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Cubierta de 'Una casa en Sicilia'Gatopardo

‘Una casa en Sicilia’: prefectos desconocidos

Con desconcierto resuelto en sátira, una mujer relata episodios de la convivencia con su familia política, funcionarial y rarita, en la Italia de mediados del siglo XX

Ocurre a veces que autores con una vida larga y una obra no escasa son perfectos desconocidos en países culturalmente cercanos, hasta un momento determinado, después ya de su muerte. Ha sido el caso entre nosotros de Luisa Adorno, seudónimo de Mila Curradi (Pisa, 1921-Roma, 2021), de la que Gatopardo recupera su primera novela. Publicada por primera vez en 1962, L’ultima provincia –título en italiano, de administrativa insipidez para el lector foráneo– es una obra caricaturesca, divertida, sí, pero con la comisura risueña a punto de trocarse en rictus de amargura. Por muy jovialmente que se relate, esta es la historia de una inadaptación. Y, según parece, tiene mucho de autobiográfico.

Traducción de Carlos Gumpert
Gatopardo (2026). 192 páginas

Una casa en Sicilia

Luisa Adorno

A finales de los años cuarenta, la protagonista, narradora en primera persona, una joven maestra católica y comunista –aleación que solo en la Italia del dopoguerra podía no sonar a filfa–, conoce a Cosimo, intelectual desgalichado, compañero de viaje del partido. Se gustan. Deciden casarse. Antes, ella debe conocer a la que será su familia política: Vincenzo Adorno, leal servidor del Estado como prefecto, equivalente a un gobernador civil, y su mujer, Anita Adorno. ¿Cómo son? Raros como ellos solos. Hablan menos de lo imprescindible. Obedecen a tercos rituales y a obsesiones exasperantes. Aquejados ambos de obesidad, sobre todo la mujer, una de las fijaciones del matrimonio es la alimentación saludable, que se concreta en absurdos comistrajos. Filosofía de vida de la prefecta: «El alimento es el bien y las corrientes de aire el mal». ¡Esa puerta abierta! ¡Aquella ventana entornada! Es un recurso satírico muy eficaz acotar el carácter de un personaje al estrecho contorno de su monomanía. Adorno lo emplea con garbo.

Cosimo había crecido con la salud como único objeto de interés por parte de sus padres. Todos los demás aspectos se desatendieron. Como consecuencia, desarrolló un desapego emocional, fruto de «viejas heridas y muros de pudor». La relación del hijo con el prefecto y la prefecta está marcada por un silencio espeso, mórbido, como si tratara con desconocidos, o peor, con conocidos hostiles. La familia no tiene verdadero diálogo. En aquellos primeros sesenta, cuando se escribió el libro, causaba furor en los cines la trilogía de la incomunicación de Antonioni. Algo parece haberse filtrado aquí, aunque el tono bufo de esta novela y lo pimpante de sus escenas corales, cuando se dan, tengan más que ver con las comedias de Monicelli o De Sica. Si antes aludíamos al rictus de amargura, es porque no solo los suegros, tampoco Cosimo le dedica a su mujer un solo gesto, no ya de amor, sino de afecto mínimo. Ni siquiera cuando nace la hija. Todo es desabrimiento y reproche. En estas cuestiones íntimas, seguramente dolorosas, no se ahonda. Quedan insinuadas.

La protagonista tiene difícil encajar en ese ambiente enrarecido, aparte, por otra cuestión, esencial en la novela: es toscana y ellos, sicilianos. La disparidad de procedencias da lugar a malentendidos lingüísticos y a contrastes culturales. El dialecto meridional, reflejado en la traducción unas veces con calcos al español y otras con la reproducción del original y su aclaración inmediata, está presente en casi todas las páginas. Sicilianos son los suegros, pero también su imprescindible criada Concetta, y la parentela que va a visitarlos a la prefectura donde viven una temporada, cerca de los Apeninos (¡las corrientes!, ¡las corrientes!), y lo son también los ancianos padres de Anita, que permanecen en la isla y a los que se visitará hacia el final de la novela. Allí donde están los sicilianos, organizan barahúnda.

Mencionados el aspecto familiar y el regional, que situaría en primer y segundo lugar respectivamente por su peso en trama, como tercero situaría el asunto social y político. Hay un retrato de la Italia del momento, con sus heridas de la guerra aún recientes, y sus tensiones de nuevo cuño. Liquidado el fascismo, aparecen como trasfondo algunos conflictos renacidos, la reforma agraria entre ellos, la excomunión de los comunistas –que pone en un brete a la protagonista de cara a su boda– o la división partidista y la necesidad de adaptarse a las circunstancias congraciándose con el ganador en cada una de las elecciones. Como prefecto, Vincenzo Adorno se ve obligado a elegir entre su conciencia y las incómodas presiones que recibe para satisfacer determinadas sugerencias de colocación o despido. Por muy risible que pueda ser en otros asuntos personales, la trayectoria de este servidor de lo público demuestra su honradez, y eso acabará teniendo consecuencias.

La casa a la que se refiere el título de la edición española está al pie del Etna. Es propiedad de Vincenzo y está rodeada por una hectárea de terreno donde hay frutales y viñedos. Allí es donde quiere retirarse el veterano funcionario, en una actualización sícula y pensionista del beatus ille. No se ha dicho hasta ahora, y es el momento: esta novela tiene una prosa excelente, con destellos de puro genio. Si tuviera que entresacar una sola frase redonda, sería esta: «El olor de los jazmines era tan nítido y preciso que parecía que podíamos oírlo». La autora dijo que en esta obra había puesto mucho de su vida. Con las vidas ajenas es siempre temerario hacer un balance global de felicidad, pero algún momento feliz suelto siempre hay. Lo difícil es apresarlo, como ha hecho aquí Luisa Adorno, en una afortunada, henchida y mareante sinestesia.