Cubierta de 'En la estancia del emperador'
La estancia del emperador y el trono de Caín
Una novela italiana que nos cuenta la vida de Juan Tzimisces, el Macbeth bizantino
Hay momentos en los que te ves obligado a esperar, como cuando tienes que coger un ferry a Split y has llegado con demasiada antelación. Así que no queda más remedio que entrar en una librería y buscar un libro que te acompañe durante unos días al otro lado del Adriático. Así es como descubrí esta novela, En la estancia del emperador, que le valió a su autora, Sonia Aggio, la candidatura al Premio Strega, el galardón literario más importante de Italia. Hoy, gracias a la editorial Alba y a Andrés Barba, que lo han traducido y publicado en castellano, ya no hace falta ni el ferry ni el Adriático para poder leerlo. Aggio nos acompaña a redescubrir un pasado a menudo desconocido incluso para los más apasionados: el Imperio Bizantino del siglo X.
traducción de Andrés Barba
Alba (2026). 296 páginas
En la estancia del emperador
El libro narra la historia de Juan Tzimisces y su ascenso al trono de Constantinopla. Un personaje que, si bien no es precisamente menor —al fin y al cabo, fue basileus—, sí es sin duda secundario y poco tratado, al igual que el periodo en el que vivió. El Siglo de Hierro (s. IX-X) siempre ha sido bastante ignorado por la cultura popular, quizá porque se aleja de las imágenes estereotipadas del pasado o, más probablemente, porque resulta oscuro incluso para la mayoría de los historiadores. Justo en los últimos años, series como Vikings o las últimas temporadas de The Last Kingdom han intentado contarla, pero no Bizancio. Constantinopla sigue siendo un «secreto ambiguo».
Sonia Aggio, por su parte, se arriesga, toma la iniciativa y nos presenta una historia poco conocida. El protagonista no es tan famoso como Justiniano o Manuel Comneno, hasta el punto de parecer casi un personaje de fan fiction, si no fuera porque existió de verdad. Aggio lo convierte en un personaje aparentemente superficial (el soldado que sabe ser soldado y poco más), pero que se ve envuelto en la conspiración para asesinar despiadadamente a las personas más queridas para él, las únicas que lo han amado y lo han convertido en lo que es. El paralelismo con Macbeth es claramente buscado y, diría yo, totalmente logrado.
Además, dentro de los límites de la narrativa novelesca, el tema histórico se trata con respeto y pericia. La división temporal de la narración –que recorre las distintas etapas de la biografía del protagonista– pone de manifiesto la sólida formación de la autora, mientras que el predominio del diálogo sobre la descripción recuerda al guion de una serie de una plataforma de streaming. Los párrafos breves y concisos marcan el ritmo de la lectura, que se vuelve así palpitante. Más que leerla, esta historia se ve.
La autora transmite muy bien esa idea típica de Bizancio como un mundo aparte, «suspendido entre dos mundos y entre dos épocas», estático y eterno. Esa idea que quien estudia el Imperio Romano de Oriente inevitablemente se forma y, siempre inevitablemente, ama. Se nota sobre todo en la escena culminante, cuando Tzimisces se sienta por fin en el trono de los Césares. Agotado, sudoroso, con las manos ensangrentadas, el rostro cubierto de hollín para no ser visto en la oscuridad de las cámaras imperiales. El cuerpo de su predecesor yace en el suelo, con el cráneo destrozado, mientras el nuevo emperador, aún jadeando, se desploma en el trono, deja caer la espada y eleva las palmas hacia el cielo. Casi en contemplación, casi como si recibiera una gracia divina, casi como si esperara una unción sagrada.
La escena siguiente es la de la verdadera coronación, en el Palacio Imperial, con pesadas vestiduras bordadas en oro, joyas, aceites y ungüentos, mirra e incienso. Pero la autora hace que el protagonista viva este segundo momento con tal distanciamiento que la entera escena adquiere los rasgos de una farsa rancia. La verdadera coronación fue la del día anterior, sin letanías ni eunucos postrados, cuando, con las palmas de las manos levantadas y los huesos cansados, Tzimisces perpetuaba la ceremonia más antigua del hombre: el asesinato del hermano. ¿Y qué era el Imperio Romano sino la institución política fundada sobre el homicidio del emperador anterior? En Roma, ni Cristo, ni Constantino pueden otorgar esa legitimidad que solo Caín puede conceder.