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Laberinto en la cabeza humana

Laberinto en la cabeza humanaGetty Images/Eoneren

El Debate de las Ideas

Ese extraño sentimiento de culpa contemporáneo

La responsabilidad se desliga del análisis racional de los hechos y de lo que se podía o no hacer, para convertirse en una cuestión fundamentalmente emocional

Ya hemos explicado otras veces que las series de televisión convencionales, las que son populares, pero no están marcadas por la complejidad de lo genial, son un excelente escaparate para detectar cómo ciertas tendencias se infiltran en nuestro universo cultural a través de los programas de entretenimiento. A modo de banco de pruebas o laboratorio emocional. Es casi un lugar común hablar de cuestiones bien conocidas como la repentina irrupción de personajes racialmente o sexualmente diversos, o el protagonismo hegemónico que las mujeres tienen en la parrilla televisiva en la actualidad. Pero también podemos detectar cuestiones más complejas, y de una de ellas, la relativa a las peculiaridades del ‘nuevo’ sentimiento de culpa contemporáneo, intentaremos una aproximación en este artículo.

En mi caso, la primera alerta saltó con la serie ‘Héroes Reborn’, prolongación de una serie muy popular que trata de seres con poderes especiales, incluidos los de viajar en el tiempo. Uno de sus personajes, Peter, recibe una enigmática orden procedente del futuro: 'debes salvar a la animadora'. Los espectadores sabemos que esa animadora es Claire, el personaje más popular de la saga, y cuya intérprete, Hayden Panettiere, falleció recientemente. Pero Peter ha de acometer la gigantesca tarea de identificarla, averiguar cuándo su vida va a ser amenazada, y en qué lugar, y llegar a tiempo para impedirlo. Con un denodado esfuerzo, Peter logra todo eso. Pero, por el camino, otra animadora es asesinada por el mismo monstruo que pretendía matar a Claire, al confundirla con ella, y sin que nadie pueda hacer nada para impedirlo. Pues bien, Peter se pasará toda la serie atormentado por no haber podido evitar la muerte de esa animadora, de cuya existencia nada sabía, y mucho menos aún, de la posibilidad de que su vida estuviera en peligro. Aun así, se siente culpable de no haber evitado lo que no podía evitar.

He sido un poco prolijo en las explicaciones para intentar que se entienda bien el absurdo de este sentimiento de culpa, un absurdo en el que los guionistas de Héroes reborn insisten reiteradamente durante toda la temporada, hasta convertir esa culpa en una especie de rasgo de carácter del personaje. Mi primera interpretación fue simplemente pensar que la factura literaria de la serie dejaba mucho que desear y no le di más vueltas.

Sin embargo, cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con otro episodio de culpa incomprensible en otra serie popular, pero sin excesos, Almacén 13, otro programa con realidades especiales, e incluso sobrenaturales. Su coprotagonista Myka Bening (Joanne Kelly), agente especial del FBI, se pasa varias temporadas atormentada por no haber llegado a tiempo para evitar el asesinato de su compañero de tareas policiales y pareja afectiva. El espectador ve con claridad que Myka no hizo nada mal, no pecó de falta de diligencia, ni dejó de hacer algo que hubiera podido hacer, pero aun así le atormenta la culpa de esa muerte. No sólo la sufre dolorosamente, como es lógico y esperable al perder de forma violentamente inesperada a un ser querido, sino que acompaña ese sentimiento de pérdida con una conciencia de culpa desmesurada y ajena a la realidad.

Ambas anécdotas narrativas me llevaron a pensar que quizás no estábamos sólo ante un puñado de malos guionistas, sino que podía haber algo más rondando por ahí. A fin de cuentas, si algo caracteriza a la sociedad occidental de nuestro tiempo es justamente su tendencia a autoflagelarse con una conciencia de culpa a menudo insensata y generalmente desproporcionada.

El problema, claro, es que cuando analizamos episodios como los ataques a las estatuas de Colón, de hace ya algunos años, o la penosa campaña de genuflexiones obligatorias que impuso el movimiento Black Lives Matters, lo hacemos desde la razón y la lógica y concluimos, con buen criterio, que no tienen sentido. Pero, ¿y si el problema radica en que nuestros contemporáneos cada vez más están dispuestos a expulsar la razón de sus vidas en favor de una falsa 'lógica' emocional, que puede resultar gratificante en un primer momento, pero que conlleva una fuerte tendencia autodestructiva y una enorme capacidad para desordenar la realidad tal y como la conocemos? ¿Y si esas anécdotas aparentemente irrelevantes de estas dos series menores resultan ser un síntoma de ese proceso, un indicio -seguramente entre otros muchos que yo no he detectado- de cómo se infiltra y se expande una nueva forma de situarse ante la realidad a través de la narrativa audiovisual convencional?

Estamos ante un sentimiento de culpa que, llevado por un emotivismo descarnado, se expande hasta el infinito y más allá. No hay límites a esta culpa contemporánea, cuando irrumpe la convicción imaginaria de que, quizás, se pudo hacer algo más, por infundado que esto sea. Es más, frente a la lógica del 'no veo qué otra cosa hubieras podido hacer', la sinrazón del '¿pero y si pude actuar de otro modo con un resultado diferente?' Sólo la razón puede frenar la lógica delirante del «y si», pero quizás muchos ciudadanos están racionalmente desarmados.

A todo ello hay que añadir una extraordinaria paradoja: ese flagelo desmesurado es perfectamente compatible con una tolerancia infinita hacia las responsabilidades reales de las personas, siempre y cuando los hechos hayan sido motivados por las buenas intenciones, o expresen algún tipo de subjetividad, o presunto trauma, o dolencia mental de la persona.

Hay muchos ejemplos de este reverso 'bondadoso' en Almacén 13. Personajes que toman decisiones poco prudentes guiados por el afán de salvar a alguna persona, provocan auténticos desastres -en algún caso, dada la narrativa desmesuradamente fantástica y fantasiosa de la serie, incluso llevan al mundo al borde del abismo- pero ni los responsables de la catástrofe tienen sentimiento de culpa, ni sus compañeros, que sufren las consecuencias y tienen que arreglar el lío, les reprochan nada. Todo esto se afronta con una deportividad ejemplar y saludable.

La aparente contradicción de estas historias nos revela que el juicio moral ha perdido la referencia racional para instalarse en la inestable 'lógica' de la emotividad. Las series nos lo muestran de una manera inofensiva, pero que nos familiariza con esa nueva sensibilidad emotivista que se ha abierto paso entre nosotros.

El resultado puede ser, por ejemplo, que terminemos viendo a Lindsay Clancy, la mujer que asesinó a sus tres hijos, como una víctima -de vaya usted a saber qué traumas o desequilibrios personales- en vez de como una criminal que tiene que pagar por sus terribles actos. Y de lo extendido que está este ‘nuevo juicio moral’ nos dan cuenta fenómenos como el movimiento de apoyo a Clancy que se ha puesto en marcha en Estados Unidos y en otras partes del mundo. Personas indignadas ante la posibilidad de que se haga justicia. Porque la justicia, aunque también se va contaminando -sólo la firmeza de un miembro del jurado impidió la absolución de Clancy- todavía no es suficientemente ‘emotiva’.

Este episodio es ilustrativo también de lo volátil que puede ser la condición de víctima en el marco de la nueva sensibilidad woke contemporánea. Los 'antiguos' tendemos a pensar que las víctimas de esta historia son los tres niños que han perdido la vida. Pero los 'modernos' nos explican que no, que eso son víctimas colaterales, que lo verdaderamente terrible es el sufrimiento de la madre, que le ha llevado a hacer eso. He aquí la decisión de considerar irresponsable de sus actos a quien es absolutamente responsable de ellos, pues no consta que actuara en un momento de enajenación o sin conciencia de lo que hacía.

Pero tampoco debería extrañarnos tanto. A fin de cuentas, hemos tenido que escuchar una y mil veces en las últimas décadas que las verdaderas víctimas de las guerras no son los hombres que mueren en ellas, sino las viudas que tienen que seguir adelante con el dolor de la pérdida. Conforme a esa lógica insensata -que considera menos grave un mal final e irreversible que aquella dolencia temporal que puede tener arreglo- es coherente pensar que Clancy es la verdadera víctima. Incluso, en un giro final de los acontecimientos, podrían decirnos que lo suyo es terrible porque tiene que vivir con el dolor de haber perdido a sus hijos. Nótese el intencionado uso eufemístico de la expresión ‘haber perdido’ a unos hijos que ella voluntariamente aniquiló.

De modo que, por un lado, extendemos las responsabilidades imaginarias hasta el infinito, y debemos pedir perdón por cosas que ocurrieron hace cinco siglos, o más, en las que no tuvimos nada que ver, y de las que tenemos un conocimiento parcial y muy confuso que dificulta un juicio racional, mientras, por otro, proclamamos nuestra falta de responsabilidad en lo que sí hemos hecho nosotros, con nuestras manos, y pudimos no hacer. A normalizar esta caótica empanada sentimental ayuda la narrativa audiovisual, de modo que nunca debemos permitirnos bajar la guardia, salvo que queramos arriesgarnos a perder el juicio.

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