Jason Arday portando la llama olímpica de los Juegos de Londres en 2012
El Debate de las Ideas
La torre de marfil se viene abajo
La gran noticia de principios de agosto fue Jason Arday. Nombrado catedrático de la Universidad de Cambridge en 2023, este académico negro había sido respaldado por los responsables de la universidad como muestra de su gran compromiso con la corrección de la injusticia racial y el logro de una diversidad «real». Por desgracia para Cambridge, se descubrió que Arday era un plagiador, un fabulista y un fraude académico. Las revelaciones públicas llevaron a Arday a dimitir el 5 de agosto. Una semana después, se suicidó.
Considero a Arday como una víctima de la obsesión, mayoritariamente blanca y progresista, por las víctimas. Es evidente que poseía una genuina inteligencia. Sabiendo reconocer una oportunidad cuando la veía, Arday inventó historias de su infancia que resultaban claramente inverosímiles, afirmando haber sufrido discapacidades graves, consciente de que cuanto más desfavorecida y «marginal» fuera su imagen, más se le valoraría. Se adentró en campos (la sociología y la educación) en los que sus historias podían conmover a sus colegas, y la fabulación funcionó. ¡Neurodivergente y negro! La mera idea de elevar a una persona así a los más altos honores provocaba orgasmos espontáneos en los círculos progresistas.
Poco después del nombramiento de Arday en Cambridge, surgieron dudas sobre un posible plagio. Las autoridades universitarias se negaron a investigar. El año pasado, mientras un periodista preparaba un reportaje de investigación, se emprendieron acciones legales para impedir su publicación. Además, Arday denunció al periodista ante la policía por acoso racial. Cuando un investigador de otra universidad cuestionó sus publicaciones, Arday presentó una denuncia por racismo ante la universidad del demandado. Expertos académicos documentaron un plagio generalizado en su tesis doctoral. Tanto Cambridge como la universidad que concedió a Arday su doctorado desestimaron las acusaciones. Sus defensores en Cambridge sacaron a relucir la cuestión racial en una carta abierta: «La integridad de la educación superior está en peligro si no tomamos posición y alzamos la voz contra los intentos sistemáticos de borrar la a los académicos negros». En cada momento difícil, la clase dirigente británica le protegió.
Arday tenía que ser protegido a toda costa. Para los responsables de la Universidad de Cambridge y de cualquier otra institución de importancia en Gran Bretaña, Arday era un muy apreciado objeto sagrado, no una persona. Hasta el día de hoy, las declaraciones públicas de la universidad se refieren a él con gran delicadeza para evitar cualquier atisbo de sacrilegio. En ese entorno, imagino que Arday se dio cuenta de que podía salirse con la suya prácticamente en todo. Por muy fraudulenta que fuera su carrera académica, Arday poseía un genio emprendedor, aunque también una psique trastornada. Aprovechó la atmósfera de impunidad y permisividad absoluta con un brío extraordinario.
Sí, Arday se aprovechó de su privilegio negro. Pero también fue víctima de explotación. Heidi Mirza, una de sus tutoras en el posgrado, señaló antes de su suicidio: «Es un peón cuya ambición lo hizo vulnerable». David Harris, un compañero académico cuyas dudas sobre la integridad de la investigación de Arday fueron ignoradas, comentó en aquel momento: «En mi opinión, el profesor Arday necesita urgentemente amigos críticos, no aduladores». No estoy seguro de que «aduladores» sea la palabra adecuada; «cómplices» me parece más acertado.
Todo este asunto dice mucho de la cultura universitaria actual. Puedo dar fe, por mi experiencia como profesor durante veinte años, de que el profesorado universitario se dedica constantemente a los chismes y a un análisis interminable y minucioso de las políticas y los acontecimientos universitarios, incluso de los más triviales. Resulta inconcebible que el fraude y la incompetencia de Arday no fueran de dominio público y no se comentaran en las salas de profesores de Cambridge. Sin embargo, todo el mundo siguió el juego y mantuvo las apariencias. El acuerdo colectivo para sostener una mentira probablemente se basó en la piadosa convicción de que la presencia de Arday en el cuerpo docente servía a los objetivos de justicia social hasta tal punto que merecía la pena pagar el precio de comprometer los estándares académicos. Quienes tenían dudas se vieron intimidados por el poder de la política identitaria. ¿Para qué alzar la voz? Solo traería dolor y represalias. (El académico que detalló el plagio de Arday fue suspendido por su universidad.) Sea cual sea la causa, la complicidad silenciosa de toda una universidad de élite denota una profunda corrupción. No son buenos tiempos para la educación superior.
El mismo mes en que la historia de Arday saltó a los titulares, la revista The Atlantic publicó el artículo Confesiones de un profesor negro simbólico: por qué perdí la fe en el mundo académico, de Tyler Austin Harper. Contratado en 2020, Harper relata sus experiencias en el Bates College, una elitista universidad de artes liberales situada en Maine.
Tras el «Verano del Amor», inspirado por el caso de George Floyd, los responsables de la universidad de Bates presionaron para que se introdujeran cambios drásticos, entre ellos un plan para impartir clases obligatorias sobre «Raza, poder, privilegio y colonialismo» (RPPC) en todos los itinerarios. Desde el principio, Harper tuvo sus reservas, pero, con la modestia propia de un profesor recién contratado, se abstuvo de emitir un juicio. Con el tiempo, sin embargo, llegó a una conclusión desalentadora sobre la universidad. Bates College, escribe, es «un lugar donde las élites actuales y futuras pagaban —o se les pagaba— por el privilegio de hacerse pasar por radicales, víctimas o ambas cosas».
Antes de llegar a Bates College, Harper estaba a favor de los objetivos de la acción afirmativa, que consisten en dar prioridad a los candidatos procedentes de entornos desfavorecidos o comunidades marginadas que poseen potencial, sin dejar de mantener los estándares académicos. Pero sus experiencias sobre lo que realmente ocurre durante el proceso de contratación del profesorado le enseñaron lo contrario.
«Tras unos años en Bates», escribe, «empecé a darme cuenta de que la versión de la acción afirmativa que había defendido en mi mente no era más que una fantasía». Al formar parte de comités de selección de profesorado, descubrió que ser negro era el «requisito» primordial, y no los logros académicos ni el potencial. «Funcionaba como una especie de Jim Crow «progresista», en el que se aplicaban criterios radicalmente distintos a los candidatos blancos y a los no blancos».
Harper sabía, por supuesto, que no era el único miembro del cuerpo docente que estaba al corriente de los «criterios radicalmente distintos». Es un secreto a voces tan ampliamente conocido como universalmente negado. Lo que significa que el propio Harper, un consumado académico y uno de los jóvenes docentes más prometedores de Bates College, estaba en el ajo. Señala que los altos cargos de Bates College le asignaron puestos en comités relacionados con cuestiones «negras». Empezó a darse cuenta de que no era un profesor más en una comunidad de académicos; era un peón, una figura simbólica, una mercancía de un valor incalculable: uno de los «negros insustituibles», como lo expresó con ironía un amigo negro suyo.
En 2025, Harper dimitió de su puesto de profesor en Bates College. Al final, no fue el Jim Crow «woke» ni su papel como profesor negro simbólico lo que le llevó a abandonar la torre de marfil. Fue, más bien, la sensación generalizada de que la educación superior se encuentra sumida en una bancarrota intelectual y moral. Así comenta su reacción ante un cartel que anunciaba la semana anual del sexo de la universidad:
«Hubo un tiempo en el que quizá hubiera visto en ese cartel un síntoma de todo lo que estaba mal en la universidad: dinero malgastado en tonterías sin sentido, organizadas por burócratas cuyo trabajo nadie sabía explicar. Ahora, en cambio, me parecía todo extrañamente estimulante. ¿Qué era Bates College sino un lugar dedicado a la masturbación ideológica sin riesgos? Al menos durante una semana, podíamos ser sinceros al respecto».
Tras dimitir, Harper nos explica el destino de los cursos sobre RPPC. Consolidar esta iniciativa, supuestamente transformadora, había sido la gran ambición de la dirección de la universidad, y contó con el apoyo entusiasta de muchos miembros del profesorado. Sin embargo, en noviembre de 2025, mientras la administración Trump presionaba a la educación superior para que abandonara los proyectos de DEI, los responsables de la universidad aconsejaron al profesorado que votara a favor de suspender su implementación.
Harper señala que debería haberse alegrado al conocer la noticia: «Siempre había defendido que los cursos sobre «Raza, poder, privilegio y colonialismo» eran inútiles, inviables, una locura». Sin embargo, se sintió decepcionado: «Ahí estaba la última señal de que todo en realidad todo había sido una impostura». Harper recuerda a uno de los primeros alumnos de Bates College (la universidad fue fundada por abolicionistas en 1855) que abandonó la institución para luchar por la causa de la Unión. En la batalla de Gettysburg, lideró una carga a bayoneta en Little Round Top «hacia las fauces de una fuerza confederada que avanzaba». Al volverse para pensar en sus antiguos compañeros, Harper observa: «Ahora, esta misma universidad no era capaz de encontrar la fuerza necesaria para defender simplemente un cambio curricular que su profesorado y sus administradores habían insistido, con fervor y grandilocuencia, en que era imperativo porque era nada menos que una cuestión de justicia».
Quienes aspiran a reformar la educación superior tienen una lección importante que aprender: lo que Harper tuvo que soportar y ahora considera con desdén no fue consecuencia de unos pocos profesores radicales ni de grupúsculos de estudiantes activistas. Según el propio Harper, «me di cuenta de que el origen de la monomanía racial más intensa del campus era la alta dirección». Esos mismos altos cargos plegaron velas cuando el viento cambió de dirección. Estoy dispuesto a apostar a que una cobardía similar impera en Cambridge y en otros lugares del mancillado panorama de la educación superior. Demasiadas de nuestras instituciones están dirigidas por hombres sin carácter.
Publicado originalmente en First Things.