Los jóvenes de entre 18 y 30 años siguen haciéndose preguntas complejas
El Debate de las Ideas
Hemos perdido a Virgilio
Hace unas semanas, El Debate recordaba que casi la mitad de los jóvenes españoles reconoce haber sufrido malestar emocional. El dato merece algo más que una lectura estadística. Dante comienza la Divina comedia extraviado en una selva oscura. Aún ignoramos los peligros que le aguardan, pero sabemos ya lo esencial, y es que ha perdido el camino. Tiene la inteligencia, la experiencia y la memoria necesarias; y, sin embargo, le falta orientación. Para salir del bosque no le bastará con escrutar sus emociones ni con buscar dentro de sí una senda que todavía desconoce. Necesitará a Virgilio. Muchas personas jóvenes viven también en bosques parecidos. Sobre ellos pesa un mundo que reclama una capacidad de adaptación permanente y, al mismo tiempo, ofrece cada vez menos razones para saber adónde merece la pena dirigirse. La precariedad económica, la dificultad de acceder a una vivienda, la competencia sin tregua o ese espejo falsario que resultan las redes sociales forman en conjunto una espesura difícil de atravesar. Se les exige velocidad después de haber borrado del mapa buena parte de los caminos. Y cuando aparece ese desconcierto, se convierte con demasiada facilidad en problema médico.
Las aplicaciones de terapia y bienestar emocional, con su meditación, su acompañamiento psicológico y sus consultas a demanda, se han multiplicado en estos años. Es evidente que su crecimiento refleja un sufrimiento hondo. Hay demasiados jóvenes ansiosos, solos, cansados, incapaces de encontrar un hilo que ordene la existencia. Buscan alivio, claro, aunque a veces buscan también algo que ninguna aplicación puede ofrecer. Quiero decir, una cierta idea de la vida buena y alguien cuyo ejemplo ayude a reconocerla. Nunca habíamos dispuesto de un vocabulario tan rico para nombrar el malestar. Trastorno adaptativo, ansiedad, depresión reactiva, burnout... Poner nombre a las cosas permite conocerlas mejor y, en el caso del sufrimiento, comprenderlo y tratarlo cuando corresponda. Lo problemático del diagnóstico es que pueda poner punto final a una pregunta que debería continuar abierta. Entonces la persona aparece como la pieza averiada de una maquinaria cuyo diseño queda fuera del examen.
Si alguien deja de soportar el ritmo de la existencia, se interroga al exhausto. Se mide su capacidad para adaptarse, se modula su respuesta emocional y se procura devolverlo cuanto antes a su puesto. La medicina, nacida para aliviar el sufrimiento y combatir la enfermedad, puede acabar así desempeñando la modesta tarea de mantenimiento de engranajes. Cada vez se pregunta menos por ese mundo que ha engendrado el dolor; el paciente debe regresar el lunes compensado y disponible. Durante buena parte de nuestra historia, el estrés fue una respuesta extraordinaria ante el peligro. El organismo se tensaba, actuaba y, atravesado el riesgo, regresaba poco a poco a la calma. Hoy se ha convertido para millones de personas en una forma común de habitar el tiempo. Nos empuja a llegar antes, marcharnos tarde e incluso a sentir un poco de culpa en el descanso. Su presencia se ha normalizado hasta el extremo de creer que una vida sin ansiedad es, en el fondo, falta de ambición. El mismo orden cultural que favorece determinadas formas de sufrimiento desarrolla después su propia industria para volverlas soportables. Se produce ansiedad, se individualiza y se ofrecen fármacos o aplicaciones capaces de contenerla. En cada eslabón alguien obtiene su beneficio, pero pierde quien abre un blíster a medianoche y se pregunta en silencio por qué ya no puede más.
Nada de esto disminuye el valor de los psicofármacos ni de la terapia. Hay enfermedades que exigen tratamiento y dolores para los que la ayuda profesional resulta rigurosamente necesaria. Un medicamento puede rescatar a una persona de una oscuridad casi inhabitable. Un buen terapeuta ayuda a reconocer heridas que durante años permanecían mudas. Pero hay desorientaciones cuyas raíces se hunden a la vez en la economía, en la vida común y en el espíritu. Hemos levantado un mundo que exige mucho y forma poco, y esa desproporción termina dejando su huella. Otras épocas comprendieron mejor que los jóvenes no maduran por generación espontánea. Eran introducidos gradualmente en el mundo adulto a través de aprendizajes pautados, responsabilidades graduadas, relatos y ritos de paso. Crecer significaba ir dejando atrás la condición de quien sólo recibe cuidados para convertirse, poco a poco, en alguien capaz de cuidar y responder por otros. El maestro artesano transmitía su técnica y, mezclada con ella, una manera de estar en el mundo. Al enseñar el oficio, tenía que educar la paciencia, la disciplina, la honradez del trabajo bien hecho y el respeto por los límites de los materiales. El aprendiz, además de alcanzar competencia, debía llegar a ser una persona digna de confianza. Algún día recibiría en su taller a otro joven y tendría la obligación de entregar el mismo legado que había recibido.
La educación religiosa también perseguía algo parecido. Las Escrituras, la filosofía, los relatos de los profetas, las vidas de los santos e incluso la memoria de los antepasados proporcionaban figuras concretas en las que percibir el valor o la justicia. Nadie estaba condenado a descubrir en soledad el significado del bien o de la felicidad. Se recibía una tradición que aún podía discutirse, corregirse o profundizarse antes de hacerla propia. El punto de partida ya estaba ahí y evitaba la condena moderna de comenzar desde cero. Nuestra época ha dilatado de manera formidable la libertad y las oportunidades. En ese mismo movimiento ha debilitado muchas de las mediaciones que ayudaban a convertir la libertad en una vida con rumbo. Enseñamos habilidades, llenamos a los jóvenes de información y procuramos que no les falte casi nada en lo material. En cambio, titubeamos cuando llega la hora de educar el corazón o mostrar por qué algunas cosas merecen ser amadas y de otras conviene apartarse. De ahí procede quizá una de las paradojas de nuestro tiempo, el hecho de que tantos jóvenes dispongan de capacidades admirables y, al mismo tiempo, de tan frágil orientación vital. Conocen de sobra los medios para alcanzar sus fines, pero nadie les ayuda a preguntarse qué fines merecen una vida. De tal suerte que, al final, el bosque penetra en ellos. Han recibido instrumentos magníficos para abrirse paso, pero pocas razones para elegir su destino.
Hemos perdido a Virgilio. En el gran poema, éste va mucho más allá de aliviar el malestar de Dante. Lo acompaña, lo corrige y hasta ordena su mirada. A lo largo del Infierno, Dante interpreta mal parte de cuanto contempla. Se conmueve ahí donde su juicio todavía vacila, se deja arrastrar por la indignación o seducir por algunas figuras que despiertan en él una compasión equivocada. Tarda también en comprender la relación entre los actos humanos y lo que de ellos se sigue. Virgilio le enseña a distinguir. Le obliga a mirar mejor. Eso que desde lejos parecía noble puede esconder pudriciones; lo que provoca una emoción inmediata quizá necesite un juicio a la luz de un bien más alto. Antes de poder contemplar el Paraíso, Dante tiene que educar su mirada y ordenar sus deseos. Una formación así no cabe en un comprimido de Orfidal. Ni puede descargarse desde una tienda de aplicaciones. Necesita tiempo, autoridad moral y una relación lo bastante cercana para que alguien pueda decirnos que comprende nuestro dolor y advertirnos, a la vez, de que estamos leyendo mal una parte del camino.
El terapeuta escucha y ayuda a reconstruir. El maestro —si lo hay— ayuda además a levantar la vista y a descubrir hacia dónde merece la pena ir. Puede enseñar que algunas heridas necesitan tiempo, que ciertos deseos extravían o que la libertad sin dirección termina por dejarnos a la intemperie. Si es cierto que cada figura cumple una función valiosa, también lo es que la segunda se ha vuelto extraña entre nosotros. Pudiera ser que la proliferación de las terapias a demanda revele una ausencia de fondo. Hemos creado un orden que multiplica el cansancio en un tiempo en el que se han ido debilitando las familias, los lugares de pertenencia y los maestros que ayudaban a interpretarlo. La vieja pregunta por el sentido ha quedado reducida a una cuestión de bienestar. Con ella se ha empobrecido también el vocabulario con el que comprender ciertas formas de sufrimiento. Hay dolores que se vuelven casi ininteligibles si desaparecen del lenguaje palabras como vocación, esperanza o bien. Fabricamos el bosque, despedimos a Virgilio y luego entregamos al extraviado un tratamiento para que siga andando y no se detenga. A medianoche, alguien vuelve a tomar su comprimido mientras contempla, con una mezcla de cansancio y perplejidad, el blíster que sostiene entre las manos. Quizá debamos ampliar la pregunta. Claro que importa saber qué les ocurre a los jóvenes. Pero importa también preguntarnos quién trazó los senderos que recorren, qué horizonte les hemos ofrecido y por qué una generación tan preparada acaba tantas veces caminando a oscuras y en soledad.