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Manos dirigiéndose a la luzGetty Images/chaiyapruek2520

El Debate de las Ideas

Es el fin del mundo... Y me siento bien

«Así es como acaba el mundo (x3) No con un estallido sino con un quejido», termina con estos versos T. S. Elliot su poema Hombre huecos. «It's the end of the world as we know it (x3) And I feel fine», cantaba el grupo R. E. M. Es arriesgado escribir un artículo sobre la vaga sensación que a uno le corretea por el estómago. Si me animo a ello es por sujetar lo que no son sino escurridizos presagios con la brida de las palabras y por salir a buscar lectores cómplices que ratifiquen mi psicosis. La historia ha perdido su narrativa. Tengo la sensación de que todos estamos sobreviviendo en un escenario precario a la espera de un misterioso cataclismo por venir. Y no me refiero sólo al mercado de la vivienda, en el que enjambres de jóvenes hacinados en cuartos insalubres aguardan la explosión de una burbuja que nunca se producirá. Hay algo en nuestro tiempo que recuerda a los estertores de un anciano. Es la inercia y no la creencia lo que mantiene en pie nuestras instituciones. Un halo de fragilidad envuelve todas las cosas. La espera ha sido canjeada por resignación. Hasta las ideologías han perdido su brío. Nadie quiere asaltar los cielos. El feminismo, el conservadurismo, el indigenismo, la socialdemocracia… tienen la sensación de estar dando una batalla perdida de antemano. Las últimas utopías por conquistar, el transhumanismo, la llegada a Marte… parecen caprichos y ocurrencias más que hitos que nos involucran a todos.

Vivimos como un tiempo de prestado. La humanidad está agotada de deambular. Ya no le queda nada que intentar. Se ha ilusionado y desengañado demasiadas veces. Los que celebraban el fin de la historia después de la Guerra Fría tenían algo de razón después de todo. Quizás el mundo debió de haber encontrado su digno final en los 60, con un holocausto nuclear. Todo lo que ha venido luego ha sido una extraña prórroga, que nadie quería jugar.

Cuenta Bellamy en su obra Permanecer que la Modernidad ha culminado su obra crítica al librarse en el siglo XXI de la idea de finalidad. La Historia ya no avanza hacia su destino. Retornamos al movimiento perpetuo y circular de los antiguos. La conciencia y la dirección emergieron en un momento de la historia. Quizás volvamos a sumirnos en los ciegos vaivenes del determinismo animal. Es la culminación del periplo nihilista del que habló Augusto del Noce. El último paso que pierde el sendero.

El suelo sobre el que andamos es demasiado movedizo para explorar nuevos caminos. Nos hemos cansado de esperar a Godot. El napolitano del tutto passa debió tatuarse niente passa en el pecho bronceado.

Y sin embargo, esta balsa de aceite de la historia preludia el diluvio. La paz es tan falsa, la impostura tan evidente, que no puede mantenerse mucho tiempo. El tedio tiene salidas sorprendentes. La vida nos pasa desidiosa pero la conciencia vigilante conoce en lo profundo de sí que se avecina el desastre. No sé si el fin de lo que hemos conocido será económico, civilizatorio o cósmico. Lo que sí tengo claro es que no será grandioso sino patético. Sucederá con un gemido, como decía Eliot, o con un bostezo. Irá acompañado de aplausos desde el balcón o del ritmo de una rumba en la plaza de Olavide.

¿Serán capaces nuestras viejas naciones de poner de nuevo en marcha la historia? ¿Lograremos prender la mecha de la ilusión en nuestros cínicos corazones? ¿Volveremos a descubrir la canción?

Yo no atisbo muchas razones para la esperanza. Sólo me queda asirme el pecho y repetirme el adagio latino dum spiro spero, «mientras respiro, espero» («espero mientras tenga aliento») y gritar como Odiseo «¡Aguanta, corazón!»; y como luego Machado: «Late, corazón… No todo / se lo ha tragado la tierra».

No me haga mucho caso, lector. Es posible que este barrunto apocalíptico me venga porque el verano se ha terminado y me embriagan los olores taciturnos del otoño.