Reunión bolchevique con Lenin a la derecha de la imagen
'El mito del comunismo internacional': entre la barricada y el despacho
Un joven historiador entra por la puerta de servicio de la Komintern y descubre que el antifascismo fue también coartada de la obediencia a Moscú
Hay libros que entran en la Historia por la puerta principal, con levita, chistera y una pléyade de notas al pie, y otros que prefieren ingresar por la puerta de servicio para ver qué estaban haciendo los cocineros. El mito del comunismo internacional. Komintern, antifascismo y subversión (1919-1949), publicado por SND Editores, pertenece más bien a esta segunda estirpe. Y no es mala cosa. Porque del comunismo internacional se ha escrito tanto que uno empieza a sospechar que quedaba poco por decir y en esta obra lo dice Álvaro de Grandes (Perú, 1997), que es graduado y máster por el CEU en Historia.
SND Editores (2026). 336 páginas
El mito del comunismo internacional. Komintern, antifascismo y subversión
El periodo escogido tiene su aquel: de 1919 a 1949. Treinta años en los que Europa tuvo tiempo para perpetrar dos guerras civiles europeas que el eurocentrismo convirtió en mundiales, la última de ellas en buena parte responsabilidad de la aparición de la dictadura bolchevique que el autor nos recuerda, en buena hora, no se hizo contra el zar sino contra la república de Kérenski.
En 1919 aparece la Internacional Comunista; mucho antes, Marx ya había roto con Bakunin.
La célebre Komintern, fundada en Moscú con una ambición que no pecaba precisamente de modestia: aquello de que la revolución no debía quedarse en Rusia, sino recorrer el mundo. La revolución mundial era su objetivo. Había comités, delegados, congresos, consignas, agentes, camaradas que viajaban y camaradas que vigilaban a los que viajaban, véase Ninotchka.
Porque una revolución internacional acaba necesitando mucha oficina y genera mucha burocracia. La III Internacional no fue una excepción. Sus tentáculos se extendieron por el mundo entero, aunque el autor pone especial énfasis en la península ibérica, Francia, Italia y Alemania, con referencias a Asia y Estados Unidos y flagrante olvido de Iberoamérica.
La cuestión no está tanto en comprobar que existió una organización comunista internacional. Existió, nos dice el libro. Ni siquiera se puede discutir que Moscú sometiera a los partidos comunistas extranjeros. Lo interesante es determinar hasta dónde llegaba ese ascendente. La Komintern tenía una delegación sumisa en el Partido Comunista de cada país, aunque no el cacareado monopolio del antifascismo, palabra formidable donde las haya. Durante los años treinta servía para juntar bajo una misma pancarta a gentes que, terminada la manifestación, podían perfectamente desde dejar de dirigirse la palabra a liarse a tiros.
Comunistas, socialistas, republicanos, liberales, anarquistas y demócratas de distintas familias combatieron, cada uno a su manera y con desparejada intensidad, el crecimiento de los variados fascismos europeos. Los comunistas quisieron aparentar el protagonismo de un papel hegemónico intentando forzar la identificación de antifascismo y comunismo, ocultando su pacto con el Berlín nacionalsocialista y el reconocimiento temprano de la Unión Soviética por la Italia fascista.
España resulta un magnífico ejemplo. La Guerra Civil convirtió nuestro país en escaparate de medio mundo. Alemanes e italianos apoyaron al bando rebelde; la Unión Soviética ayudó al Frente Popular; llegaron las Brigadas Internacionales y sobre territorio español se cruzaron guerras ensayadas, revoluciones soñadas y temores europeos.
Por eso una de las virtudes que puede encontrar el lector en este libro está precisamente en la provocación intelectual. Obliga a sospechar que hubo poco de espontáneo y mucho de manipulado en el movimiento comunista internacional. Estaban ayunos de idealismo quienes abrazaron la causa bolchevique, y con sobredosis de cálculo geopolítico soviético.
Cuando nos situamos en 1939, se estropean las explicaciones sencillas.
El pacto germano-soviético dejó perplejo a más de un comunista europeo mirando el periódico como quien descubre que su párroco se ha casado. Hitler y Stalin, enemigos en el discurso, firmaban un acuerdo. Dos años después, Alemania rompía la alianza de los totalitarios y EE. UU. multiplicaba su ayuda a Moscú, para desgastar a la poderosa Wehrmacht. La obra menciona la «gran estima» de Roosevelt por Stalin.
Desde 1941, los comunistas buscaron arrogarse un papel destacado en algunos movimientos de resistencia contra la ocupación alemana. Después llegó 1945, cayó el Tercer Reich y Europa descubrió que tras la paz tampoco estaba exactamente la paz. Había nacido la Guerra Fría.
En Francia e Italia los partidos comunistas, obedientes a Moscú, adquirieron enorme importancia. En Europa oriental, mientras tanto, la influencia soviética fue convirtiéndose en sometimiento político. Y aquel comunismo que había fingido liberar a los pueblos terminó estableciendo tiranías en las que disentir era ocupación peligrosa.
Esa es probablemente la gran paradoja que sobrevuela estas tres décadas: el movimiento que simulaba la emancipación acabó justificando nuevas formas de sometimiento, mientras el cacareado antifascismo, nacido como reacción frente a unas dictaduras muy concretas, terminó convertido también en instrumento de legitimación política de la dictadura roja que cubrió Europa y se proyectó a otros continentes, lo que la obra refleja sucintamente en Estados Unidos.
El aparato soviético no era una benéfica sociedad de excursionistas.
Y quizá ahí esté el mérito de libros como este: obligarnos a regresar a una época que conocemos por sus consignas y no por sus contradicciones. Entre 1919 y 1949 hubo espías y propagandistas y hasta unos pocos creyentes sinceros, revolucionarios de café y de bomba. Hubo miedo, oportunismo, valor y fanatismo. Es objetable y añoro en la bibliografía de estas páginas una referencia a los minuciosos volúmenes que Heleno Saña escribió sobre la Internacional Comunista.
Por último, pero no superfluo, la letra de este libro es de tamaño legible y la encuadernación permite abrir el libro sin que se desencuaderne. Mis seis lectores lamentarán mi insistencia en estas cuestiones, pero lo contrario destruye el placer de leer, que no solo es esencia sino también forma.