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El poeta y editor José Mateos, en una imagen de archivoEfe

El Barbero del Rey de Suecia

Hora en punto

El aforismo vive en España un auge que dejó atrás la moda: proliferan los autores, las colecciones, los premios y los estudios críticos. Natural: al género le sientan bien los aires de la posmodernidad. No en vano es fragmentario, veloz, audaz, subjetivo y poco sumiso a los grandes sistemas. Uno de sus cultivadores más perspicaces, José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963), tiene sobre este renacimiento una ventaja: llegó antes. Ya escribía sus «divinanzas» cuando el boom todavía no había hecho boom. Soliloquios y divinanzas es de 1998, mucho antes de la llamada década prodigiosa, entre 2013 y 2023. Y sigue fiel al género pasada esa década, como demuestra este El reloj de las horas muertas (Newcastle Ediciones, Murcia, 2025), porque el poeta jerezano no escribe al ritmo de la actualidad literaria, sino al compás de su hondura.

José Mateos lleva más de un cuarto de siglo haciendo con el aforismo una literatura implacablemente auténtica. Desde aquel primer libro hasta este último, pasando por Silencios escogidos (2013), Un mundo en miniatura (2017) o Un pensamiento sin máscara (2022), ha ido afinando esa forma intransferible que él mismo bautizó como divinanzas. Cuando los aforismos son hijos legítimos de su autor, éste se gana el derecho de ponerles nombre. Ramón Gómez de la Serna llamó a los suyos greguerías; Carlos Edmundo de Ory, aerolitos; Sánchez Ferlosio, pecios; Nietzsche, flechas; y Ramón Eder, ironías. Mario Quintana fue más lejos: dio a los suyos su apellido y se los conoce como quintanares. El nombre de los de Mateos es inmejorable porque sus aforismos, atentos a lo más alto, no aspiran tanto a resolver un pensamiento como a dejarlo estremecido ante el misterio. No son puntos finales, sino suspensivos.

La forma de Mateos es desnuda, aunque no hay que caer en el error fatal de pensar que esa desnudez es despellejamiento. Despoja la frase, pero no desahucia ni a la retórica ni a la poesía, y mucho menos al gusto verbal. Sólo les exige un rigor extremo: que no asome la menor hoja de acanto del barroco, y que no falte la hojita de perejil de Juan Ramón. Su austeridad es elegancia: la de un poeta que ha aprendido cuánto puede quitar sin quitar la poesía. Ahí está su secreto. La precisión no recorta el sentido: le hace sitio. Mateos dice exactamente lo necesario para que detrás siga respirando lo que no puede decirse. Uno lee muchas de sus divinanzas con la impresión paradójica de haber recibido una respuesta y, al mismo tiempo, una pregunta mayor. Su aforismo cumple lo que él pide al poema: «Es el lugar donde ese conocimiento se produce y, a la vez, el resultado de ese conocimiento».

Claro que esta aforística tan suya tiene maestros evidentes, y Mateos no los esconde: algunos de sus propios aforismos podrían firmarlos ellos. A Juan Ramón, arquetipo de tersura, ya lo hemos nombrado. Por su exactitud milimétrica, esta divinanza parece del argentino Porchia: «Lo profundo es que ahí, en lo profundo, se escuche algo aún más profundo». Por su tensión contra mundum, ésta, de Nicolás Gómez Dávila: «Los mandamientos morales no son artimañas que el interés común impone sino cristalizaciones que el alma descubre». Por su tono moral, ésta, de Aquilino Duque: «Antes muchos hombres podían ser esclavos de un solo hombre. Ahora un solo hombre puede ser esclavo de muchos amos». Por su veta sentenciosa, ésta, de Antonio Machado: «En la tradición popular la virtud es el plagio». Y ésta, con el trazo de Ramón Gaya, justifica todas las anteriores: «En arte lo original consiste en encontrar una vieja verdad que ya nadie recuerda».

Tantas lecturas encarnadas cuajan en una obra inconfundible, personal y generosa. Hay además en estas páginas una gravedad moral que nunca se pone grave. Mateos habla de Dios, de la libertad, del trabajo, de la belleza o de la muerte sin adoptar jamás el tono de quien viene a impartir doctrina. Su verdad, con toda su luz, conserva la penumbra de la pregunta. Son muchas las divinanzas que ya llevamos dentro. Con este reloj de horas muertas, el aforista vuelve a poner en hora nuestros corazones. Yo he elegido estas campanadas.

Hay que vigilar de cerca el estilo: toda palabra escrita puede ser una palabra que sobra. Y la poesía es el resultado de quitarle a una página todo lo que sobra.
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No puedo dar lo que soy. Puedo dar lo que tengo. Pero lo que tengo es apenas lo que soy.
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Si el poeta no muere de sed, se muere.
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Me puse a contar todo lo que había recibido de los demás y… me quedé sin nada mío.
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La simpatía es la primera piedra de un templo.
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Que Dios haya condescendido a hablar nuestro lenguaje quiere decir que ha aceptado ser malinterpretado con tal de ser entendido.
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Bajo el imperio de la amenaza, sólo hay una manera de distinguir al hombre libre: es el que sonríe.
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En el mundo contemporáneo, la poesía es un depósito clandestino de humanidad.
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Las teorías políticas pueden ir demasiado lejos, pero no llegan demasiado lejos.
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Somos hombres enloquecidos alrededor del cadáver de Dios. Gracias a la belleza sabemos que ese cadáver aún tiembla.
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La peor de las mentiras es saber la verdad y decirla. Y después… no vivirla.
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Cuando se ama la vida por encima de todo, se carece de fe para propagarla.
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Los poetas están en el secreto. Sólo ellos saben que las acciones son las sombras que proyectan las palabras.
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Hasta el peor de los demonios viene a veces a trabajar en mí. Lo que me consuela es que ahora, cuando se va, ya no es un demonio.
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El trabajo, cuando no es castigo, es oración.
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Pienso por reacción; canto por vocación.