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Leonardo Torres Quevedo fue el primer español en utilizar la IA en el ajedrez

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'La variante Lüneburg': jaque mate más allá del tablero

Novela de intriga y de entrega devoradora al ajedrez, donde la caída de las piezas deja a veces rastros de sangre

Del italiano Paolo Maurensig (1943-2021) podría decirse que se convirtió en un epígono temprano y tardío de sí mismo. Tardío porque publicó a los cincuenta años su primera novela, La variante Lüneburg. Y temprano porque, ya desde la segunda, Canon inverso, y más con las posteriores, el asombro y el interés que había suscitado decayeron. El Saturno de su estreno literario, muy admirado y traducido –aquí lo sacó Tusquets en los noventa–, acabó devorando no a sus hijos, sino a sus hermanos menores. Altamarea ha hecho bien en sacarlo de la lista de títulos descatalogados.

Cubierta de 'La variante Lüneburg'

Traducción de Carmen Romero. Altamarea (2026). 164 páginas

La variante Lüneburg

Paolo Maurensig

Comienza la novela con la muerte del próspero empresario Dieter Frisch. Hallan su cadáver en el gran tablero de ajedrez formado por losas de mármol que hay dentro del laberinto geométrico de su finca cercana a Viena. Un motivo muy borgeano. Tiene un tiro en la cabeza. Junto al cuerpo está la que fue su pistola reglamentaria, con silenciador. Aficionado voraz y director de una revista especializada, en su mesa de trabajo permanece otro extraño tablero de ajedrez, formado por varios trozos de paño cosidos, con una partida a medias. Las piezas son botones. Esta es la situación a partir de la cual deben reconstruirse los hechos.

El punto quizá más inconsistente de la obra es la elección de un único narrador en primera persona, comprensible a efectos de carga dramática, pero que plantea problemas de perspectiva. Resulta difícil creer –excepto si forzamos la interpretación– que el personaje que nos desgrana todas las acciones conozca, desde su punto de vista limitado, ciertos datos que aparecen en la primera de las dos partes en que se divide la novela. Dicho esto, que no es una minucia, el autor nos sorprende con muchos aciertos.

Por ser fundamental la intriga, muy bien administrada, aludiré a las piezas de este juego, pero sin disponerlas en el tablero, para no mostrar ni insinuar siquiera cómo las mueve Maurensig en su torneo literario. Dos partes, ya se ha dicho, estructuran el relato. La primera transcurre principalmente en un tren que cubre el recorrido Múnich-Viena. Allí alguien cuenta la historia de su vida. Otro personaje rememora la suya en la segunda parte. Quienes entrelazan sus destinos son Dieter Frisch, el cadáver de la primera página, redivivo en virtud de la analepsis, un joven estudiante de Bellas Artes, llamado Hans Mayer, y el enigmático Tabori, cuyo secreto se nos irá revelando poco a poco.

Los tres arden de pasión ajedrecística, que los consume más allá de sus otros quehaceres «en una única llama inextinguible». El propio Maurensig vierte su afición y sus conocimientos en este testimonio de homenaje y aprendizaje, de éxtasis y dolor. Ni siquiera en su obvio antecedente, la Novela de ajedrez de Stefan Zweig, encontramos una sublimación mayor de esta disciplina, que es arte y técnica, pero puede ser además salvación o caída en el abismo. Los sesenta y cuatro escaques constituyen «un mundo para nada limitado y en absoluto inocuo». Las tenebrosas implicaciones de esta obra son la demostración.

Aunque haya referencias a ciertos saberes específicos del ajedrez y a algunos de sus grandes campeones, como Capablanca o Alekhine, no se piense que esta es una novela para especialistas. Está destinada a un lector cualquiera, que disfrutará sufriendo, o viceversa, con los giros de su trama arrebatada, sorprendente y atroz. Buena parte de ella se sitúa en una Viena «espléndida y hostil», de la cual pinta Maurensig unos cuantos ambientes con mano maestra. Y si encuentra las palabras exactas para hacernos los lugares habitables a la imaginación, no menos hábil se muestra en las reflexiones que discurren por vericuetos abstractos. De nuevo con ecos borgeanos, afirma un personaje que «si no estuviéramos obligados a elegir, seríamos inmortales».

En último término, La variante Lüneburg es una trepidación contenida que se va desbordando, un temblor en las fallas de la conciencia humana que se va transmitiendo a las páginas del libro y hace vibrar los renglones. Contemplado y sufrido el mal desde una perplejidad metafísica, se nos cuenta con morosidad inteligente la aplicación de una justicia diferida. Cuando se ha vuelto de ese lugar «donde los vivos parecían los fantasmas de los muertos», las voces de los que quedaron atrás claman en silencio por un jaque mate que vaya más allá del tablero. Solo al terminar la novela, con la ultimísima palabra, que es precisamente «Lüneburg», entiende de verdad el lector, atónito, cómo fue la apertura de esta partida letal.

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