependencia emocional y aparezcan como vulnerables. En cambio, han de presentarse como misteriosas o antipáticas para seducir a sus parejas porque «a los hombres les encanta la conquista. Si no, se aburren».
La femosfera busca estrategias y opciones para dar respuesta a una contradicción esencial de las mujeres heterosexuales contemporáneas: los hombres son terribles (interesados, egoístas, posibles violadores…) pero aun así los deseamos. Pero son alternativas concebidas desde la desconfianza y la visión de las relaciones personales como una lucha de poder. Así es bastante difícil lograr esa relación sólida que se anhela.
Otro aspecto de la femosfera en la que late una verdad de fondo es la que denuncia la pretensión feminista de que las mujeres emulen a los varones. «Dicen que el feminismo progresista pretende que las mujeres piensen que pueden ser como los hombres, participando en la esfera pública y teniendo una vida sexual activa del mismo modo. Pero las mujeres tienen que pagar un precio que los hombres no», explica la doctora Jilly Kay, profesora de Comunicación de la Universidad de Loughborough, citada también por Ditum.
La manosfera, la femosfera y la radicalización política de las mujeres jóvenes tienen una raíz común: los discursos del feminismo de género que se instaló en las sociedades occidentales tras la Conferencia de Pekín. El feminismo que se enseña en las Cátedras de Género admite diferencias sexuales de tipo anatómico entre los sexos —algo que, no obstante, es cuestionado por el feminismo queer—, pero considera anatema sugerir diferentes modos de entender el mundo o relacionarse con la realidad que no sean de origen cultural o político. De modo que su única respuesta ante la diferencia sexual es la negación, y la negación engendra monstruos.
Cuando la cultura no se hace cargo de la diferencia sexual ofreciendo modos civilizados y ordenados de canalizarla, lo que aparece es la pulsión más radical. «No me canso de decir a mis alumnos que el cristianismo es la religión más progresista porque está construida en lucha contra la pulsión de lo real», explica Jesús González Requena, analista cultural agnóstico. ¿Y qué pulsiones son las que están en juego en una pareja? Pues las que ya han aparecido: el apetito sexual, las luchas de poder, la desconfianza… El cristianismo ofrecía en su modelo matrimonial un marco cultural donde gestionar esas diferencias de manera respetuosa y constructiva. Con una invitación al entendimiento, la generosidad, la confianza y la esperanza. Pero mantener ese proyecto común, o alguno similar, es cada vez más difícil —si bien no imposible— en un mundo crecientemente volcado hacia la búsqueda del placer, el interés propio y la idolatría de la independencia personal.
Pero el feminismo del heteropatriarcado opresor es también culpable de la radicalización y el pesimismo de las mujeres jóvenes. No se pueden infravalorar las consecuencias de haber instalado entre nosotros la idea de que el mundo que hemos conocido hasta ahora, el mundo que hemos heredado, es un sistema opresor pensado para relegar a las mujeres. Un sistema opresor difuso, además, resultado de un combinado de leyes, cultura, religiones, arte, educación, moda, filosofía… Todo aparece como potencialmente culpable o, al menos, como materia de sospecha. Cuando Alicia Delibes denuncia en ‘El suicidio de Occidente’ la ruptura de la transmisión cultural, hay que recordar esto: cómo vamos a aceptar el legado corrupto de un sistema que fue tan supuestamente injusto con las mujeres, pero también con los homosexuales y con las razas segregadas. Hemos declarado que nuestra herencia está envenenada y así nos va.
¿Cómo nos puede extrañar entonces que las mujeres (víctimas principales del malvado heteropatriarcado) sean asimismo las más sensibles hacia los males del racismo? Volvamos a la encuesta de The New Statesman: las mujeres jóvenes británicas son menos propensas a sentirse orgullosas de su país y eso está directamente relacionado con su percepción del país como racista. De hecho, mientras la mayoría de los jóvenes varones cree que Gran Bretaña no es racista (un 57 % lo niega frente a un 29 % que lo afirma), sus homólogas del sexo opuesto lo creen mayoritariamente: un 43 % frente a un 38 % que no considera racista su país. La gran paradoja es que, por ahora, las mujeres jóvenes británicas de minorías étnicas lo ven de modo diferente. Son menos proclives a ver Gran Bretaña como un país racista, aunque un 39 % lo considera así. Pero lo más significativo es que las jóvenes negras, asiáticas o de otras minorías se sienten mucho más valoradas socialmente que las blancas y tienen más esperanza. Que, además, sea posible detectar también diferencias significativas entre las mujeres jóvenes que han cursado estudios universitarios y son profesionales y aquellas que se dedican a otras actividades es revelador acerca del tipo de enseñanza que se proporciona en las universidades.