Jean Raspail
El Barbero del Rey de Suecia
Jean Raspail nos sacude
Publicada por primera vez en 1973, El campamento de los santos, de Jean Raspail (1925-2020), es una novela tan apasionante como terrible. Imagina una gran oleada migratoria que amenaza con tragarse Occidente de un bocado. Y describe con extraordinaria precisión las reacciones de políticos, medios de comunicación, instituciones, oenegés… Lo que en 1973 era una hipótesis novelesca ahora sucede delante de nuestros ojos.
En su momento pudo leerse como un hachazo kafkiano: «Un libro tiene que ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros»; pero ahora se lee como un espejito stendhaliano, y es peor: «Una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino». Espejo peor que hacha. No hubo un tsunami repentino, salvo en asaltos como Ceuta, pero el goteo incesante ha producido efectos comparables. Esto no invalida la intención del autor, que no ha prescrito: Raspail calificó su obra de «libro simbólico, una especie de profecía», y el acento debe ponerse en lo primero: es una parábola.
Esta condición parabólica me consuela un poco de no haber leído la profecía hace diez años más o menos, cuando era prospectiva. Kiko Méndez-Monasterio, amigo, editor de Homo Legens y director de la colección Ibarra Real, que ahora la reedita, me habló de ella. Llegó incluso a regalarme dos ejemplares a lo largo de los años. A pesar de tanta insistencia, me distraje y ahora me da rabia, porque hubiese sido bueno leerla entonces como hachazo, además de ahora como espejo. Para irme preparando.
Raspail era muy consciente del artefacto literario que había construido. Habla de «este relato, el cual me ha costado muchas lágrimas, pese a ciertas payasadas trabucando a cada instante la tristeza de los hechos»; y también de «escenas dejadas en suspenso entre capítulos como bombas de espoleta retardada». El crítico estadounidense Jeffrey Hart enfocó la lectura: «Raspail no escribe sobre la raza: escribe sobre la civilización». La distinción es esencial: una novela racista sería basta; una novela sobre la civilización es afilada. Un personaje negro, el viejo exdiputado Hamadura, que se enfrenta heroicamente a la invasión migratoria, lo constata: «A mi juicio, el ser blanco no estriba en el color de la piel. Es más bien un estado anímico».
Ese «estado anímico» no es una blandura sentimental, sino el ánima en su estado más sólido. La lanza de la crítica de Jean Raspail apunta al interior: «Occidente ya no tiene alma. A escala de las naciones, razas y culturas, así como a escala individual, es siempre el alma la que gana los combates decisivos». Y la que los pierde. Es un diagnóstico paralelo al poema «España» de Julio Martínez Mesanza: «Muere una patria como muere un alma, / desperdicia la gracia, se hace sierva».
Eso explica la particular fiereza con la que El campamento de los santos critica a la Iglesia católica. No es el ataque de un laicista o de un pagano, sino el de un católico consciente de que la misión de la Iglesia, el cuidado de las almas, es esencial y de que su deserción devendría fatal para Occidente. Houellebecq, sin fe, arremete contra la Iglesia desde una intuición igualmente desesperada de su necesidad. Raspail afirma en el prólogo que «la caridad cristiana se revelará impotente» ante los crueles tiempos que se avecinan. Es un hilo negro que recorre toda la obra. La verdadera guerra se libra siempre en la retaguardia, contra los propios, que desmoralizan. Desde esta altura literaria se tiene una perspectiva más grave de la actual visita del papa León XIV a Francia.
En cualquier caso —hachazo, espejo y diatriba—, El campamento de los santos es espléndida literatura. Lo subraya Quintana Paz en el epílogo de esta edición de Homo Legens: «Católico en un país laicista, monárquico en una república, reaccionario en tiempos obsesionados con el progreso, pesimista en medio de lo que su compatriota Philippe Muray etiquetó como 'hombres festivos', los éxitos como escritor de Raspail no se debieron, sin duda, a que halagara en modo alguno a sus coetáneos. Se debieron solo a lo bien que escribía». Así es. La novela es un enjambre de personajes y situaciones que Raspail dirige con mano maestra y pulso amenísimo. La ansiedad y el humor no se estorban. Los arquetipos morales tienen sangre, que, además, derraman. Con gran osadía, lo demoníaco está presente, aunque aparezca pudorosamente velado.
La emoción nace también de la reverencia casi mística que Raspail siente por los rescoldos de la aristocracia, el linaje y la fidelidad heredada. Sabe que no bastarán para detener el hundimiento, pero los mantiene en pie frente a él. Es la gran diferencia con Houellebecq: la misma desesperanza, pero sin rendición. Ahí están el viejo duque d’Uras; la Orden de Malta; los brumosos linajes que defendieron Constantinopla; el coronel de húsares Dragasès, heredero de tres siglos de tradición militar y cuyo nombre evoca a Constantino XI Dragases Paleólogo, último emperador de Bizancio; el capitán de fragata De Poudis; el impasible capitán griego Notaras. Incluso los criados acumulan diez generaciones de servicio —de sobra para ennoblecer a cualquiera— y Raspail hace que sus nombres, Crillon y Romégas, remitan a dos capitanes franceses de Lepanto. Luego están Calguès, catedrático de literatura francesa, que vive lo que lee, y Jules Machefer, periodista, que escribe lo que cree. Raspail pasa lista. Es justo que su recuerdo perdure. «Occidente contó con veinte miembros», concluye su suma.
Abundan los guiños metaliterarios. El narrador no cree que las leyes de la memoria —«la historia oficial tiene fuerza legal»— permitan que su libro siga leyéndose, pero se encastilla nuevamente en la genealogía: «Sin embargo, confío en que mis nietos la lean sin avergonzarse demasiado cuando piensen que mi sangre corre también por sus venas».
T. S. Eliot predijo que este mundo, imantado por el nihilismo, acabaría con un suspiro. Chesterton le contestó que nosotros acabaremos con una explosión. Era el mismo pesimismo, pero más alegre. Raspail tiene unos personajes divertidos, linajudos y bravos que no salvan el mundo, pero sí salvan la explosión. Esa épica final es casi gozosa. Las citas no me dejarán mentir.
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Las tradiciones que los hombres saben transmitirse si no han dejado de estimarse.
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El caballero Andrea de Amaral, vuestro patrón, que abrió las puertas de Rodas a los turcos el 12 de octubre de 1522.
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Los oficios esenciales escapados de las manos blandengues de los franceses.
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Si se quiere comprender algo de la opinión occidental, cara a la flota inmigrante o cara a cualquier otra cosa de una naturaleza extraña, hay que empaparse de una noción esencial, a saber, que todo le importa un pito.
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Me pregunto si existe en alguna parte del mundo un gobierno responsable de algo.
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Siete mil doscientos doce profesores de secundaria se prometieron [escuchando las consignas de un gurú progresista en la tele] comenzar las lecciones del día siguiente con un debate sobre el racismo. El hecho de que fuesen profesores de Matemáticas, de Inglés, de Química o de Geografía, y hasta de Latín, no cambiaba en nada el asunto.
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Francia entera tragaba glotonamente la droga anestésica: llegado el momento de cortarle las dos piernas, estaría lista para la operación…
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En materia de publicidad, sabe perfectamente que no se vende nada por la derecha, y que por la izquierda todo es vendible.
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Vivimos una época en la cual sólo la verdad da miedo.
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La «no violencia» es el arma de las turbas.
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En los organismos internacionales, abrumados con los problemas del Tercer Mundo, nadie puede hacer carrera defendiendo la verdad.
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Hasta el presente hemos gobernado a golpes de encuesta. Resultaba muy cómodo. Probablemente gobernábamos la nada… Ahora es demasiado tarde.
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No soy cristiano. Soy católico. Me atengo a ese matiz esencial.
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Las naciones de Occidente creen poseer ejércitos poderosos cuando, en realidad, no tienen ya Ejército. Desde hace años se viene inoculando con todos los medios a nuestros pueblos el carácter deshonroso de sus respectivos ejércitos.
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Si la naturaleza humana fuera diferente, podríamos haberla modificado mediante ese juego de ideas innovadoras al cual nos hemos sometido verbalmente hace mucho tiempo.