Ken Lui recibiendo el premio Hugo en 2017
'Cuanto vemos o parecemos': cuando la inteligencia artificial deja de parecer ficción
La paranoia tecnológica de un thriller demasiado cercano
En un mundo en el que la inteligencia artificial empieza a formar parte de nuestra vida de forma cada vez más intrínseca, separar nuestra existencia de ella resulta prácticamente imposible. Y ahí es donde Cuanto vemos o parecemos deja de verse como algo tan lejano. Se muestra cercano. Incómodamente cercano. Casi como un reflejo deformado de una sociedad que todavía no existe… pero que tampoco resulta tan imposible.
Runas (2026), 466 páginas
Cuanto vemos o parecemos
Una hacker huérfana que fue juzgada por sus delitos informáticos vive completamente apartada de cualquier sistema capaz de recopilar datos sobre ella. Esconde sus pasos. Borra cualquier rastro. Se mantiene lejos de todo aquello que pueda volver a arrastrarla a una vida que intenta dejar atrás a toda costa. Pero entonces entra en escena Piers, un abogado desesperado cuya mujer —una onirofex, una guía de sueños— ha desaparecido sin dejar rastro. Todas las miradas terminan apuntando a él. El marido.
Lo que en un primer momento apunta a un secuestro acaba convirtiéndose en algo mucho más turbio. Mucho más grande. Y aquí la inteligencia artificial no aparece como un simple avance tecnológico ni como un ligero detalle futurista desperdigado entre las páginas. No. Es una extensión de cada persona. Todos dependen de ella. Todos la necesitan. Y ahí es donde se gesta una de las ideas más inquietantes de toda la novela. Porque cuando algo diseñado para ayudarte termina formando parte de tu manera de pensar y de vivir… también acaba alterando tu forma de entender el mundo.
La sensación de vigilancia es constante. Todo observa. Acecha. Cualquier cosa puede servir para registrar, analizar o seguir tus pasos. Y la novela juega continuamente con esa duda incómoda que guía toda la historia: qué parte de lo que vemos pertenece a la realidad y cuál ha sido construida para parecerlo.
A partir de ahí, la investigación emprendida por Piers y Julia se convierte en una carrera contra reloj donde la tecnología juega un papel tanto de salvación como de amenaza. La huida no se detiene. Siempre en busca de pistas. Investigando cualquier detalle. Tirando de los hilos que parecen conducir a algo que ninguno de los dos habría podido imaginar en un primer momento. Mucho más oscuro. Y cuanto más avanzan, más evidente resulta que la desaparición de su mujer es solo la punta del iceberg.
La novela consigue integrar los conceptos relacionados con la informática y la inteligencia artificial de una forma bastante orgánica dentro de la narración. Aunque sí es cierto que algunos términos pueden hacerse algo más densos al principio para quienes no están especialmente familiarizados con este tipo de lenguaje, poco a poco todo termina encontrando su lugar y la lectura se vuelve más sencilla de seguir. Nunca llega a sacarte de la historia, aunque sí requiere cierta atención en algunos tramos más técnicos.
Pero más allá de la tecnología o de la propia investigación, hay algo humano palpitando bajo las páginas. La ética. La moral. La dependencia emocional. La familia encontrada en aquellos que no pertenecen a nuestra propia sangre. La necesidad de conectar con alguien en un mundo donde las relaciones están cada vez más filtradas por pantallas, algoritmos y asistentes capaces de pensar por nosotros.
La tensión se mantiene prácticamente durante toda la lectura. La trama avanza rápido, empujándote constantemente hacia delante, arrastrando esa necesidad inevitable de descubrir qué está ocurriendo bajo ese velo invisible. Además, varios giros consiguen ampliar el trasfondo construido en un inicio. Y ahí es precisamente donde surge una de las preguntas más incómodas de toda la historia: ¿y si lo que vemos no es realmente lo que parece?
Aun así, en el tramo final el camino parece bifurcarse. No rompe estrictamente con lo construido, pero sí cambia la perspectiva por completo. Dando lugar a dos historias que beben de la misma agua.
E incluso con eso, Cuanto vemos o parecemos consigue algo especialmente difícil dentro de la ciencia ficción actual: hacer que el lector termine mirando su propia realidad con cierta incomodidad. Porque lo verdaderamente inquietante no es la inteligencia artificial que plantea la novela. Es darse cuenta de que quizá no estamos tan lejos de ella. Estamos mucho más cerca de esa realidad de lo que probablemente nos gustaría admitir.