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Toledo y España: los lugares sagrados de Roy Campbell

Toledo y España: los lugares sagrados de Roy Campbell

El Debate de las Ideas

Toledo y España: los lugares sagrados de Roy Campbell

El pasado domingo 27 de septiembre se cumplía el 90 aniversario del final del asedio del Alcázar de Toledo y, durante algo más de dos meses de ese acoso y derribo contra la fortaleza de la Ciudad Imperial, hubo una familia de foráneos, los Campbell, que, en su hogar de la calle Airosas 13, fue testigo del veneno de la serpiente sibilinamente inoculado –como en muchos otros puntos de España– durante los meses anteriores. Sin ir más lejos, el mismo Roy, el cabeza de familia, había sufrido algún que otro percance después de las elecciones del 16 de febrero de 1936. ¿Sus delitos? Ser extranjero, tener criadas, trabajar con gitanos y, finalmente, alardear de su recién adquirida condición de católico en los paseos con el padre Evaristo, sacerdote carmelita del convento próximo a un hogar, el del escritor, vigilado por los nuevos dueños de la ciudad.

Roy Campbell, el poeta zulú, y su esposa Mary Garman se habían convertido al catolicismo en la Iglesia de San Francisco de Altea el 24 de junio de 1935 y, tras despedirse a regañadientes de aquel vergel mediterráneo, camino de Madrid, su tren se detuvo en Toledo un día más tarde. Espiritualmente hablando, esa fortuita parada en Algodor –en las inmediaciones de la capital toledana– iba a suponer un antes y un después en el devenir de la familia y su mística y profunda vinculación con la ciudad.

Atrás habían dejado la calma, quietud y tranquilidad de un montón de meses en la relajada rutina rural, logrando que la relación matrimonial se fortaleciese tras algún que otro desencuentro entre los dos cónyuges. El acercamiento al padre D. Gregorio Llorca Barceló, principal gestor de la hazaña de la conversión de la familia británica –aunque el escritor era originalmente sudafricano–, sería clave en el fervoroso abrazo a la nueva fe. Sus conocimientos religiosos e inquietudes literarias compartidas fueron sustento de muchas reflexiones y conversaciones con un Roy que, en poco tiempo, fue imbuyéndose de la religión de Roma ante el asombro de, incluso, sus propias hijas: Tess y Anna. De hecho, las niñas comentaban que no podían creer que su padre pasara tantas horas con el cura después de que, no muchos meses antes, hubiese criticado y se hubiera burlado de sacerdotes católicos y su aspecto en Valencia o Barcelona, punto de partida de su periplo por la Península Ibérica en el otoño de 1933.

Y Toledo, en el corazón de España, iba a ser capaz de embaucar alma y mente de los recién llegados: Roy; Mary, Anna y Emilia, encargada del cuidado de la pequeña de la familia. Tess, la hija mayor, por imposición de su abuela materna, había emprendido viaje rumbo a Inglaterra para completar una sólida formación académica acorde a las exigencias de la madre de Roy –y la tradición familiar–, preocupada y molesta por el descuido en los estudios de sus nietas.

La espiritualidad de las iglesias, el bullicio de las estrechas calles toledanas, la belleza de sus casas y edificios, la cercanía y amabilidad de su gente y la seriedad impregnada por los militares que pululaban por la ciudad fueron razones de peso para aquellos vientos de cambio en el parecer de los Campbell y, como consecuencia, el definitivo asentamiento toledano en vez del destino final de Madrid, previsto a principios de verano. A Toledo no se la podía hacer esperar para disfrutar de la atracción de su belleza.

Y así sería desde el principio del verano de 1935 hasta el estallido del conflicto civil, ya con los serios indicios y malos presagios de continuas huelgas, alboroto y tumultos, escasez, pobreza, injusticia, delincuencia, falta de trabajo y, sobre todo, señalamiento por etnia, religión o nacionalidad. En primera persona y con varios casos conocidos, los Campbell habían sufrido esas desafortunadas consecuencias en los prolegómenos del trágico desenlace: la fratricida guerra española.

Fue entonces cuando escribió su poema Toledo, julio de 1936, incluido en el poemario Mithraic Emblems (Emblemas mitraicos) que vería la luz en octubre de 1936 durante la soledad del destierro inglés en Binsted (West Sussex), donde la familia diariamente rezaba el rosario por los defensores del Alcázar, tras haber huido de su casa toledana dos meses antes bajo presiones, amenazas e, incluso, la paliza recibida por Roy en el camino de regreso desde Talavera de la Reina cuatro semanas después del pucherazo electoral. El poeta, afortunadamente, pudo contarlo; su asistente gitano, Mosquito Vargas, fue vilmente asesinado en una cuneta por varios guardias de asalto.

Toledo, julio de 1936

Al contemplar, Toledo, tu agonía
y escuchar la caída del techo del Carmelo,
de las cenizas un fénix batió sus alas:
¡la cruz permaneció frente al cielo!

Astillas en llamas, ojos apagados,
los Montes vomitaban sangre,
y miles de cadáveres rodaban
hacia abajo con trágicos gestos.

Y por encima del estruendo de morteros
logré escuchar el silencio de tus campanas,
que dejaron rotas estas piedras,
para fundar tu hogar sobre los años
e iluminar, con Roma y Atenas,
una ciudad sagrada del pensamiento.

Aquel Toledo que Campbell poéticamente bautizaría como «su ciudad sagrada del pensamiento» –situándola en sus versos al excelso nivel de Roma y Atenas– no era una mera y exclusiva estampa para turistas, sino la viva síntesis de la Europa cristiana y trascendente, del pasado místico-literario y un presente lleno de expectativas, costumbres y tradiciones para, con la inestimable ayuda de la fe y el compromiso, buscar el refugio de una sociedad aún ligada a sus raíces primigenias, libre de tecnocracias y del materialismo moderno que, impuesto en otras naciones, el escritor aborrecía.

Plenamente integrados en la vida social toledana, los Campbell pudieron y supieron entablar una estrecha amistad con la comunidad de hermanos carmelitas descalzos en un enclave que, poco después, se convertiría en escenario de martirio y tumba para diecisiete de ellos cuando la violencia anticlerical se desató en las calles de la ciudad hasta teñir de sangre inocente sus ardientes muros, paredes y aceras por pistoleros y milicianos de gatillo fácil.

Noventa años después de aquellos aciagos días de septiembre de 1936 y al conmemorar un nuevo aniversario de su nacimiento, la memoria de Roy Campbell, ese hispano patricio y nómada literario, permanece intacta e inseparable de Toledo y España. En una época marcada por el desorden, el desarraigo, la violencia y el cinismo, tanto el poeta sudafricano como su familia demostraron que el verdadero amor por una patria adoptiva se mide por la capacidad y valentía de arriesgar la vida en nombre de la belleza, la fe y los tesoros espirituales que esta cobija.

Toledo no fue para Campbell una simple escala en su trayectoria vital, sino la mística cumbre en la que su literatura y su existencia finalmente coincidieron para cobrar sentido y hallar la eternidad.

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