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Oportunidad perdida: la sombra de los lobbies se alarga sobre el Congreso

Al tumbar esta normativa, España no solo pierde la ocasión de situarse al nivel de exigencia de sus socios comunitarios, sino que pone en peligro compromisos internacionales y fondos clave vinculados a la transparencia y la buena gobernanza

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión de control al Gobierno.EP

La derogación la pasada semana en el Congreso de los Diputados del Real Decreto-ley destinado a regular la actividad de los grupos de interés –conocidos internacionalmente como lobbies– constituye un cierto retroceso para la calidad democrática e institucional en España. Lo acaecido en el Pleno de la Cámara Baja no representa únicamente la caída de una norma más dentro del convulso juego parlamentario, sino la pérdida de una oportunidad para dotar de luz, orden y reglas de juego claras a una actividad que, bien entendida y adecuadamente encauzada, resulta plenamente legítima y cotidiana en cualquier democracia moderna.

Durante décadas, la vida pública española ha convivido con una incómoda anomalía: la opacidad en las relaciones entre las instituciones gubernamentales y los diversos grupos de presión económica, corporativa y social. La capacidad para influir en la redacción de una ley, en la tramitación de un decreto o en la orientación de una inversión pública ha respondido durante demasiado tiempo a dinámicas informales, agendas cruzadas y contactos discretos. Operar en la penumbra de los despachos oficiales no solo vulnera el principio básico de transparencia que exige una sociedad madura, sino que pervierte la equidad fundamental al otorgar una ventaja desproporcionada a aquellos actores que poseen la capacidad económica o relacional suficiente para hacerse oír al margen del escrutinio público.

El Laberinto de las Excusas Normativas

Ciertamente, el texto normativo presentado por el Ejecutivo no carecía de deficiencias. Las críticas dirigidas contra el uso reiterado del Real Decreto-ley para regular materias de profundo calado institucional, las dudas planteadas sobre el encaje registral de sindicatos y patronales, o los temores a un exceso de burocratización que pudiera entorpecer el diálogo con el tejido asociativo eran argumentos legítimos y debatibles. Sin embargo, en lugar de aprovechar el trámite parlamentario para enmendar, perfeccionar y consolidar una arquitectura legal indispensable, la votación parlamentaria optó por el camino del rechazo radical, devolviendo a España a la casilla de salida y profundizando la distancia respecto a las mejores prácticas de la Unión Europea. Más aún, si se considera que en otros países, tanto o menos desarrollados que este, ya se cuenta con esquemas normativos que lejos de ser perfectos, contribuyen a regular situaciones complejas como son el tráfico de influencias y las presiones indebidas.

La paradoja resulta hiriente. Mientras el debate parlamentario se enredaba en reproches tácticos, excusas procedimentales y recelos cruzados, la realidad de fondo sugiere que los verdaderos beneficiarios de esta derogación son, precisamente, aquellos actores que prefieren mantener la desregulación. Parece imperar, entre algunos, la consigna de que cuanto menos se sepa, mejor. Bajo el pretexto de defender la pureza formal o evitar sesgos ideológicos, se termina consolidando el statu quo: un escenario donde los grupos de presión operan sin un Registro Previo obligatorio de Grupos de Interés, sin la exigencia de publicar su «huella normativa» y sin la obligación de rendir cuentas sobre las reuniones, documentos y viajes compartidos con altos cargos de la Administración.

Desmitificando el Lobbying

Es imprescindible desmontar la premisa engañosa de que regular la actividad de los lobbies equivale a criminalizar el diálogo institucional o restringir el derecho de petición ciudadana. Todo lo contrario: el lobbying profesional y legítimo es un pilar indispensable de las democracias representativas. Las autoridades y los legisladores necesitan conocer las posturas, análisis técnicos y demandas del tejido productivo, las organizaciones profesionales y la sociedad civil para elaborar normas rigurosas y adaptadas a la realidad. Lo que la regulación busca –y lo que la falta de ella impide– no es prohibir esa interlocución, sino erradicar el tráfico de influencias desleal, nivelar el terreno de juego para las pequeñas organizaciones y garantizar que el interés general no quede supeditado a la presión opaca de unos pocos.

Al tumbar esta normativa, España no solo pierde la ocasión de situarse al nivel de exigencia de sus socios comunitarios, sino que pone en peligro compromisos internacionales y fondos clave vinculados a la transparencia y la buena gobernanza. La lección que deja este traspié es amarga: se buscan pretextos para posponer indefinidamente lo evidente. Encender las luces en los pasillos del poder es la única garantía para dignificar la representación de intereses. Mantener los focos apagados solo sirve para prolongar las sombras.