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Pío Baroja regresó a España tras la guerra y murió en Madrid en 1956GTRES

La guerra y la represión de 1936-1939 frustró la segunda edad de oro de la literatura española

La Guerra Civil cortó de raíz una fructífera producción literaria en España con el asesinato, encarcelamiento y exilio de numerosos escritores

El período que se abre en España en 1898 y que finaliza con el estallido de la Guerra Civil en 1936 es uno de los más prolíficos en cuanto a las artes y, en particular, en literatura.

Desde la pintura al cine, pasando, como decimos, por las letras (narrativa, poesía, teatro…), la música o la tauromaquia, esos años están considerados una segunda edad de oro de la cultura española.

Sin embargo, esa edad de oro se interrumpió abruptamente en su momento de máxima efervescencia con la Guerra Civil. Escritores asesinados, exiliados, encarcelados o censurados privaron a España de una generación irrepetible.

Cuando estalla el conflicto, algunos de los escritores más relevantes de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX ya habían fallecido. Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós y Blasco Ibáñez habían muerto en los años 20. Valle-Inclán moriría unos meses antes del estallido de la Guerra Civil.

Sin embargo, varios supervivientes de la Generación del 98 seguían activos y produciendo a buen ritmo, influyendo en las nuevas generaciones y llevando a la literatura española a nuevas fronteras. Es el caso de Miguel de Unamuno, Azorín, los hermanos Antonio y Manuel Machado, Ramiro de Maeztu o Pío Baroja.

Los años 20 y 30 son los años de la Generación del 27. Es la Edad de Plata de la literatura española: Federico García Lorca, Damaso Alonso, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Jorge Guillén…

Sumémosles a esos nombres los «novecentistas», con Pedro Muñoz Seca, José Ortega y Gasset, Eugenio D’ors, Ramón Gómez de la Serna, Wenceslao Fernández Flórez…

Y, además, seguía produciendo el que tal vez sea el poeta más grande de esa etapa: Juan Ramón Jiménez, que hoy sería considerado un «outsider», o un escritor «underground» pero que en aquellos años era simplemente un escritor celoso de su libertad e independencia que huía de movimientos y generaciones literarias. Recibiría el Nobel de Literatura en 1956.

Al igual que Juan Ramón, Jacinto Benavente también mantenía una fecunda producción literaria en los años previos a la guerra y recibiría el Nobel de Literatura en 1922.

La guerra acabó con casi todo

Ese era el panorama de las letras españolas en julio de 1936, cuando estalla la Guerra Civil y todo este fértil campo abonado para la cultura se ve, de repente, convertido en un terreno baldío.

La guerra segó la vida de algunos de los más grandes escritores españoles del momento. Fue el caso de Federico García Lorca, asesinado el 18 de agosto de 1936 en Granada a manos de pistoleros vinculados a la CEDA.

O de Ramiro de Maeztu, asesinado por milicianos el 29 de octubre de 1936 en el muro del cementerio de Aravaca.

Misma suerte correría Pedro Muñoz Seca . El genial autor de La venganza de Don Mendo moría fusilado por milicianos revolucionarios en las matanzas de Paracuellos el 28 de noviembre de 1936.

Asimismo, el poeta Miguel Hernández moriría en prisión en Alicante el 28 de marzo de 1942.

Y José María Hinojosa, poeta del 27 fusilado en Málaga junto con su padre y su hermano por milicianos republicanos el 22 de agosto de 1936.

En los primeros meses de la guerra moriría también un desencantado Miguel de Unamuno en un extraoficial arresto domiciliario en su casa de Salamanca en circunstancias nunca aclaradas el 31 de diciembre de 1936.

También desencantado por la deriva fratricida y criminal en la que había caído España, Antonio Machado huyó de España ante el implacable avance de las tropas franquistas sobre Barcelona. Exiliado en la ciudad francesa de Colliure, moriría de neumonía el 22 de febrero de 1939.

Algunos escritores lograron escapar de la represión de las milicias izquierdistas casi de milagro, tras una serie de peripecias y gracias a amigos que los ocultaron en casas privadas o embajadas y a complicados planes de huida. Fue el caso de Wencelao Fernández Flórez o Agustín de Foxá.

Ramón J. Sender, quien tomó parte en los combates en las filas republicanas, se exilió cuando dio la guerra por perdida, y moriría en San Diego en 1982.

Juan Ramón Jiménez, quien había apoyado a la República, se exilió y murió en Puerto Rico en 1958, pocos años después de recibir el Nobel.

Jacinto Benavente, aunque pasó gran parte de la guerra en Valencia, donde el gobierno republicano lo homenajeó, perteneció en España tras el conflicto. Denostado por el régimen, sería sometido a vigilancia y a la lupa de la censura. Reconciliado con el franquismo, continuó su producción literaria hasta su muerte en Madrid en 1954.

Pío Baroja también sobrevivió al conflicto y, como tantos autores del 98, vivió desencantado en el exilio, hasta que regresa definitivamente a España en 1940. Murió en Madrid en 1956.

Un caso similar fue el de Ramón Gómez de la Serna, aunque él moriría en el exilio, en Buenos Aires en 1963. Ortega y Gasset también se exilió, pero regresó en 1945 y moriría en Madrid en 1955.

De la Generación del 27, sobrevivieron y se exiliaron Luis Cernuda, Pedro Salinas y un Rafael Alberti cuya acción revolucionaria durante la Guerra Civil y su activismo como militante del Partido Comunista, llevando a cabo una fuerte acción propagandística desde las páginas de la revista El Mono Azul lo separaron de otros compañeros de generación.

Sobrevivió también Jorge Guillén, encarcelado y, aunque luego liberado, sufrió la censura y persecución de los vencedores de la guerra. También se quedaron en España, pero muy limitados por la censura, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego.

Aunque de los escritores que protagonizaron aquellos años de estallido literario sobrevivieron gran parte de ellos, la muerte de algunos de sus buques insignia (asesinados, encarcelados o en el exilio) durante los años del conflicto, así como las limitaciones impuestas por la censura, el exilio, o el desencanto, cortaron de raíz aquella nueva edad de oro.

Sin embargo, la inercia se mantuvo, y de las ascuas que quedaron tras la guerra surgió una nueva generación de autores, de los que Camilo José Cela, Carmen Laforet, Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester, Ramón J. Sender (cuya etapa más prolífica se iniciaría, precisamente, en el exilio), Arturo Barea (quien publicaría su monumental La forja de un rebelde tras el conflicto) o Rafael Sánchez Ferlosio serían quienes prenderían la mecha de una literatura de posguerra que daría una nueva página sobresaliente a las letras españolas.