Alexis de Tocqueville
El Debate de las Ideas
Luis Díez del Corral, cautivo de Tocqueville
En la historia del pensamiento político español del siglo XX existen autores cuya obra trasciende las categorías ideológicas habituales y cuya originalidad radica precisamente en haber sabido dialogar con las grandes tradiciones intelectuales europeas. Entre ellos ocupa un lugar singular Luis Díez del Corral (1911-1998), historiador de las ideas, jurista y académico, cuya reflexión sobre el liberalismo, la historia y Europa constituye una de las aportaciones más sólidas del pensamiento español contemporáneo.
Hay autores que acompañan toda una vida intelectual. Autores que no son simplemente objeto de estudio, sino interlocutores permanentes, referencias constantes a las que se vuelve una y otra vez para comprender los problemas fundamentales de la política, la historia y la condición humana. En el caso de Luis Díez del Corral ese autor fue Alexis de Tocqueville. El propio Díez del Corral llegó a reconocer que Tocqueville había sido un auténtico leit-motiv de su vida intelectual. Desde El liberalismo doctrinario (1945), donde el pensador francés aparece ya en un nutrido número de páginas, hasta la publicación, más de cuatro décadas después, de El pensamiento político de Tocqueville (1989), obra con la que culmina una prolongada dedicación intelectual, la presencia de Tocqueville atraviesa toda su obra. Entre ambos hitos se suceden conferencias, cursos y estudios, entre los que destaca el discurso de ingreso en la Real Academia de las Ciencias Morales y Políticas titulado La mentalidad política de Tocqueville con especial referencia a Pascal. Todo ello testimonia una reflexión sostenida durante décadas y décadas.
Pero cuanto más se adentraba Díez del Corral en la obra del aristócrata normando o del también llamado «Montesquieu decimonono», apelativo que llegó a convertirse en un tópico en su tiempo y que tiene su origen en los comentarios a La democracia en América de dos autores tan distintos como John Stuart Mill y el doctrinario francés Royer-Collard, más consciente era Díez del Corral de la riqueza y complejidad de su pensamiento y de la dificultad de reducirlo a un sistema cerrado y sistemático. Como él mismo confesó: «La fruición intelectual que la lectura de Tocqueville procura no disminuye, sino que crece a medida que se la frecuenta, lo que no es seguro que suceda en el caso de otros pensadores políticos. Tocqueville es siempre nuevo y seductor. Pocos de sus congéneres resultan tan cautivadores. Pero uno acaba pensando, con el transcurso de los años, que el término tiene doble sentido y que el trato siempre cautivador de Tocqueville puede convertirse en verdadero cautiverio».
Luis Díez del Corral encuentra en Tocqueville un pensador complejo, con principios claros, sin dogmatismos, con un manejo libre de la conceptualización, es decir, sin definiciones fijas per se y al mismo tiempo con la formulación más profunda del gran problema político surgido tras la Revolución francesa: ¿cómo hacer compatible la expansión de la igualdad democrática con la conservación de la libertad? Esa cuestión, que recorre de principio a fin La democracia en América, termina convirtiéndose también en el eje vertebrador de la reflexión histórica y política de Díez del Corral. No es casual que la libertad, la igualdad, las costumbres (mœurs), los cuerpos intermedios, la religión o la tensión permanente entre individuo y sociedad aparezcan de forma reiterada en sus escritos; todos ellos constituyen problemas que el autor español relee desde una perspectiva propia, pero cuya formulación originaria encuentra en la obra tocquevilliana.
¿Cómo debe clasificarse el pensamiento de Tocqueville? ¿Fue un liberal, un demócrata o, en el fondo, un aristócrata? La respuesta de Luis Díez del Corral rehúye cualquier simplificación. Tocqueville fue, sin duda, un pensador liberal, aunque no en el sentido contemporáneo del término, ni en la línea del liberalismo de Friedrich Hayek o Karl Popper. Su liberalismo hunde sus raíces en una tradición histórica mucho más compleja, en la que la libertad no se identifica únicamente con la limitación del poder del Estado, sino con una determinada forma de vida política y moral; que Dilthey denominaría «Weltanschauung».
Del mismo modo, Tocqueville puede ser considerado un pensador de la democracia, aunque tampoco en el sentido habitual. La democracia no se reduce para él al sufragio universal ni a un determinado sistema institucional de gobierno. Antes que una forma política, constituye un profundo proceso histórico caracterizado por la progresiva igualación de las condiciones sociales, un fenómeno que transforma las costumbres, las creencias, las relaciones entre los hombres y, en definitiva, toda la estructura de la sociedad.
Sin embargo, el rasgo que Luis Díez del Corral considera decisivo para comprender a Tocqueville es su profunda sensibilidad aristocrática. No se trata únicamente de un dato biográfico, aunque éste resulta revelador. Tocqueville descendía de las dos grandes tradiciones de la nobleza francesa: la nobleza de espada, vinculada a la antigua aristocracia militar (noblesse d'épée), y la nobleza de toga (noblesse de robe), estrechamente relacionada con la magistratura y el mundo jurídico. Esta segunda tradición resulta especialmente significativa, pues había encontrado en Montesquieu uno de sus representantes más eminentes. Como señala Díez del Corral: «En la obra de Montesquieu, perteneciente a la nobleza de toga, se puede apreciar en toda su amplitud esa transición entre los valores aristocráticos y los valores burgueses a través de la creación de un espacio para la realización personal que pasa necesariamente por la defensa de la libertad política».
Precisamente esa capacidad para conservar los mejores valores de la tradición aristocrática e incorporarlos a una sociedad democrática constituye, para Díez del Corral, una de las grandes aportaciones de Tocqueville. Su objetivo nunca fue restaurar el Antiguo Régimen, empresa que juzgaba imposible, sino preservar en el nuevo mundo democrático aquellas virtudes como la independencia de espíritu, el sentido del honor, la responsabilidad cívica o la participación en la vida pública, que habían caracterizado a las antiguas aristocracias.
Esa preocupación se hizo especialmente patente tras su viaje a Norteamérica en 1831. Recién producida la Revolución de Julio de 1830, Tocqueville viajó junto a su inseparable amigo Gustave de Beaumont, oficialmente comisionados por el gobierno francés para estudiar el sistema penitenciario estadounidense. Sin embargo, aquel viaje pronto desbordó con mucho su propósito inicial. En Estados Unidos creyó descubrir el laboratorio donde el futuro de Europa ya se estaba haciendo presente. La impresión inicial, sin embargo, estuvo lejos del entusiasmo. Apenas veinte días después de desembarcar escribía a su amigo Louis de Kergorlay una frase tan sorprendente como reveladora: «Todo lo que veo no me entusiasma lo más mínimo». Esa reacción expresa bien la ambivalencia que recorrerá toda su obra. Tocqueville admiraba la vitalidad política de la sociedad americana, pero contemplaba con inquietud el avance de la igualdad democrática y los riesgos que ésta podía entrañar para la libertad.
Es precisamente aquí donde Luis Díez del Corral sitúa la clave interpretativa de La democracia en América. A su juicio, toda la obra está escrita bajo el sentimiento que el propio Tocqueville confesó en su célebre Introducción: «El libro entero que se va a leer ha sido escrito bajo la impresión de una especie de terror religioso». No se trata del miedo ante un acontecimiento político concreto, sino del sobrecogimiento que produce asistir a una transformación histórica de dimensiones desconocidas. La democracia aparece en la obra de Tocqueville como un fenómeno providencial e inexorable. Tocqueville escribe: «El desarrollo gradual de la igualdad de condiciones es, pues, un hecho providencial; tiene las características principales de un hecho de este tipo: es universal, durable, escapa cada día al poder humano y todos los acontecimientos, como todos los hombres, sirven a su desarrollo».
Para Díez del Corral, esta afirmación constituye el verdadero punto de partida de todo el pensamiento tocquevilliano. La democracia no es simplemente una forma de gobierno, sino el gran movimiento histórico de la civilización occidental y precisamente porque ese proceso no puede detenerse, advierte Tocqueville, es imprescindible orientarlo. Ésta es una de las intuiciones clave de Tocqueville: la misión de la política ya no consiste en impedir el avance de la igualdad, sino en evitar que ésta desemboque en un nuevo despotismo. Para ello propone una auténtica «ciencia política nueva». De ahí la importancia que concede a las creencias religiosas, a las costumbres, a la educación cívica, a las asociaciones libres y a los cuerpos intermedios. Como escribe en la Introducción de La democracia en América, el deber de quienes gobiernan consiste en «reanimar, si es posible, las creencias; purificar las costumbres; reglamentar los movimientos; sustituir poco a poco la inexperiencia por la ciencia de los negocios públicos y el instinto ciego por el conocimiento de los verdaderos intereses».
Si hubiera que resumir en una sola idea la lectura que Luis Díez del Corral hace de Tocqueville, tal vez sería ésta: la democracia sólo puede conservar la libertad cuando se encuentra limitada y articulada por una serie de mediaciones sociales y morales. El peligro no reside en la igualdad de condiciones considerada en sí misma, sino en la desaparición de aquellos ámbitos de la vida social capaces de contener la creciente concentración del poder político. Esta preocupación atraviesa toda la obra de Tocqueville y explica que su reflexión no se dirija prioritariamente a las constituciones o a las leyes, sino a las costumbres, las creencias y las instituciones espontáneas de la sociedad civil.
Luis Díez del Corral comparte plenamente esta intuición. En diversos momentos de su obra insiste en que las libertades modernas no pueden reducirse a un catálogo de derechos ni a un diseño jurídico. La libertad constituye una realidad histórica, inseparable de las ideas-creencia (en el sentido orteguiano), de las costumbres y del entramado de relaciones sociales que preceden al propio Estado. Por ello se muestra de acuerdo con Tocqueville cuando afirma que la libertad depende menos de las leyes o del clima que de las costumbres y de las convicciones morales de una comunidad. Esta convicción explica la importancia que ambos autores conceden a los cuerpos intermedios, al igual que Montesquieu. Frente a la imagen del individuo aislado frente al Estado, tan reveladora de ciertas interpretaciones contemporáneas del liberalismo, Tocqueville observa que la verdadera libertad sólo puede desarrollarse dentro de una rica trama de asociaciones, municipios, corporaciones e instituciones locales. Son estas realidades las que impiden que el ciudadano quede reducido a una mera relación vertical con el poder político.
Díez del Corral interpreta esta defensa de las asociaciones como una consecuencia lógica de la sociabilidad natural del hombre. Las relaciones que los individuos establecen libremente generan formas espontáneas de organización que constituyen el verdadero tejido de la sociedad civil. Estas asociaciones no representan un obstáculo para la libertad; por el contrario, son su condición de posibilidad, porque educan al ciudadano en la responsabilidad compartida y limitan las tendencias centralizadoras del Estado. En este punto, afirma expresamente que su pensamiento se sitúa «en la línea del bisabuelo de Tocqueville, Malesherbes, y del propio Tocqueville».
No menos importante resulta el papel atribuido a la religión. Uno de los aspectos que más llamó la atención de Tocqueville durante su viaje a Estados Unidos fue comprobar que una sociedad profundamente religiosa podía ser, al mismo tiempo, intensamente democrática. Aquella experiencia desmentía la identificación, tan extendida en la Europa posterior a la Revolución francesa, entre secularización y libertad política. Para Tocqueville, la religión proporcionaba un horizonte moral compartido que moderaba el individualismo y ofrecía un límite interior al ejercicio del poder.
Luis Díez del Corral hace suya esta interpretación. En sus notas de lectura sobre La democracia en América subraya expresamente la tesis tocquevilliana según la cual el catolicismo no constituye un obstáculo para la democracia y reconoce que las creencias religiosas actúan como un contrapeso frente a los excesos del individualismo moderno. Las ideas religiosas, lejos de pertenecer exclusivamente al ámbito privado, forman parte de esas ideas-creencia (siguiendo a Ortega) que configuran la vida histórica de las sociedades y hacen posible el ejercicio responsable de la libertad.
Quizá por eso Tocqueville nunca dejó de acompañar intelectualmente a Luis Díez del Corral. No porque encontrara en él un sistema acabado de respuestas, sino porque descubrió al pensador que había formulado con mayor lucidez las preguntas decisivas de la política moderna. Volver hoy a ese diálogo no significa realizar un ejercicio de erudición histórica, sino recuperar una forma de pensar la democracia que, lejos de reducirla a procedimientos, equilibrios institucionales o ideologías, la concibe como una exigente tarea moral y cívica. En ese sentido, la obra de ambos autores continúa interpelando a nuestras sociedades: la libertad no se hereda ni se decreta; se aprende, se cultiva y se transmite de generación en generación.