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Icono Cristo Pantócrator, en la catedral de Celafú, Italia

El Debate de las Ideas

El Primer cristianismo y la Palabra escrita

El pasado ocho de Mayo el Washington Post publicó una interesante columna de un Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Princeton, Gregory Conti, titulada Ivy League students are suffering from religious illiteracy. En ella se daba la voz de alarma sobre el creciente analfabetismo religioso de los estudiantes de las universidades de élite del país. El Profesor Conti ponía como ejemplo el desconocimiento mostrado por algunos de sus estudiantes en un reciente seminario de algo tan básico como los Diez Mandamientos. Esta denuncia del analfabetismo religioso de los estudiantes de las universidades de la Ivy League (las más antiguas de los EEUU), nos resultará, sin duda, familiar a los docentes universitarios españoles. No es infrecuente tener que explicar episodios bíblicos a estudiantes con un bagaje cultural considerable en otros aspectos para que puedan entender una obra de arte o un texto literario de la Antigüedad Tardía, la Edad Media, el Renacimiento o el Barroco. Un caso de libro es el de la Divina Comedia de Dante, un texto incomprensible sin un acervo bíblico previo.

Al hilo de este preocupante fenómeno, cabría preguntarse en qué medida el desconocimiento de la Biblia, al igual que el de Homero, Virgilio, Shakespeare, Cervantes o Dante, inhabilita a alguien, independientemente de su ideología o creencias, para poder afirmar que se es una persona culta. En una época de digitalización y olvido creciente del libro, es este, sin duda, un tema de gran interés. Ahora bien, a mí me preocupa más otra cuestión, que es la que quiero abordar aquí. ¿En qué medida se puede vivir en plenitud la fe cristiana desconociendo la Sagrada Escritura? Por supuesto, no hablo de la salvación del alma. Ha habido santos analfabetos. No es necesario haber leído los Evangelios para ser redimido. Hablo de la vida cristiana como itinerario personal, como una forma de vida espiritual, teniendo en cuenta que Jesucristo es el Logos encarnado, el Verbum Dei caro factum est (Jn 1, 14). ¿Una religión de la Palabra encarnada sin la palabra?

En palabras de Jan Bremmer, «todo parece indicar que el Cristianismo fue un movimiento conectado y mantenido por la palabra escrita». En efecto, la presencia y el uso de vocabulario «didáctico» en la literatura cristiana primitiva respalda la existencia de actividades que podrían considerarse «escolásticas» en las comunidades cristianas originarias. Además, la asociación de estas actividades con un conjunto de contenidos de origen divino reconocidos y autorizados, que era fijo, o al menos estable, confirma que estas actividades de enseñanza y lectura comunitaria eran fundamentales y tenían un significado tan intelectual como espiritual. Este contenido, la divina Palabra, se extraía o se basaba sistemáticamente en las Escrituras hebreas, los Evangelios y en el momento inical las Epístolas de San Pablo.

Como ha argumentado Seymour Smith, las actividades didácticas e intelectuales de las comunidades descritas en las cartas paulinas, así como la dimensión comunitaria, la importancia y el significado de estas actividades, respaldan la descripción de estas primeras comunidades cristianas como «comunidades escolásticas» con un marcado ethos educativo. De hecho, si tenemos en cuenta el papel clave que desempeñaron las epístolas y la alfabetización (en la griega de su liturgia y Escritura) en la Iglesia primitiva, podríamos incluso describir a las primeras congregaciones cristianas no solo como «escolásticas», sino también como «comunidades textuales». La práctica de escribir cartas (iniciada por San Pablo) parece haberse adoptado cuando el Cristianismo primitivo entró en el entorno helenístico, pero fue mucho más allá de lo que cabía esperar. De hecho, el alcance y la difusión de las epístolas comunitarias cristianas fue algo único en aquella época, y no hay nada comparable ni en el judaísmo coetáneo ni en las religiones paganas de la época, cuyo culto y doctrina eran, por lo general, propios de una religión sin textos.

Como ha argumentado Martin McGuire, «el hecho de que el Cristianismo paulino acabara imponiéndose se debió en parte a la publicación y la publicidad, es decir, a la copia, la circulación y la lectura oral repetidas de su particular mensaje teológico». En este sentido, Stanley Stowers ha definido el Cristianismo primitivo como «un movimiento de escritores de cartas», un fenómeno clave que muy probablemente contribuyó en gran medida a la expansión, lenta pero imparable, del cristianismo en los primeros cuatro siglos después de la Crucifixión.

Desde el principio, como no podía ser de otro modo, los primeros cristianos se comprometieron con el estudio de los libros de las Escrituras hebreas a partir de la versión griega de la Septuaginta, pero sin duda no solo los libros del Antiguo Testamento y los Evangelios eran importantes para el Cristianismo primitivo. Muy pronto, los cristianos también comenzaron a producir sus propios escritos: epístolas, sermones, literatura didáctica y textos proféticos. De hecho, como bien ha señalado Kruger, «el Cristianismo primitivo se distinguía de las numerosas religiones circundantes del mundo grecorromano precisamente por su prolífica producción literaria y su compromiso con un cuerpo autoritario de Escrituras como fundamento».

Estos libros sagrados eran tan importantes para los cristianos que incluso sus críticos paganos, como Luciano de Samosata, señalaron la predilección de los cristianos por escribir y utilizar libros. El hecho de que el Cristianismo esté tan fundamentalmente moldeado por una vívida «cultura textual» significa que cualquier relato de sus orígenes y desarrollo debe apreciar y tener en cuenta su carácter libresco.

A este respecto, cabe señalar que, a diferencia de los rollos grecorromanos, la característica más notable de los primeros libros cristianos era que casi siempre tenían forma de codex (códice). La preferencia cristiana por el códice era tan dominante, frente a un mundo grecorromano más amplio que siguió utilizando los rollos durante siglos, que algunos autores han llegado a sugerir que el códice pudo haber sido una invención cristiana. No fue hasta el siglo IV y más tarde cuando el resto del mundo antiguo comenzó a preferir el códice al rollo, algo que los cristianos ya hacían siglos antes.

En realidad, la popularización del códice (el pequeño codex de bolsillo) en el siglo IV puede atribuirse en gran parte al triunfo del cristianismo en el Imperio Romano de época constantiniana, siendo este un legado de las primeras comunidades cristianas. El hecho de que 47 de los 55 códices conservados anteriores al siglo IV sean cristianos demuestra que era el formato preferido, casi específico, entre los propietarios privados de libros cristianos. El siglo IV traería los grandes códices bíblicos (los códices atlánticos) y, con ellos, el libro medieval de gran tamaño. Por consiguiente, no resulta exagerado afirmar que el códice romano-cristiano es el antepasado directo del formato físico del libro tal y como hoy lo conocemos, es decir, una serie de páginas cosidas a una cubierta y una contracubierta. Nada más cristiano, en resumidas cuentas, que un libro.

En definitiva, sin ser, strictu sensu, una religión del Libro como el Judaísmo y el Islam (donde la Torá y el Corán tienen un papel más nuclear que la Biblia para la Iglesia), el Cristianismo primitivo sí fue, desde sus inicios, como subraya Michael Kruger, «una religión profundamente interesada en el libro y los libros». Conviene tener esto en cuenta. Los excesos de las iglesias reformadas en su valoración de la Sagrada Escritura, excesos judaizantes en no pocos casos debido a su excesivo literalismo (fundamentalista incluso), no deben llevarnos a confundir el amor por la Biblia con el ethos protestante. Si bien es cierto que el epicentro de la religión católica es la persona del propio Cristo y no la Escritura, el conocimiento de estos textos, de esta Palabra, no ha sido nunca ni puede ser una forma opcional de devoción. Está en la raíz misma del Camino de salvación que pasa por la Cruz y los sacramentos, pero también por la Palabra del Redentor, el Logos hecho carne.

De ahí que el fenómeno del actual analfabetismo religioso (analfabetismo bíblico en muchos casos) de tantos católicos sea tan preocupante. La veneración por la Palabra del Señor comienza por la lectura orante de esa Palabra. Los católicos de hoy en día no se pueden excusar en su analfabetismo como los campesinos medievales o los del siglo XIX. Ingenieros y juristas muy leídos y expertos que, en lo que concierne a las Escrituras o la historia de la Iglesia, se han quedado en el nivel educativo de la catequesis de Primera Comunión o Confirmación. Si nos tomamos en serio nuestra fe, no tenemos excusa para no saber al menos lo mismo sobre lo que Dios nos ha revelado que sobre aquello con lo que nos ganamos la vida.