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Historias del 27Andrés Amorós

José Caballero, el primer ilustrador del 'Llanto por Ignacio Sánchez Mejías'

Tuvo la fortuna y el mérito de ser amigo de muchos personajes de primera categoría. Todos ellos mantuvieron siempre el gran cariño que por él sentían

'Llanto por Ignacio Sánchez Mejías'

A fines de 2025, se ha inaugurado en el Museo de Huelva una muestra de José Caballero, titulada Algo camina hacia el infinito: abre simbólicamente la vuelta a su ciudad natal del legado de este pintor, como anticipo de la conmemoración del centenario de la Generación del 27.

A la estética del 27 pertenecen claramente grandes pintores como Ramón Gaya, Benjamín Palencia, Maruja Mallo, Gregorio Prieto, Manuel Ángeles Ortiz, Ángeles Santos Torroella, Cossío, Bores, el humorista Martínez de León, el poeta Moreno Villa…

Se debe añadir a esta lista el nombre de José Caballero. En sentido estricto, no formaba parte de esa generación, por las fechas de su biografía, como él mismo precisó:

«No pude pertenecer a la generación del 27, cuando todavía tenía once años».

En realidad, estuvo muy próximo a ella, mantuvo gran amistad y colaboró con artistas y poetas de aquel momento: Lorca, Alberti, Bergamín, Neruda, Luis Buñuel, Miguel Hernández…

Desde muy niño –los cuatro años, según la leyenda familiar– sorprendió a todos por su innata facilidad para el dibujo. Lo reconocía él mismo, como una seña de identidad suya:

«Mi deseo de asombrar se manifestó y desde entonces busqué todas las ocasiones posibles para manifestarlo».

José Caballero fue discípulo de Daniel Vázquez Díaz, cuando pintaba éste los murales de La Rábida. Años después, el maestro lo recordaba así:

«Un día llegó a mi estudio aquel joven que conocí en La Rábida, venía decidido a empezar sus estudios de pintura. En sus primeros dibujos, por él olvidados, pero inolvidables para aquellos que saben valorar la expresividad de una lírica y el terciopelo de una sombra, veía yo el nacimiento del pintor. Su gran temperamento inquieto es un insaciable afán renovador, que busca en todos los caminos donde su sensibilidad se nutre y se manifiesta en el divino goce de encontrar imágenes nuevas. Porque en José Caballero existió siempre el regusto de lo experimental».

También le influyeron mucho Picasso, Torres García, Alberto Sánchez… Siempre le atrajo la búsqueda, la libertad estética:

«No me lo he propuesto, pero siempre he estado en la vanguardia».

Probablemente, fue Luis Buñuel el que le puso en contacto con la pintura de Max Ernst y con el surrealismo.

En 1932, participó en una exposición surrealista, en el Ateneo de Sevilla: por el escándalo que causó, la muestra se cerró al día siguiente de la inauguración.

También en Sevilla, realizó una sesión vanguardista, con el poeta Adriano del Valle. Mientras Caballero hacía dibujos en dos pizarras, Adriano escandalizó al público, recitando estos versos:

«Como soy un poeta surrealista,
tan original y tan nuevo,
ahora mismo me agacho y pongo un huevo».

Sin embargo, José Caballero, igual que tantos otros, no se quedó en esas provocaciones juveniles. Eso sí, la experimentación, la búsqueda constante fue la línea conductora de su estilo.

En síntesis, rápida, podemos decir que fue pasando del surrealismo al expresionismo y, luego, a la abstracción. De ahí, a la pintura matérica, usando maderas, cuerdas, tornillos… En su etapa geométrica, sintió especial atracción por el círculo, como símbolo de la constante evolución del universo. Le influyó también la caligrafía oriental…

Se alineó siempre con los «descubridores», más que con los «perfeccionadores». Quizá el resumen de su estilo de madurez puede ser un expresionismo abstracto, no muy lejano de algunos pintores norteamericanos, pero de fuerte raíz andaluza.

José Caballero se había dado a conocer en 1932, con sólo diecisiete años, al pintar un telón para un montaje de la Historia de un soldado, de Stravinski, que tuvo lugar en la Residencia de Estudiantes.

Un par de años después visitó, con Luis Cernuda, los pueblos de Huelva, dentro de las actividades de las Misiones Pedagógicas.

También en 1934, entró a formar parte del grupo de teatro universitario La Barraca, la gran ilusión de García Lorca. Según parece, Federico apreciaba mucho la facilidad con la que el joven pintor solucionaba los mil problemas que solían presentarse durante el montaje, en un teatro itinerante.

Además, Lorca le encargó la escenografía y el vestuario de El caballero de Olmedo; luego, los de El burlador de Sevilla. En La Barraca, se consolidó la amistad del poeta y el pintor.

Federico valoraba mucho a su joven amigo, que le había ayudado a ver la escenografía como una «poesía visual»:

«Las magníficas dotes plásticas de José Caballero y su profunda imaginación poética me hacen esperar el luminoso fruto de un gran pintor andaluz».

También colaboró Caballero en revistas memorables, dentro de nuestra historia literaria: Cruz y Raya, de José Bergamín, y Caballo verde para la poesía, de Pablo Neruda.

Como es bien sabido, la permanente inquietud de Ignacio Sánchez Mejías le hizo volver a los ruedos en 1934, con más de cuarenta años y escasas facultades físicas. Una serie de desgraciadas coincidencias le llevaron a torear en Manzanares, el 13 de agosto: esa tarde, el toro Granadino lo hirió mortalmente.

A Sánchez Mejías lo cantaron sus amigos poetas: Rafael Alberti, Gerardo Diego, Miguel Hernández, José María de Cossío… Y, sobre todos, Federico García Lorca: el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías es, sin duda, el mejor poema fúnebre de la literatura española, junto con las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique.

Profundamente afectado por la muerte de su amigo Ignacio, Federico debió de empezar a escribir el poema en seguida, ese mismo mes de agosto de 1934. El manuscrito del poema, ya concluido, que regaló a José María de Cossío, está fechado en octubre. De enero a marzo de 1935, Cruz y Raya anunció que el poema estaba ya «en prensa».

Decidió Lorca encargarle las ilustraciones del libro a su joven amigo José Caballero. Sabemos que le dio cuidadosas instrucciones. Quiso que, en la cubierta, apareciera un retrato de Ignacio con una orla de flores, frutos, trastos de torear y varios rótulos. Ante todo, varios nombres de ciudades: Sevilla, donde nació Ignacio; Madrid y Méjico, donde triunfó; Pontevedra, donde se retiró por segunda vez; Cádiz, donde reapareció; Manzanares, donde fue herido.

Arriba, junto a un sol y a unos angelitos, la inscripción: «Lo mató un toro de la ganadería de Ayala». Sin duda, quiso evitar el poeta la mención del nombre del toro, que coincidía con su ciudad natal: Granadino.

En la base del retrato, otros angelitos sostienen una cartela: «Lo recogió la Blanca Paloma» (es decir, la Virgen del Rocío). Sustituye a lo que primero había pensado el poeta: «Lo recogió la Venus Tartesia».

No se limitan a ésa las colaboraciones de José Caballero con Federico García Lorca: ya le había encargado el cartel de Yerma. En 1935, también, los figurines y decorados para el estreno de Bodas de sangre, en Barcelona. Y, al año siguiente, estaba previsto que colaborara en el estreno de La casa de Bernarda Alba, que no llegó a realizarse.

En la Fundación José Caballero, he visto una fotografía en las que están los dos, el poeta y el pintor, en una verbena madrileña, con varios amigos: Eduardo Ugarte, codirector de La Barraca; el crítico musical Adolfo Salazar; el torero Pepe Amorós; Rafael R. Rapún, pareja entonces de Federico.

En otras fotografías, aparecen los dos junto a muchas otras figuras del 27: Luis Cernuda, Adriano del Valle, Pepín Bello, Gustavo Pittaluga, Guillermo de Torre, María Teresa León, Santiago Ontañon, Maruja Mallo, Pilar López, Edgar Neville…

También he podido ver allí varios dibujos de Lorca, bastantes textos autógrafos, muchos libros dedicados…

José Caballero nunca logró superar su dolor por el asesinato de Federico. Varios amigos comunes han contado que seguía hablando de su amigo en presente, como si continuara vivo…

Mantuvo siempre la amistad con la familia del poeta. En la posguerra, además, colaboró en varias representaciones, ediciones y homenajes a su gran amigo: durante el franquismo, el montaje de Yerma, en el Festival de Spoleto y en Madrid; el montaje de Bodas de sangre, también en Madrid.

José Caballero sintió toda su vida una gran pasión por la Tauromaquia, desde el punto de vista artístico:

«Mi afición a los toros me parece una cosa de toda la vida. Creo que nací viendo toros, de la misma forma que se me ocurre que nunca aprendí a nadar, que vine al mundo sabiendo hacerlo. La estética de la Fiesta es algo que va conmigo; soy protaurino, con la misma intensidad con que amo el mar».

No me sorprende que, entre sus toreros preferidos, estuvieran diestros de la línea esteticista, como Chicuelo y Cagancho; tampoco, que en 1989 hiciera los grabados para una preciosa edición del libro Al toro, de su gran amigo José Bergamín, que lo definió, con su habitual agudeza, como «banderillero de la pintura»:

«Una especie de enamoramiento del color… La línea le parece fácil a este banderillero de la pintura… Cuando traza un escenario teatral, está realizando sencillamente una escultura y arquitectura admirables».

De joven, incluso, José Caballero llegó a soñar con ser torero. Cuando se lo contó a García Lorca, éste le contestó:

«Tú, como mucho, llegarías a banderillero y te llamarías Pepito Lagarto».

Así le llaman Federico y Alfonso Buñuel (el arquitecto, hermano de Luis, el cineasta), en una postal que se conserva en la Fundación.

En el libro La aventura de la creación, que recoge escritos de José Caballero, se incluyen algunas anécdotas taurinas muy curiosas. Descubrió el mundo de los toros con don Federico, el padre de García Lorca. Le enseñaron los secretos de la lidia el torero Pepe Amorós, que formaba parte de la tertulia de Lorca, y Eduardo Ugarte, un gran aficionado.

Una vez, Lorca quiso que el pintor le acompañara a una corrida a la que había invitado a Luis Buñuel, «que era completamente negado para esto de los toros».

La guerra civil destruyó –según José Caballero– un mundo «de alegría y desenfado». Al concluir, pasó él una etapa muy difícil, llegó a dejar de pintar. Se ganaba la vida entonces creando los decorados de algunas películas y hasta de espectáculos folclóricos de Lola Flores, Concha Piquer, Juanita Reina…

También, daba clases de dibujo y pintura: tuvo fama de ser buen maestro. En su estudio madrileño, enseñó a pintar a no pocos personajes conocidos, aficionados al arte.

Una anécdota curiosa: uno de esos alumnos fue el diestro Antonio Bienvenida. Entre los documentos que se conservan en la Fundación, he podido ver una acuarela, nada realista, que pintó Antonio: sintetiza con alegres manchas de color la imagen de un torero, con el capote. Lleva la fecha y esta dedicatoria:

«A Pepe Caballero, mi gran maestro y mi admirado amigo».

Desde los años cincuenta, había vuelto a pintar: ganó premios, alcanzó reconocimiento internacional en las exposiciones individuales y colectivas; ilustró libros de José Hierro (Quinta del 42) y de Caballero Bonald; conoció a Picasso y a Joan Miró.

Volvió a encontrarse entonces con Rafael Alberti y con Pablo Neruda, sus amigos de juventud. Los dos escribieron textos poéticos, para los catálogos de sus exposiciones.

En Roma, en 1970, Rafael le dedicó un poema nostálgico:

«Un andaluz febril y vagabundo
por espacios perdidos… y, además, otras cosas
que no he podido ver ni puedo todavía
porque vivo muy lejos».

Pablo Neruda le dedicó otro poema, en el que une el afecto personal con lo pictórico. Se titula A José Caballero, desde entonces:

«¿Por qué no veo al pintor terrestre y celestial,
con una mano en la tristeza
y la otra mano, en la luz?
A ése lo veo.
Tal vez más entrado en la tierra,
en el color, en el silencio,
enamorado, anaranjado,
viviendo un sol sobreviviente.
Así es.
A través de él veo la vida
que dejé de ver para nunca».

La obra pictórica de José Caballero es muy amplia. Muestra siempre una permanente inquietud renovadora, al margen de cualquier manierismo académico. Solía decir que le habría gustado saber pintar como Velázquez pero que acabó pintando en la línea de Goya.

Tuvo la fortuna y el mérito de ser amigo de muchos personajes de primera categoría. Todos ellos mantuvieron siempre el gran cariño que por él sentían. Además de estimar su pintura, todos lo querían: por algo sería…

Aunque la obra de José Caballero sea tan amplia, su recuerdo quedará siempre unido a las ilustraciones que hizo, de jovencillo, para la primera edición del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

Gracias a la amistad y a la visión de García Lorca, un joven pintor andaluz de sólo veinte años tuvo la oportunidad de unir su arte a un poema que iba a alcanzar resonancia universal.

A José Caballero le gustaba repetir una preciosa y certera sentencia de su amigo Federico:

«Sólo el misterio nos hace vivir, sólo el misterio».