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El ciudadano contemporáneo participa más que nunca en la vida públicaEl Debate / Asistido mediante IA

El Estado moderno ha logrado una proeza que muchos gobiernos del pasado solo pudieron imaginar: convertir al ciudadano en espectador de su propia vida pública. Participa, sí; vota, sí; opina, sí. Pero rara vez comprende la estructura fiscal que sostiene al poder, ni los mecanismos que determinan su carga, ni las decisiones que condicionan su futuro económico. La democracia le ofrece voz; la fiscalidad, silencio.

Diversos estudios lo confirman. Según Eurostat, los impuestos indirectos representan entre el 30 % y el 35 % de la recaudación total en la Unión Europea, pero son los menos comprendidos por la población. En España, encuestas del CIS muestran que más del 60 % de los ciudadanos no sabe cuánto paga realmente en impuestos indirectos, y que la mayoría subestima el impacto fiscal de la inflación, pese a que esta incrementa automáticamente la recaudación del IVA sin necesidad de subir tipos.

La desconexión entre lo que el ciudadano paga y lo que recibe ha alcanzado un grado de perfección admirable. El ciudadano cree decidir, pero no decide sobre lo esencial: el coste real del Estado, la distribución de la carga fiscal, la sostenibilidad de la deuda, la erosión de su poder adquisitivo. La democracia le da la palabra; la fiscalidad le quita el contexto.

La ilusión de la participación política

El ciudadano contemporáneo participa más que nunca en la vida pública. Firma peticiones, comenta en redes, vota en elecciones, asiste a debates, comparte opiniones. Cree influir.

Pero esta participación es, en gran medida, una participación ilusoria. El ciudadano interviene en la superficie del sistema, no en su estructura. Opina sobre políticas visibles, pero no sobre los mecanismos invisibles que las financian.

El ciudadano se siente poderoso sin asumir responsabilidad. El Estado se siente legitimado sin rendir cuentas

La OCDE ha señalado que, aunque la participación política subjetiva ha aumentado, la participación en procesos de control fiscal o presupuestario es prácticamente nula. La ilusión de la participación convierte al ciudadano en actor emocional, pero no en actor decisivo.

La desconexión entre voto y coste

La democracia moderna permite que el ciudadano vote por políticas cuyo coste no percibe. Puede exigir más gasto sin exigir más impuestos. Puede reclamar derechos sin asumir obligaciones. Puede apoyar programas que se financian con deuda que pagarán otros.

En España, la deuda pública supera el 110 % del PIB, y sin embargo la mayoría de los ciudadanos desconoce cómo se financia, quién la paga y qué compromisos futuros implica. Esta desconexión es políticamente útil: el ciudadano se siente poderoso sin asumir responsabilidad. El Estado se siente legitimado sin rendir cuentas.

La ilusión democrática consiste en creer que decidir es lo mismo que comprender.

La fiscalidad como zona opaca

Mientras el debate público se centra en cuestiones visibles –ideología, valores, identidades, discursos– la fiscalidad permanece en la penumbra. Los impuestos indirectos, la inflación, la deuda, los recargos automáticos y las tasas fragmentadas operan sin escrutinio.

La inflación es el ejemplo perfecto: con precios creciendo en torno al 5 %, la recaudación por IVA aumenta automáticamente en miles de millones sin necesidad de aprobar ninguna subida fiscal. Es un impuesto silencioso, automático, políticamente cómodo.

La ilusión fiscal convierte al contribuyente en espectador de su propia carga.

La ausencia de decisión y control sobre el gasto público

Si el ciudadano no comprende la fiscalidad, menos aún decide sobre el gasto público. La arquitectura presupuestaria del Estado moderno está diseñada para ser técnicamente inaccesible, políticamente difusa y democráticamente distante.

El Presupuesto General del Estado español supera las 4.000 páginas, y menos del 15 % de los ciudadanos afirma entenderlo, según estudios europeos. El ciudadano vota programas, pero no partidas; elige representantes, pero no prioridades; expresa deseos, pero no distribuye recursos.

El presupuesto –ese documento que determina qué se financia, qué se posterga y qué se sacrifica– no es objeto de deliberación ciudadana real. Es elaborado por técnicos, negociado por partidos, modificado por intereses y aprobado por mayorías que rara vez explican su contenido. El ciudadano, reducido a espectador, solo conoce el gasto cuando ya está ejecutado.

La falta de control es doble: no controla el origen de los recursos, porque la fiscalidad es opaca; y no controla su destino, porque el gasto es inaccesible.

La narrativa del bienestar

El Estado moderno ha aprendido a presentar sus políticas fiscales como políticas de bienestar. No recauda: «redistribuye». No gasta: «invierte». No endeuda: «protege». No ajusta: «moderniza».

El ciudadano, seducido por esta narrativa, acepta sacrificios que no percibe como tales. Y así, la democracia se convierte en un teatro donde el poder se legitima mediante palabras, no mediante transparencia.

La comodidad del espectador

El ciudadano espectador no es solo víctima de la ilusión: es también su cómplice. La complejidad fiscal le incomoda. La contabilidad pública le aburre. La sostenibilidad presupuestaria le parece un asunto técnico.

No se trata de negar el valor de la democracia. Se trata de recordar que una democracia sin comprensión fiscal es una democracia incompleta

Prefiere delegar. Prefiere confiar. Prefiere no mirar. El Estado, agradecido, se encarga de que no tenga que hacerlo.

Por qué es necesario desvelar la ilusión

No se trata de negar el valor de la democracia. Se trata de recordar que una democracia sin comprensión fiscal es una democracia incompleta. Y que un ciudadano que participa sin entender no solo delega su poder: lo entrega, sin saberlo, a estructuras cuya motivación desconoce. Puede quedar en manos de quienes entienden, sí, pero también de quienes no quieren entender, o de quienes entienden demasiado bien cómo aprovechar la opacidad para servir a intereses que no son los del bien común. Un ciudadano que ignora la lógica fiscal no sabe a quién está cediendo su soberanía, ni con qué propósito.

Para avanzar hacia una democracia fiscal real es imprescindible introducir una educación fiscal básica en secundaria y bachillerato que enseñe impuestos, inflación, deuda y presupuestos como herramientas de ciudadanía, acompañada de una transparencia radical del presupuesto mediante versiones simplificadas, simuladores públicos e informes accesibles. También sería útil implantar un etiquetado fiscal en los precios, como en algunos países nórdicos, para que cada compra muestre la carga impositiva que contiene. Finalmente, la comunicación institucional debe abandonar la retórica eufemística y explicar con claridad qué cuesta cada política, quién la paga y qué se sacrifica para financiarla.

La ilusión democrática consiste en creer que votar es suficiente. La realidad fiscal exige algo más: conocer, comprender, exigir.

Solo entonces la persona dejará de ser espectador y recuperará su papel legítimo: el de auténtico ciudadano.