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16 de julio de 2024

Peluquería y letras de Juan Pablo Villalobos

Portada de «Peluquería y letras» de Juan Pablo VillalobosAnagrama

«Peluquería y letras». Defensa de la literatura feliz

La editorial Anagrama publica Peluquería y letras, la última pirueta narrativa del mexicano Juan Pablo Villalobos

En mi revisión semanal de la newsletter de la editorial Anagrama –os animo a suscribiros, está hecha con mucho gusto– me crucé con el anuncio de Peluquería y letras, la última novela del mexicano Juan Pablo Villalobos (1973), escritor más que consolidado en su catálogo gracias a su escritura de carácter humorístico. Con esta suman ya siete las obras que la editorial barcelonesa ha publicado, otorgándole por No voy a pedirle a nadie que me crea el Premio Herralde de Novela 2016, lo que en lenguaje de la calle se traduce como: este es un escritor de los buenos.

Nota bene: Para diferenciar al Juan Pablo Villalobos autor de Peluquería y letras de su protagonista, que por obra y gracia de la autoficción vienen a ser la misma persona, pasaré a referirme a este último como «el Escribiente». Léase, efectivamente, con tono de Curro Jiménez.

Peluquería y letras de Juan Pablo Villalobos

anagrama / 104 págs.

Peluquería y letras

Juan Pablo Villalobos

En Peluquería y letras, una novela de cien paginitas (me abstengo de referirme a ella como novelita para que nadie se confunda y crea que estamos hablando de una obra menor), Villalobos nos transporta a una jornada de cotidiana felicidad en su familia, una familia tranquilamente corriente. «Éramos felices y comíamos tacos, butifarras y feijoada». Con esta frase encantadora, en la que a mí me gusta leer una revisión dickensiana del mejor y peor de los tiempos, abre la historia y nos anticipa lo que nos vamos a encontrar entre sus páginas. O, mejor dicho, lo que no vamos a encontrar, porque en la novela de Villalobos si algo no hay es un drama, lo que a priori alguien podría entender como un obstáculo a las historias de interés. En lugar de eso, está repleta de humor y situaciones disparatadas, de felicidad y cotidianidad, y, contraviniendo los preceptos de todas las escuelas de escritura, con todos estos ingredientes logra, sin necesidad de recalar en el conflicto, alcanzar con éxito su objetivo narrativo.

El Escribiente se plantea al inicio de la novela si acaso no puede haber una literatura feliz, alejada de las tensiones narrativas y que opere en la abulia de lo cotidiano. Mientras trata de resolver esta duda, se divierte transportando al lector a diversas situaciones que anticipan ese conflicto que nunca llega a estar, o que está pero conseguimos ver solo a medias, logrando a cambio que soltemos alguna que otra carcajada acompañándolo durante ese viaje. Por otro lado, es el día a día de su familia, que insiste en todo momento en mantener su anonimato en la historia, a sabiendas de que el Escribiente-Villalobos va a hacer que acaben en su libro, la piedra angular de esta narración, en tanto que posibilitadores de esa felicidad desinteresada y desinteresante que subyace en el relato.

Continúa el párrafo de apertura del libro afirmando que «éramos tan felices que yo me podía permitir escribirlo desvergonzadamente al inicio de un libro, como si fuera el final». Y aquí no miente Villalobos, porque este libro es un círculo, una esfera, una perla. Empieza con un desayuno familiar y acaba con una cena en familia. Lo que haya pasado entre medias han sido entretenimientos coyunturales y narrativos para finalmente regresar a lo importante, al confort doméstico y sin turbulencias de sus protagonistas. «En la literatura siempre es así, escribes de una cosa aunque en realidad estás hablando de otra», le explica el Escribiente a su adolescente hijo. La magia de la literatura consigue que esta frase, con la que volvemos a cruzarnos al final de la novela —recordemos que esta historia es una perla—, la leamos de manera diferente transcurridas noventa páginas.

Ya nos avisaba la cita que precede a esta historia de que «Nada en este libro es cierto, salvo lo que sí». Y es que Peluquería y letras es un ejercicio de autoficción y metaliteratura donde toman protagonismo toda clase de juegos textuales: cambios bruscos de escena, situaciones inverosímiles pero creíbles y viceversa, alusiones al proceso de escritura y rupturas de la cuarta pared y hasta referencias a la ausencia de comas vocativas (qué divertido fue ese momento en el que pensé que te había pillado, para que luego fueras tú el que inmediatamente apostillaras «me ordenó, enérgico y sin pausa, como si defendiera la ausencia de la coma ante el corrector de estilo»). A este nivel de piruetas textuales, por encima del suelo de la medianía narrativa, bien ejecutadas y absolutamente conscientes, juega esta novela, que de un salto se ha metido en la parcela de obras a recordar a final de este año.

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