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Reinoud van Mechelen (Jason) y Ana Vieira Leite (Créuse)Teatro Real /Javier del Real

William Christie justifica en el Real su devoción por Charpentier

El coliseo madrileño acoge, con éxito, el estreno de la Medea de Marc-Antoine Charpentier, confiada a los infalibles conjuntos de Les Arts Florissants y un reparto, por una vez, bien conjuntado

Ese gran sabio de la música antigua que es William Christie ha mostrado siempre una singular devoción hacia el compositor francés Marc Antoine Charpentier. De hecho, sus magníficos conjuntos, Les Arts Florissants, con los que acaba de volver a Madrid, ahora al Teatro Real, tras su aún reciente paso por el Centro Nacional para la Difusión de la Música, recibieron su nombre de una de las óperas de este compositor francés, popular incluso entre quienes lo ignoran todo sobre él, pues el preludio de su Te Deum ha acompañado durante décadas, a modo de cabecera, las distintas retransmisiones de los programas que se ofrecen a través de la red conocida como Eurovisión.

Un título justamente rescatado del olvido

Pero en cambio, más allá de su majestuosa sintonía (que cualquiera que peine alguna cana podría tararear), las óperas de este autor no habían tenido nunca demasiado éxito. Sólo el empeño de Nadia Boulanger, la exquisita profesora de Olivier Messiaen y Quincy Jones, y una de las primeras damas en empuñar con éxito la batuta, rescató del olvido, a mediados del siglo pasado, su Medea. Y de ese elocuente chispazo, quizá surgiese el interés del estudioso Christie, siempre dispuesto a bucear en los desvanes en busca de antigüedades valiosas, pero algo apolilladas, merecedoras de una nueva vida. Hasta el punto de que no podría hablarse propiamente de un «Renacimiento Charpentier» (no como los hubo de Rossini o Berlioz), pero sí de que sus obras han comenzado a representarse en varios lugares, cada vez más.

Cyril Costanzo (Créon)Javier del Real/Teatro Real

El afán divulgador del director nacido en Buffalo resulta encomiable, y a él le debemos rescates tan interesantes como esta versión de Medea que ofrece otra vuelta de tuerca a la historia que inspiró a Eurípides, y que en la obra de Charpentier contó como libretista con un hermano del célebre Corneille, de nombre Thomas. Hubiésemos preferido presenciar una producción completa, como la que en París, hace unos meses, ha podido disfrutarse de la mano del casi siempre interesante David MacVicar, con el propio Christie en el foso y el protagonismo de la debutante, allí, Lea Desandre (una de esas jóvenes cantantes sobre las que parece recaer la tarea de volver a ilusionar al público, agitándolo por dentro). Pero en cualquier caso, la espera ha valido la pena.

Una versión que superó los límites de una versión «semistage»

Siempre que se anuncia un espectáculo como «versión de concierto» o «semistage» se juega a la baza de que si, luego, como ha ocurrido esta vez, casi asistimos a una auténtica representación, el público valorará sin duda con mayor interés la propuesta. Aquí la orquesta se encontraba en el foso, y sobre el vacío escenario predominaba el uso del ciclorama, iluminado con efectos dramáticos. Además se improvisó un mínimo vestuario, atemporal, en el que algún elemento de época convivía con esas socorridas gabardinas (aquí útiles por cuanto en la obra se suceden varias tormentas) que los directores de escena suelen emplear de modo simbólico para explicarnos que los celos, las envidias, el deseo, la fragilidad del amor o las luchas por el poder son asuntos que han marcado las existencias de las personas, tanto en tiempos de Amancio Ortega como en los de Esquilo.

Marc Mauillon (Oronte), Ana Vieira Leite (Créuse) y Reinoud van Mechelen (Jason)Javier del Real/Teatro Real

Súmese a todo lo anterior que la frecuente colaboradora de Christie, Marie Lambert-Le Bihan, asumía la «coordinación escénica» según el programa, añadiendo a lo anterior una básica, pero a su modo efectiva, dirección de actores, y el resultado es una puesta en escena no mucho peor, incluso a veces más adecuada, que muchas de esas anunciadas a bombo y platillo, para luego terminar en predecibles fiascos de recursos dilapidados. Puede que el arranque resulte algo monótono y gris (el texto, con su exceso de almíbar, aquí no ayuda), pero sobre todo a partir del tercer acto, cuando se desencadena fatalmente el drama, la propuesta cobra un renovado interés. Desde luego, mucho más que si los cantantes, todos magníficos actores, se limitaran a ceñirse a sus partituras, sin la menor implicación escénica, como ocurre en tantos conciertos.

La «Fanny Ardant» de la ópera resultó cautivadora, como siempre

No ha sido mala opción, ni mucho menos, contar ahora, en Madrid, con una artista de regia presencia, a veces algo distante y estatuaria, la Fanny Ardant de la ópera, esa Veronique Gens perteneciente a la raza ejemplar de «cantante músico», y que por tanto puede abordarlo casi todo, con su sensibilidad, recursos técnicos y refinada cultura. Su Medea, esencialmente aristocrática, incluso cuando se propone no serlo, cultiva hasta cierta ironía, y sus tremendas venganzas cobran vida como el fruto de una mente privilegiada, más que enferma, dispuesta a castigar con saña a quienes han desdeñado su grandeza. Frente al más común desgarro, ella se muestra algo más distanciada, oponiendo la virtud de una inteligencia llevada al límite de sus capacidades como único mecanismo de respuesta frente a las vilezas de quienes prefieren despreciar sus capacidades y poderes para apartarla de sus caminos, cuando ya no les sirve: ni resulta útil para los enredos de la política ni en el lecho se pueden avivar más las llamas de antiguas pasiones.

Reinoud van Mechelen (Jason) y Ana Vieira Leite (Créuse)Javier del Real/Teatro Real

Ya en su, aún hoy, valioso Diccionario de música, Jean-Jacques Rousseau, figura clave del pensamiento moderno, se refiere a la preponderancia del recitativo en la ópera francesa, «donde las expresiones, los sentimientos, las ideas varían a cada instante», dando lugar a veces a audaces modulaciones, capaces de transmitir el torbellino interno, la complejidad que viven los personajes, mejor que en las arias, aunque estas resulten más agradables al oído que busca solazarse en la belleza de las melodías, menos contrastadas.

Y en esta obra, lo que prevalece en una alta cantidad frente a la pura expansión lírica es eso mismo, el recitativo, donde, como bien sugería el tenor catalán Emilio Vendrell, el cantante «nos demostrará si sabe cantar bien». Sostener la tensión de una obra que desplaza casi todo su interés dramático hacia la plasticidad con la que se exprese esa suerte de discurso recitado, «declamación en música» lo llamaba el autor de El contrato social, no resulta nunca fácil y requiere de intérpretes flexibles, de depurado fraseo, adecuados a tal requerimiento.

Ana Vieira Leite, la joven soprano portuguesa en imparable ascenso

Más allá de la citada Veronique Gens, el reparto elegido por Christie resulta ejemplar en su labor de conjunto. No podemos mencionarlos a todos, pero conviene descubrirse, sobre todo, ante el talento y empuje de otra joven que viene pisando muy fuerte, la soprano portuguesa Ana Vieira Leite, que aúna a la delicadeza de la expresión una extraordinaria musicalidad e imaginativo control de sus medios para adecuarlos a cada instante. También acreditaron un excelente nivel, además, el Jasón de Reinou van Mechelen y la Nerine de Emmanuelle de Negri (el paupérrimo programa de mano, indigno de uno de los coliseos con mayores recursos de Europa, no aportaba información sobre el reparto ni una nota acerca de la obra).

Sobre Les Arts Florissants se agotaron hace tiempo todos los elogios

Sobre Les Arts Florissants, afortunadamente asiduos de las programaciones españolas (aún recordamos su espléndida Parténope de 2021, con el brillante contratenor español Alberto Miguélez Rouco en aquel cartel), se agotaron hace tiempo todos los elogios. Al ofrecerse sin ballet, las danzas se interpretan aquí a modo de interludios, entre los que se halla la mejor música, la más expresiva y variada de esta obra, ensalzada por un conjunto dúctil, entregado al gesto vivificante de su demiurgo y entusiasta como pocos (había que verles vitorear desde el foso a los cantantes en los saludos finales, cuando el resto de músicos de las orquestas suelen huir, justo aprovechando ese instante). Lo mismo que el coro, empastado, poderoso, expresivo…

William Christie (director musical) y Les Arts FlorissantsJavier del Real/Teatro Real

Christie se ha anotado un nuevo éxito, como reconocieron con cálidas y reiteradas ovaciones los espectadores que aún permanecieron en el teatro hasta el desenlace: hubo notorias deserciones durante el descanso, y grandes huecos desde el inicio. Las recetas de Charpentier pueden resultar, en principio, demasiado sofisticadas; pero merecen degustarse con paciencia, serenidad y atención si las sirve un cocinero como el director norteamericano. Aunque los elevados precios del Real, a veces incluso superiores a los de los grandes templos de la gastronomía capitalina, no sean los más propicios para aventurarse a paladear sabores desconocidos.