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Escuche a Bach y escuchará el canto de Dios

Escuche a Bach y escuchará el canto de DiosRealizado con IA

El Debate de las Ideas

Escuche a Bach y escuchará el canto de Dios

Muchos años después, frente al blanco y negro desnudo de mi instrumento, he de recordar aquella tarde remota en que Susana me llevó a descubrir la Música. Por aquel entonces, el estudio del piano se agotaba en melodías tontorronas y ejercicios técnicos insulsos, carentes de cualquier motivación más allá de recibir los elogios de padres necesitados de emociones en la función de tal o cual final de curso. Cuando mi profesora de piano decidió levantarse de la silla desde la que seguía con atención los devenires de unos deditos infantiles sobre un teclado para dirigirse al armario en el que guardaba sus partituras, yo ignoraba que lo que estaba a punto de suceder abriría para siempre la ventana infinita en la que desde entonces me asomo a contemplar la inmensidad. Ella, la profesora, se sentó al piano y me invitó a que escuchase. Yo, el alumno, supe por vez primera cómo sonaba un preludio junto a su fuga del Clave bien temperado. Conocí quién era Johann Sebastian Bach. Todavía no sé qué significa esto en plenitud, y algo me dice que moriré sin saberlo, pues intuyo que la respuesta espera tras una puerta que sólo la muerte abrirá del todo. Aun con ello, aquí y ahora, nos descubrimos atrapados por un canto que se desliza, fragmentario, por la rendija entornada de esa misma puerta.

El significado, nos enseña la filosofía, no sólo se refiere a cómo nombramos cosas a nuestro alrededor, sino que persigue construir una coherencia y dar un sentido a nuestra existencia frente al caos. En definitiva, nos habla de una búsqueda de la verdad. La música, plena de códigos que estructuran y dan significado a su contenido a través de la forma, la armonía, la melodía, la retórica, el silencio, ..., es reflejo precisamente de esa existencia frente al caos, pues remite a un orden superior que articula en infinitos planos inferiores una realidad material que irremediablemente lucha por mirar hacia arriba. Un platónico aquí podría recordarnos cómo las ideas o significados son esencias reales y eternas preexistentes al mundo físico. El recuerdo de aquella tarde escuchando a mi profesora hace que no tenga ninguna duda de que esa música efectivamente era, es y seguirá siendo anterior a todos y a todo. Nuestros oídos, envenenados por el ruido contemporáneo y la mierda extemporánea –eso sí que es crisis climática; ¡oídos puros de todos los países, uníos!– todavía pueden resistirse a claudicar y conducirnos a saborear, casi virginalmente, el júbilo de un arte sobrenatural, un canto de belleza, el de aquella hermosura tan antigua y tan nueva.

Frente al ruido, el silencio; junto al silencio, la música. Tras la música, Bach. Como si de un eterno y dorado bucle se tratase (Douglas Hofstadter mediante), el arte de los sonidos siempre obliga a mirar al compositor de Eisenach.

Para el que observa la naturaleza como un lienzo en constante elaboración; para aquél que lo hace como un espectador petrificado ante una foto prehistórica. Para cualquiera que aún conserve en su interior la bendita voluntad de no mirar su teléfono móvil durante el tiempo que dura una interpretación de las Variaciones Goldberg. Para ellos son estas líneas.

Ellos, sabedores de la existencia de una realidad intangible, tan inexplicable con palabras como lo es el impulso que mueve a amar, sabedores, digo, de saberse sabios de su ignorancia ante la naturaleza que los rodea y los aplasta con una violencia incontable. Ya sea con la contemplación invisible de un átomo o la de la pared kilométrica del muro de piedra en la cordillera del fin del mundo: sentémonos a escuchar nuestra propia respiración y en ese camino hacia el silencio hallaremos la puerta que Bach nos mantiene entornada, hospitalario y afanoso, celoso de sí, del Altísimo temeroso, arroyo de plenitud y de armonía, y de melodías victorioso. Quien pueda aún admirarse ante la proporción y perfección contenida en una rosa, o en la simetría que descubrimos en las alas de una mariposa, una más, la que usted quiera, incluso aquella tan vulgar, quien pueda, es aquél a quien Bach le hablará de lo Eterno. Sin apertura del espíritu no hay posibilidad alguna para el hallazgo que brinda su música. Sólo encontrará recochineo rococó y cursi, sin pudor, vanidoso. El sonido de la pureza sólo puede vibrar en una cuerda afín, entre los rescoldos de un alma dispuesta a ser atravesada por la voracidad dulce de una hoja afilada por la misma Euterpe.

Pues son los griegos quienes depositaron en las nueve hijas de Mnemósine el poder de hacer desaparecer el tiempo ordinario, toda vez que al cantar lograban fundir el mundo en un solo acorde, donde no existía ayer, hoy, ni mañana. Y tras ellas, fue nuestro Cantor, el de Leipzig, quien heredó del cielo el poder para hacer del tiempo una espiral en forma de juego, un acertijo consagrado al enigma de las matemáticas, una habitación convertida en un placentero laberinto de espejos. En el tiempo nos movemos y existimos y fuera de él no podemos más que arriesgar nuestra cordura al albur del vacío total, de la nada. Pero, así y todo, sabemos que los amantes que durante horas se aman dejaron de contar y de controlar el tiempo en que se amaron; y a la vez, la espera del que espera es larga y se asfixia frente al éxtasis de los segundos que ya han desaparecido en cascada dentro del reloj –y de los cuerpos– de aquellos mismos dos que gozan.

Si algo es seguro es la absoluta falibilidad de nuestra noción del tiempo y del espacio, hecha arte por Bach como nunca nadie lo logró: ya sea a través del uso de bucles autorreferenciales o de sus progresiones modulares infinitas (pienso en la Ofrenda musical y su Canon a 2 per tonos), su música logra suspender el devenir temporal y evocar una tan misteriosa como apabullante ruptura con nuestra realidad terrenal en una suerte de efecto Droste. Su música disuelve la distancia entre el principio y el fin, dibujando, con intervalos, progresiones armónicas y melodías intrincadas, el lenguaje de lo divino. Esta arquitectura sonora, hija del álgebra, la geometría y la proporción, genera en nosotros la intuición de un orden que trasciende nuestra efímera condición humana y no puede más que insinuar la eternidad.

Un último apunte. Siempre he disfrutado al pensar cómo la música más sujeta a las estrictas normas del contrapunto que se haya imaginado es a la vez un fiel reflejo de la condición de criaturas libres concedida por Dios a sus hijos. Los complejos tejidos contrapuntísticos de la música de Bach obligan a una absoluta sumisión a unas reglas precisas. Lejos de resultar fría o mecanicista –como bien lo sería un palomino musical escrito por la inteligencia artificial– esta restricción desemboca en una belleza profundamente cautivadora y libre, pues esta tensión nos resuelve con sonidos el dilema teológico del libre albedrío al enseñarnos cómo la máxima libertad creadora sólo puede florecer precisamente dentro de la ley divina.

Hoy, muchos años después, sigo sentado frente al blanco y negro desnudo de mi instrumento. Toco aquel mismo preludio que Susana me puso delante sin saber que me entregaba con él una vida entera de preguntas. En la fuga, mis dedos yerran, se detienen, corrigen, y en cada error y paso atrás encuentro la libertad para dar un nuevo paso adelante. Su ley no me aplasta, me sostiene y me entreabre de nuevo la puerta. Sigo sin saber qué significa esto en plenitud, sigo sabiendo que moriré sin averiguarlo y que ya no me importa tanto como me importaba entonces. Bach no responde mis preguntas, pero sí las vuelve innecesarias mientras lo escucho, porque intuyo que ahí se esconden las respuestas. Escuche usted también, se lo ruego, aunque sea con manos torpes como las mías: escuche a Bach. Y oirá, se lo prometo, el canto de Dios.

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