David Luque, autor de «Si los libros amaran»
David Luque, ensayista
«Estamos ante la generación mejor preparada en términos de títulos académicos»
David Luque, vicedecano de Investigación, Transferencia y Posgrado de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense acaba de publicar ‘Si los libros amaran. Educar el corazón en la tradición de la educación liberal’
John Henry Newman (canonizado en 2010 por Benedicto XVI) planteó interesantes interrogantes, y trató de ofrecer respuestas, en La idea de la Universidad, ensayo ideado como un tratado sobre el conocimiento.
El profesor David Luque toma ese punto de partida en su nuevo ensayo, Si los libros amaran (Encuentro), para elaborar un tratado sobre el conocimiento.
–Dedicar un libro al pensamiento del cardenal Newman ¿no le parece ir a contracorriente?
–En el mundo de la Iglesia, todo lo contrario. Es ir en la onda de la Iglesia. Le acaban de hacer doctor de la Iglesia. No me parece que sea ir a contracorriente porque Newman da respuesta a muchos de los problemas que nos encontramos en el mundo de hoy, se mire desde un punto de vista religioso o no.
Newman, como trato de demostrar en el libro, da respuestas a problemas culturales y a problemas intelectuales, y en libros que se están publicando fuera de nuestras fronteras, incluso políticos y, desde luego, eclesiales.
–Su libro se centra en la defensa de la «educación liberal» que surge del La idea de la Universidad de John Henry Newman, aunque creo que, en un tiempo en que se ha desvirtuado tanto el concepto de libertad y liberalismo, podría dar lugar a equívoco, ¿no cree? Al fin y al cabo, usted habla de educación humanista…
–Sí, el concepto de ‘liberal’, que es una traducción de ‘liberal education’, en nuestro lenguaje castellano sí que se confunde con una doctrina liberal en términos políticos, con el concepto de libertad. Pero, en realidad, el concepto hace referencia a una doctrina pedagógica, a una materia pedagógica que es clásica. Por eso los sinónimos de educación humanista, o educación clásica, porque toma el significado de los orígenes de la reflexión filosófica donde la libertad era adueñarse de uno mismo y poder entregarse a los demás. Eso es lo que se defiende al final del libro.
David Luque, durante la entrevista
–El libro tiene una profunda lectura desde la actualidad. ¿Cómo ve el estado de la educación en España? En contra de lo que se ha dicho, al final ha resultado ser que (en general) no parece que estemos ante la generación mejor preparada de la historia…
–Estamos ante la generación mejor preparada en términos de títulos –es verdad que todos los estudiantes consiguen títulos de educación obligatoria, etcétera–, pero sí que se pueden plantear cuestiones en torno a cuestiones de moral, cuestiones de política, cuestiones de estética… Y eso es todo lo que abordo en el libro.
El libro, la pregunta que intenta responder, es cómo el estudio de libros, y no solo de libros, sino de una formación clásica entendida ampliamente, da respuesta en todas esas dimensiones. Orienta la vida de los estudiantes en todas esas dimensiones.
En una dimensión intelectual, absolutamente, en eso que se llama pensamiento crítico, y también en cuestiones morales, en cuestiones políticas, en cuestiones estéticas, en cuestiones emocionales y en cuestionas religiosas.
Esa es la estructura del libro. Cada uno de los capítulos plantea un itinerario, porque da la sensación de que cuando leemos un libro se forma todo como amalgamado, pero lo cierto es que depende de la intención del profesor se puede marcar un itinerario en todas esas direcciones.
–¿Qué ha perdido la sociedad al renunciar a la formación clásica?
–Ahora estoy trabajando cuestiones de teoría política, de filosofía política, y hay una cuestión muy interesante que aparece en distintas doctrinas que es como un diagnóstico compartido en todas ellas que habla de desmemoria. Del hecho de que haber perdido la sensación de lo que sucedió en el pasado y cómo eso condiciona la situación presente.
Me parece que eso es una respuesta para lo que está sucediendo hoy. El hecho de haber perdido algo de lo que ha sucedido en otros tiempos y, sobre todo, cómo eso algo que sucedió en otros tiempos puede dar respuesta a las condiciones del presente. Eso es lo que me parece que recupera una educación así.
–Decía el filósofo Leo Strauss, por usted citado, que ‘la educación liberal es la educación en la cultura o para la cultura’. En ese sentido, ¿hemos fracasado como sociedad?
–Leo Strauss es muy interesante porque cuando utiliza el concepto de cultura él de lo que habla, sobre todo, es de cultivar. Es decir, de que la educación genere una base a partir de la cual los estudiantes puedan crecer. Desde luego, podemos plantearnos cómo hemos propuesto esa base y cómo podemos plantear el desarrollo de los estudiantes en todas las dimensiones que hemos planteado anteriormente. A mí me parece que eso sí que exige una reflexión en el tiempo en que vivimos.
David Luque, autor de «Si los libros amaran»
–Dice que la búsqueda de la verdad supone un diálogo entre la fe y la razón. Qué lejos parece esa afirmación de la realidad de la Universidad hoy, sobre todo las universidades anglosajonas, pero no solo, donde la agenda woke ha desvirtuado por completo la finalidad de la Universidad mediante una visión del hombre completamente alejada de la razón…
–Fíjate, te respondía antes con cuestiones que tenían que ver con distintas teorías y filosofías políticas, es muy interesante que en todas ellas el elemento convergente es el hecho de que defienden el humanismo.
Esto es muy interesante porque lo que te responde es que, lo que plantea el libro en términos no solo clásicos sino también religiosos, la educación humanista y, por lo tanto, la búsqueda de la verdad produce un desarrollo en las sociedades tal y como nos las encontramos, y la universidad, que es a lo que se dirige el libro, principalmente, es una reflexión sobre la educación superior, es la gran guardiana de esa búsqueda de la verdad.
Esa es la función de la Universidad, la de buscar la verdad y la de servir de corrector de todas las derivas que se pueden producir en las sociedades. Eso en términos políticos, en términos, si quieres, de educación humanista. En términos religiosos, evidentemente la verdad es una orientación de todas las dimensiones de la persona.
Al final, la búsqueda de la verdad, decía Joseph Ratzinger, no es solo una búsqueda intelectual, sino que es una búsqueda performativa. En el momento en que tú encuentras la verdad eso transforma a la persona. Y me parece que eso es lo que se defiende en el libro y lo que universidades con esta tendencia deben incardinar dentro de sus estructuras y dentro de los procesos de formación de los estudiantes.
–Aristóteles escribió: «Todos los hombres por naturaleza desean saber». ¿Esa frase sigue vigente o hemos renunciado al conocimiento?
–Yo creo que sigue vigente. Yo creo que las personas quieren conocer. Yo creo que las personas quieren saber. Creo que las personas tienen la conciencia de que el saber puede transformar sus vidas. Y las personas que forman parte de las universidades, también.
Cada año están las becas predoctorales, que es una cosa que me compete a mí, están saturadas de personas que quieren realizar tesis doctorales, hay proyectos de transferencia, hay proyectos de conocimiento… Creo que esa es la gran verdad de Aristóteles.
–Afirmaba Newman que formar una mente educada implicaba «inculcar en la mente de un joven las ideas de ciencia, método, orden, principio y sistema, así como regla y excepción, de riqueza y armonía». Hoy, en cambio, lo que se inculca en la mente de los jóvenes en escuelas y universidades parece que se limita a la gestión de sentimientos y resiliencia…
–Cuando Newman habla de ese método, en el fondo está defendiendo una formación intelectual. El libro parte de ahí, que hay un límite en el pensamiento de Newman, que es intelectual, e intentamos darle respuestas a todo lo demás. Por eso, cuando Newman solo llega a lo intelectual, nosotros podemos plantear un desarrollo en términos morales, en términos políticos, estéticos, religiosos y emocionales.
Lo interesante de las emociones, desde un punto de vista pedagógico, es que no tienen sentido en sí mismas. Tienen sentido irrigadas en las otras estructuras, y este es el gran desafío de la educación: la manera en que nosotros podemos conseguir gestionar una educación emocional sin que eso suponga un detrimento a todas las otras dimensiones humanas.