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Portada del libro Tras la virtud junto a una foto de su autor, Alasdair MacIntyre

Portada del libro Tras la virtud junto a una foto de su autor, Alasdair MacIntyre

El Debate de las Ideas

Alasdair MacIntyre y el Emotivismo

La primera vez que oí hablar de Alasdair MacIntyre fue hace ya algunos años. Fue el profesor John Rist, de la Universidad de Cambridge, quien lo mencionó en el contexto de un curso sobre filosofía moral angloamericana contemporánea. Según explicaba Rist, la ética de la virtud defendida por MacIntyre, arraigada en Aristóteles, constituía una alternativa a la visión limitada de buena parte de la filosofía moral moderna, incapaz de dar razón de lo bueno y de lo malo precisamente porque había renunciado, en gran medida, a la metafísica.

El itinerario intelectual de MacIntyre contribuía, además, a despertar mi curiosidad. Había sido trotskista en los años cincuenta, atravesó una etapa de profunda crisis intelectual y terminó convirtiéndose en un pensador católico de inspiración tomista. ¿Cómo se produce un recorrido semejante? Probablemente por una cualidad cada vez menos frecuente: la honestidad intelectual, es decir, la sincera búsqueda de la verdad. MacIntyre siguió buscando la verdad allí donde creyó encontrar mejores razones para sostenerla. Aquella primera noticia despertó mi interés y adquirí After Virtue (Tras la virtud, traducción de Amelia Valcárcel, Crítica, 1987), aunque no ha sido hasta recientemente que he tenido ocasión de leerlo con mayor atención.

Es un libro extraordinariamente fecundo, lleno de cuestiones que conservan una vigencia sorprendente. El espacio obliga, sin embargo, a dejar muchas de ellas al margen. MacIntyre comienza con lo que denomina «una sugerencia inquietante»: el lenguaje moral contemporáneo se encuentra en un grave estado de desorden. La causa es nuestra creciente incapacidad para alcanzar acuerdos racionales sobre las cuestiones fundamentales. Los juicios morales terminan así reducidos a expresiones de preferencias individuales, aparentemente tan válidas unas como otras.

«Lo que poseemos —escribe— son fragmentos de un esquema conceptual, partes a las que ahora faltan los contextos de los que derivaba su significado. Poseemos, en efecto, simulacros de moral; continuamos usando muchas de las expresiones clave. Pero hemos perdido, en gran parte, si no enteramente, nuestra comprensión, tanto teórica como práctica, de la moral».

El cristianismo precisamente nos dio un lenguaje común para comunicarnos, y no me refiero al latín, sino a la manera de entender el ser humano y la realidad. El cristianismo nos permitía entendernos. El resultado es una sociedad que conserva el vocabulario de la moral, pero ha perdido en buena medida los recursos intelectuales y vitales que permitían comprenderlo. Seguimos hablando de justicia, deber, libertad, derechos o virtud, pero cada vez resulta más difícil explicar por qué debemos obrar bien, o en qué consiste, exactamente, hacerlo.

La pregunta central de Tras la virtud es, precisamente, cómo hemos llegado a esta situación. El libro constituye una de las aportaciones decisivas al renacimiento contemporáneo de la ética de la virtud, una corriente que sitúa en el centro de la reflexión moral los hábitos, el carácter y las virtudes, así como la pregunta por la vida buena. Frente a una filosofía moral concentrada con frecuencia en resolver problemas particulares —la guerra, el aborto, la eutanasia o cualquier otro conflicto concreto—, MacIntyre propone recuperar el contexto más amplio en el que esos problemas adquieren sentido.

No se trata de eludir las cuestiones concretas, sino de comprender que el juicio moral de un individuo no surge en el vacío. Está relacionado con la formación del carácter, con la comunidad en la que vive, con las prácticas en las que participa y con una determinada concepción del bien humano. Y aquí aparece uno de los conceptos centrales de After Virtue: el de «práctica». Para MacIntyre, las virtudes son aquellas cualidades que permiten alcanzar los bienes internos de determinadas actividades humanas. Estos bienes no son simplemente recompensas externas —dinero, prestigio o poder—, sino formas de excelencia que sólo pueden comprenderse desde dentro de una práctica y de la comunidad que la sostiene. Este planteamiento contrasta con las grandes corrientes de la ética moderna. La deontología pone el acento en la obligación y en las reglas que debe seguir el agente moral; el utilitarismo, en las consecuencias de las acciones. La ética de la virtud, en cambio, pregunta qué tipo de persona debemos llegar a ser y qué formas de vida permiten el florecimiento humano.

Aunque la tradición de la virtud suele asociarse a autores premodernos como Platón, Aristóteles o Tomás de Aquino, MacIntyre no se limita a repetirlos. Su proyecto consiste en reconstruir una concepción de la racionalidad moral que permita recuperar la idea de un «telos,» de una finalidad humana. En este sentido, considera especialmente fecunda la síntesis realizada por Tomás de Aquino entre Aristóteles y la tradición cristiana. La moralidad de los actos no puede comprenderse plenamente al margen de la pregunta por el fin de la vida humana.

La historia intelectual que MacIntyre reconstruye es, en buena medida, la historia de la pérdida de esa finalidad. El punto culminante de la crisis moderna recibe en el libro el nombre de «emotivismo». En esta perspectiva, los juicios morales no describen verdades objetivas ni pueden justificarse racionalmente de manera concluyente; expresan, en último término, actitudes y preferencias. Decir «esto es bueno» equivale aproximadamente a decir: «A mí esto me sienta bien; hazlo tú también».

MacIntyre reúne bajo este diagnóstico a autores muy distintos. Desde John Stuart Mill hasta Friedrich Nietzsche; desde Thomas Jefferson hasta Søren Kierkegaard; desde Jean-Paul Sartre hasta Max Weber. Naturalmente, no pretende que todos sostengan exactamente las mismas tesis, sino que identifica un proceso histórico e intelectual común: la progresiva reducción del mundo moral a un espacio en el que se enfrentan voluntades individuales portadoras de preferencias incompatibles.

El mundo social aparece entonces como un escenario de negociación, competencia y conflicto entre individuos, cada uno de ellos dispuesto a defender su propio conjunto de intereses, deseos y valores. El problema es que, si no existe un bien común inteligible ni criterios racionales compartidos, la discusión moral corre el riesgo de convertirse en una forma sofisticada de afirmación de la voluntad.

Esta situación caracteriza buena parte de la cultura contemporánea, aunque muchos la consideran no como una circunstancia histórica particular, sino como una verdad universal sobre la condición humana. MacIntyre invita precisamente a cuestionar esa presunción. Una de las mayores virtudes de Tras la virtud consiste en señalar algo que, una vez formulado, parece evidente: muchas de las ideas que damos por inevitables o naturales son, en realidad, productos de una determinada historia intelectual.

Cuando una cultura pierde los recursos necesarios para reinterpretar sus propias categorías, también pierde la capacidad de justificarlas. Las ideas continúan circulando, pero se desconectan de las tradiciones que les daban sentido. Y, sin embargo, seguimos utilizándolas como si su significado fuera evidente por sí mismo.

De ahí la importancia de la tradición en el pensamiento de MacIntyre. No se trata de una defensa de la repetición mecánica del pasado ni de una invitación a refugiarse en una nostalgia estéril. Una tradición viva es, para él, un proceso histórico de discusión y continuidad, un marco en el que las preguntas fundamentales pueden ser planteadas, debatidas y transmitidas de generación en generación.

MacIntyre distingue, además, diversas concepciones históricas de la virtud. En las sociedades heroicas, la virtud está vinculada a las cualidades que permiten al individuo desempeñar su papel social. En la tradición clásica y cristiana, las virtudes se relacionan con el progreso hacia un «telos,» hacia una forma de plenitud propiamente humana. La modernidad ilustrada, en cambio, tiende a fragmentar esa concepción y a convertir las virtudes en cualidades útiles para alcanzar determinados fines, terrenos o trascendentes.

Frente a esa fragmentación, MacIntyre propone una definición más amplia. Las virtudes deben entenderse, primero, como cualidades necesarias para alcanzar los bienes internos a una práctica; después, como cualidades que contribuyen al bien de una vida considerada como un todo; y, finalmente, en relación con la búsqueda del bien humano, que sólo puede desarrollarse plenamente en el seno de una tradición social viva.

La consecuencia es importante: no comprenderemos del todo una teoría moral hasta que seamos capaces de imaginar su encarnación social. Para MacIntyre, ésta era una tarea que filósofos como Platón, Aristóteles, Hume o Adam Smith consideraban inseparable de la reflexión moral. Sin embargo, buena parte de la filosofía posterior ha tendido a considerar la ética como un ejercicio abstracto, desligado de las instituciones, las comunidades y las formas concretas de vida.

Tras la virtud obliga, por tanto, a pensar más allá de los dilemas particulares de nuestro tiempo. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de sociedad hace posible la formación de personas virtuosas, qué instituciones favorecen una vida buena y qué tradiciones pueden transmitir los recursos morales necesarios para orientar la libertad.

Ésta es, quizá, una de las razones por las que el libro sigue siendo tan actual. Vivimos en una época que proclama constantemente la autonomía individual, pero que parece cada vez menos capaz de responder a una pregunta elemental: ¿para qué debemos usar nuestra libertad?

Queda mucho por explorar en la obra de MacIntyre. Personalmente, resulta especialmente sugerente su reflexión sobre la tradición, un concepto hoy mal comprendido y, sin embargo, imprescindible si queremos pensar seriamente en la reconstrucción cultural de Europa. Sería particularmente interesante comparar su concepción de la tradición con la del historiador inglés Christopher Dawson, otro autor que se resistió a la fragmentación moderna del saber.

La comparación no sería arbitraria. Tanto MacIntyre como Dawson desconfiaron de la tendencia contemporánea a convertir las distintas disciplinas en compartimentos autónomos y a olvidar que las ideas, las instituciones, la cultura y la religión forman parte de una misma historia humana. Porque el hombre no es solamente aquello que piensa de sí mismo, ni una pieza intercambiable dentro de una sociedad burocrática y tecnológica. Es también un ser dotado de inteligencia y libertad, capaz de orientar su vida hacia determinados bienes y de preguntarse por su fin último.

En ese sentido, la visión de MacIntyre resulta, paradójicamente, más optimista que la de quienes reducen la moral a una suma de preferencias individuales. Si existe la posibilidad de educar el carácter, de cultivar las virtudes y de participar en comunidades orientadas hacia bienes compartidos, entonces la vida humana no está condenada al enfrentamiento entre voluntades arbitrarias.

La alternativa al emotivismo no consiste, por tanto, en imponer una preferencia frente a otra, sino en recuperar la pregunta que la modernidad ha tratado con frecuencia de dejar atrás: qué significa vivir bien. Y ésa es, en último término, la pregunta que atraviesa de principio a fin Tras la virtud, una obra cuya lectura resulta hoy no sólo estimulante, sino también profundamente necesaria.

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