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Degas, Manet, Pissarro, Monet y Renoir

Degas, Manet, Pissarro, Monet y RenoirEl Debate (asistido por la IA)

El hombre que hizo que todo el mundo ame a Monet, Renoir y a los demás impresionistas franceses

El marchante alemán Paul Cassirer introdujo a los impresionistas franceses en Berlín y los internacionalizó

Cuando en 1874 nace el Impresionismo francés, en realidad los impresionistas ya llevaban años dando de qué hablar en los círculos de artistas independientes de París. En 1863 Édouard Manet escandalizaba a los puritanos con su Almuerzo sobre la hierba.

Manet y otros «rechazados» comenzaron entonces a reunirse en grupos de artistas fuera de los círculos expositivos oficiales (en ese Salón de los Rechazados) y deciden exponer sus obras por su cuenta. En esa primera exposición (en 1874) Claude Monet llevó un paisaje del puerto de Le Havre cuya finalidad era captar la luz. Se titulaba Impresión, sol naciente. Hoy está expuesto en el Museo Marmottan de París.

Por la exposición pasó un ingenioso y temido crítico de arte, Louis Leroy, quien llegó predispuesto al desprecio hacia ese nuevo grupo de pintores en los que poco se adivinaba del academicismo que tanto gustaba a las élites intelectuales francesas.

Impresión, sol naciente de Monet

'Impresión, sol naciente', de Monet

Para desdeñar a Monet y a los demás pintores Leroy empleó el término «impresionismo» con un significado peyorativo. Lo que no sabía es que acabaría de acuñar el término con el que explotaría el arte de vanguardia.

Monet, Renoir, Degas, Pissarro, Manet…, el Impresionismo francés irrumpía en el panorama artístico para firmar una página dorada en la historia del arte. Para muchos, hoy al visitar París es más imprescindible una visita al Musée D’Orsay, L’Orangerie o Marmottan (los tres principales museos donde se dan cita los impresionistas franceses) que al mismísimo Louvre.

Sin embargo, en su origen el impresionismo era un fenómeno artístico muy local, muy francés, sin eco más allá de sus fronteras. Hasta que irrumpió el marchante berlinés Paul Cassirer.

A Paul Cassirer se le ha concedido el mérito de internacionalizar el arte impresionista, de convertir el impresionismo en un arte admirado, valorado y demandado a nivel global y, con ello, consolidar las bases que permitirían la explosión de las vanguardias.

Todo ello, sin embargo, de forma involuntaria, ya que lo que Cassirer quería era introducir el impresionismo en determinados círculos artísticos de Alemania.

Muchas de las obras que Cassirer adquirió de pintores impresionistas se exponen hoy en la colección permanente de la Alte Nationalgalerie de Berlín, museo que en los últimos meses ha acogido la exposición ‘Cassirer y el auge del impresionismo’.

Las burlas que los impresionistas suscitaron en su Francia natal se convirtieron en loas y exclamaciones de admiración en Alemania. De hecho, Cassirer, al traer a Berlín a los impresionistas, «dejó una huella imborrable en el panorama cultural alemán y suscitó apasionados debates públicos», se recuerda en el museo.

El mismo Cassirer se obsesionó con los impresionistas y se propuso que en Alemania surgiera un movimiento artístico equivalente. A su apoyo entusiasta se debe que emergieran artistas como Max Liebermann, Lovis Corinth o Max Slevogt. Su mecenazgo fue también capital para el impulso del modernismo de Edvard Munch y August Gaul, así como otros jóvenes vanguardistas como Ernst Barlach, Ernst Ludwig Kirchner y Paula Modersohn-Becker.

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