Ilustración de Luis de la Fuente
El Perfil
Luis de la Fuente, o cómo convertirse en líder sin ego ni CIS
Es acreedor de que media España le pida perdón, porque, por envidia y desconocimiento, le negaron el pan y la sal cuando empezó a dirigir a la absoluta
Ya estamos en Haro, que se ven las luces: las de Luis de la Fuente. Si José Félix Tezanos incluyera en su CIS precalentado a Luis de la Fuente Castillo (Haro, La Rioja, 65 años recién cumplidos), probablemente el seleccionador daría el sorpasso a todos los políticos del Parlamento. Acogiéndonos a la jerga que gusta al míster, «golearía» a nuestros crispadores de cabecera. Y con seguridad obtendría las mejores valoraciones precisamente porque se parece mucho a la gente corriente y poco a los destilados del régimen: trabaja con humildad, tiene los pies en el suelo, le gusta dirigir a un equipo que rema hacia el mismo destino sin ahondar en las divisiones, y es acreedor de que media España le pida perdón, porque, por envidia y desconocimiento, le negaron el pan y la sal cuando empezó a dirigir la absoluta. Hasta su biografía parece un remedo de la de tantos españoles: comenzó desde abajo, como jugador del Haro Deportivo, y con apenas 16 años le fichó el Athletic, colores con los que debutó en Primera División en 1981; después llegaría el Sevilla y el Deportivo Alavés, conjunto con el que colgó sus botas en 1994. Otra concomitancia con tantos ciudadanos de a pie: cuando ya peinaba canas, estuvo a punto de ingresar en paro indefinidamente. Le salvó concurrir a una oferta de trabajo de la Federación. De la Fuente no se afilió a ningunas Juventudes para asegurarse una nómina pública hasta la jubilación. Ni siquiera debutó como jugador en el primer equipo nacional ni dirigió banquillos de muchos millones de euros. Pico y pala fue su lema.
Es creyente, amante de la música de Julio Iglesias, defensor del esfuerzo y los méritos para llegar lejos en la vida, de buscar la excelencia en el trabajo y poco dado a consumir discursos woke ni políticamente correctos. Hijo de Alberto de la Fuente, marino mercante, y Berta Castillo, propietaria de una mercería en su Haro natal –negocio que heredó la hermana de Luis, Ana–, hoy su familia puede presumir de que el estadio de fútbol del pueblo lleva el nombre «del niño» y, ojalá que desde esta noche y con permiso de Argentina, sus vecinos puedan empapelar con su foto los rincones donde jugó de pequeño. Aunque él no sea de lucir palmito, sino de ir a pedir un empujoncito a la Virgen de la Vega de Haro, un día antes de los partidos. Confiesa que siempre lo hace y suele poner unas velas por su equipo.
Se estrenó en la selección en marzo de 2022 frente a Noruega en la Liga de Naciones, como recambio de Luis Enrique, tras acabar el Mundial de ese año. Ganó y puso fin a la decadencia que invadía a «la Roja». Luego vendría la Eurocopa de hace dos años, que volvió a resucitar a esa España muerta desde la primera estrella bordada en Sudáfrica, esa España que nunca discute cuando juega la selección. Frente a ella, unida y compacta, braman políticos que solo salen de su insustancial humanidad cuando esa nación no es una, sino muchas y a tortas: como le gusta a Pedro Sánchez, a Óscar Puente o a Imanol Pradales y Aitor Esteban. Estos últimos quieren una «selección nacional de Euskadi». Porque se la merecen, acaban de manifestar los prohombres de la boina. Seguro que en privado Imanol y Aitor verán hoy el partido y, cuando enfoquen a Sánchez en el palco del MetLife Stadium de Nueva Jersey, pensarán: «Recuerda, Pedro, que eres mortal, y nos debes estos últimos Falcon que te estás gozando».
Pero hasta un seleccionador como este, que huye de la controversia y la furia política, no pudo evitar ser pasto y víctima de los discursos divisorios. De hecho, la prensa que vitorea a Pedro le lapidó por el incondicional apoyo que brindó a Luis Rubiales. Que aplaudiera al presidente que le fichó, en aquella intervención en la que el exmandatario de la RFEF aseguró que «no voy a dimitir», tras su inaceptable comportamiento en un palco, junto a la Reina, y la polémica por el beso a Jenni Hermoso, le costó ser casi cancelado. El equipo sincronizado le tuvo en el punto de mira y, afortunadamente, no logró defenestrarlo. Los mismos que lo intentaron con denuedo son los que hoy festejan sus aciertos en el vestuario y en el campo.
Casado y padre de tres hijos, De la Fuente ya tiene a uno de ellos, el que lleva el mismo nombre de su abuelo, trabajando en la selección como técnico asistente. Frente a los pseudoliderazgos de políticos que copian tesis, con esposas que consiguen por vía marital cátedras, o hermanos a los que les fabrican un puesto a su gusto; frente a autoproclamados referentes morales que dicen que cuentan nubes, pero lo que cuentan son esmeraldas, este riojano no quiere foco, y si lo tiene, lo redirige a sus jugadores, a los que ha enseñado a poner el talento individual al servicio del equipo. En honor al maestro Azagra, recordemos la célebre sentencia del profesor de teología Luccock: «Nadie puede silbar una sinfonía. Se necesita una orquesta para tocarla».