La final de nuestras vidas: la segunda estrella de España o la turra incansable de los argentinos
Nunca se enfrentaron en la final del Mundial el primero y el segundo del ranking FIFA. Si se gana, la selección reinará en el mundo 16 años después. Si se pierde, Argentina no lo olvidará jamás
España y Argentina pelearán por la Copa del Mundo este domingo
Luis Aragonés cambió el chip de los españoles y enseñó que el tope no tenía por qué estar en los cuartos de final de los grandes torneos. Aquellos penaltis contra Italia en 2008 cambiaron el devenir de la selección, que se empezó a sentir importante y cosechó los éxitos que llegarían en los años posteriores. Por eso en días como hoy es complicado no acordarse del Sabio de Hortaleza, porque era el primero que sostenía que del subcampeón no se acuerda nadie y que en el fútbol lo único importante es «ganar, ganar, ganar y volver a ganar».
En Nueva Jersey no hay opción para otra cosa. Por primera vez, se enfrentan en la final de una Copa del Mundo el primer y el segundo clasificado del ranking mundial. Se cruzan España y Argentina y por fin se disputará la ansiada «Finalísima», el torneo que se inventó la FIFA para sacar dinero y la AFA rechazó jugarlo tras su suspensión por la guerra de Irán. Está en juego un Mundial, pero también muchas otras cosas. Si gana España, bordará la segunda estrella en su camiseta. Si pierde, aguantará de por vida la matraca de los argentinos de que ganaron este partido.
España y Argentina llegan empatadas en todo. Incluso en los enfrentamientos anteriores: seis victorias para cada una y dos empates. Siempre en amistosos, salvo la vez que se cruzaron en el Mundial de Chile en 1962, con victoria para la Albiceleste. La última vez que se vieron las caras, en el Metropolitano, es de buen recuerdo para la selección española, que le endosó a Argentina un contundente 6-1 para el recuerdo, con un Isco imperial que anotó tres goles. Han pasado ocho años desde entonces.
Las dos selecciones llegan como vigentes campeonas continentales y con un bagaje parecido en cuanto a números en el Mundial, pero muy diferente en sensaciones y estilo de juego. Mientras Argentina basa su juego en la inspiración de Leo Messi, España ha logrado conjugar un fútbol coral en el que las estrellas no destacan y se suman a la causa. Lo más parecido a una en la selección nacional podría ser Lamine Yamal, que lleva un torneo bastante discreto y no ha pesado en absoluto en el equipo. Prima el trabajo de grupo.
España ha ido pasando rondas amparándose en su defensa. Un portero criticado, y sobre el que pesaba un debate en relación con si era el indicado o si debía ser relegado al banquillo, ha terminado convirtiéndose en el cancerbero que más minutos ha pasado sin recibir un gol en la historia de los Mundiales. Había dudas también sobre la pareja de centrales y tanto Cubarsí como Laporte han cumplido con creces. Al igual que los laterales, con un Pedro Porro y un Cucurella en un estado de forma excepcional.
Era eso principalmente lo que se le achacaba a Luis de la Fuente cuando diseñó la convocatoria para el Mundial. El seleccionador había llamado a demasiados futbolistas lesionados o recién salidos de lesión, por lo que su estado de forma no parecía el indicado para afrontar una Copa del Mundo. El tiempo no le ha quitado la razón a los que lo pensaban, pero tampoco ha dejado en evidencia al técnico, ya que los que viajaron a Estados Unidos han demostrado que no lo hacían por casualidad.
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La clara evolución del equipo se personifica en Rodri. El jugador del City, único Balón de Oro del equipo español, sembró las dudas tras el debut de España ante Cabo Verde, pero fue creciendo conforme pasaban los partidos y el equipo lo hizo con él. De ser cambiado porque no funcionaba el centro del campo a convertirse en capitán general y marcar el ritmo de los partidos. Se acabó jugando a lo que quería Rodri. Se corría cuando él quería y se frenaba cuando necesitaba un respiro. El pulmón de España.
El ataque tuvo como referencia la figura de Oyarzabal. El de la Real parece tocado por una varita cuando se enfunda la camiseta de la selección y su racha de goles y asistencias en los últimos partidos abruma a cualquier rival. Es en él en quien se deben fijar los centrales argentinos. Lisandro Martínez y el Cuti Romero tienen buena parte de la culpa de que Argentina haya llegado hasta la final, ya que son casi los únicos que han estado al mismo nivel que Messi en el torneo.
Argentina: Messi y el VAR
La Albiceleste es Messi acompañado de unos cuantos amigos, lo que tiene su parte buena y su parte complicada de afrontar, sobre todo para un entrenador. Contar con uno de los mejores del mundo permite sacar los partidos adelante con dos destellos de calidad del 10, pero obliga a que se juegue al ritmo de un futbolista de 39 años. Y Scaloni nunca retirará a Messi del césped sin su beneplácito, por mucho que el partido necesite otra cosa.
En defensa del técnico, hay que decir que hasta ahora no le ha hecho falta a Argentina jugar a otro ritmo que no fuera el de Messi. Aunque ha sufrido más de lo esperado, los rivales de la Albiceleste hasta semifinales no han sido de gran entidad y se notó la diferencia de calidad cuando llegaron los momentos de tensión. Y cuando no, llegó el VAR.
Ha sido el otro gran protagonista del camino de Argentina hasta la final, con tres actuaciones que habrían marcado otro devenir en el torneo. Una por omisión, cuando el videoarbitraje no quiso expulsar a Messi en el primer partido del Mundial por un pisotón claro en el gemelo de un jugador argelino. Muy diferente habría sido todo de no haber contado con la estrella del equipo en ese partido y en los que hubiera estado sancionado. O quizás que el 10 hubiera recibido el perdón de Balogun.
Las otras dos actuaciones del VAR fueron incluso más llamativas, por el momento en el que se produjeron y porque supusieron la eliminación de Egipto y de Suiza. Un gol anulado a los faraones por un pequeño pisotón 15 o 20 segundos antes propició el pase a cuartos de final. Y una polémica intromisión por confusión de identidad para dejar a los helvéticos con diez jugadores con el partido empatado abrió el camino hasta semifinales.
Las intervenciones del VAR no han hecho más que avivar la teoría de la conspiración de que Infantino quiere que Messi gane su segundo Mundial. Si Qatar se convirtió en un concurso de penaltis para Argentina, Estados Unidos fue un camino de rosas allanado para el lucimiento del 10. Y lo aprovechó, porque ya es el máximo goleador de la historia de los Mundiales. Ahora aspira a su segunda estrella, algo que ya solo puede evitar España... si el árbitro lo permite.
Nunca antes en la final de un Mundial se habló tanto del colegiado. Y se hace porque resultará clave cómo dirija el partido y si permite el juego brusco, al límite de la legalidad, que emplearon los argentinos ante Inglaterra. Se espera que su estrategia sea idéntica en la final y que traten de desquiciar a los españoles. Es su forma de jugar. En Argentina lo llaman cancherismo. En el resto del mundo, se llaman faltas. Y habrá que ver si las pitan.