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Los datos del informe PISA ponen de manifiesto, cada vez más, que el sistema educativo falla en España. Ello ha sido causado por un deterioro constante del mismo, rebajando en las leyes la calidad de la educación; haciendo que los alumnos pasasen de curso con varios suspensos; fomentando un igualitarismo por abajo que destruye la formación; inflando las notas de manera artificial; eliminando dureza de las materias; y quitando autoridad a los profesores de colegios e institutos, al tiempo que la selección de los mismos, en muchos casos, deja bastante que desear, ya que llegan a impartir clase, en ocasiones, profesores que en sus exámenes de oposición han tenido faltas de ortografía.

Con ese nivel ínfimo en los colegios, que es el que se plasma en los resultados de PISA –donde Castilla y León y Madrid se comportan mejor– las universidades reciben alumnos peor formados y, en muchas ocasiones, tienen la tentación de rebajar la exigencia de las materias o intentando dulcificar lo que es la enseñanza universitaria, que ha de ser dura y exigente, no de color de rosa y de planteamientos heterodoxos en el ámbito universitario. Teníamos una de las mejores formaciones universitarias del mundo, antes de Bolonia –más allá de las clasificaciones de universidades, donde prima la publicación de investigaciones, donde siempre ha flojeado la universidad española, pero no en la enseñanza, que era magnífica– y con el mencionado sistema de Bolonia se ha reducido la carga de las carreras, han proliferado títulos que antes no eran más que una especialidad de otra carrera, y se ha rebajado la exigencia y los temarios. Si a ello se le une la imposición de algunos pedagogos con sus metodologías singulares, el resultado es negativo.

Hay que rectificar y volver, desde el primer curso del colegio hasta el último de la universidad, a la dureza, a la exigencia, al sacrificio, porque hay que recordar la importancia que tiene la educación. Sin duda alguna, tanto desde el punto de vista individual como desde el de una sociedad, no hay mejor inversión que la que se hace en educación, pues mejorar la formación de los estudiantes es la base de una mayor capacitación de los mismos, que permitirá contar con mejores profesionales en el medio plazo y, así, incrementar la prosperidad.

Esa inversión en educación tiene que sostenerse en, al menos, tres pilares: importante financiación a los buenos estudiantes sin recursos, inculcar la máxima de que no hay éxito sin esfuerzo y sacrificio, y grabar en los estudiantes una forma de proceder que se base en el honor y el respeto.

Pues bien, la política educativa del Gobierno de la nación no respeta ninguno de estos tres principios, ni en la parte no universitaria ni en la universitaria; al contrario, los destierra y sustituye por postulados antagónicos.

Debe haber menos becas pero mucho mejores, para quienes realmente las necesitan y acreditan ser académicamente merecedores de las mismas. Debe quedar claro que no hay éxito sin esfuerzo y sacrificio, pues con su política de poder pasar de curso con varias suspensas durante la época escolar o, incluso, llegar a obtener el título de Bachiller con alguna asignatura suspensa, da a entender que todo se puede conseguir sin más, sin estudiar, sin esforzarse. Eso lanza una muy mala señal para los estudiantes en cuanto a su formación como personas adultas y profesionales del futuro. Además, el honor y el respeto tampoco se ven fomentados con la política educativa actual, pues si se propone ahora que un alumno no pierda una beca en caso de que haya copiado, por ejemplo, o no se mantiene la necesaria obligatoriedad de respetar los bienes que las universidades ponen a disposición de los estudiantes, ¿qué mensaje se enviará a los jóvenes, que se están formando como profesionales y como personas? Muy negativa, sin duda, que derivará en lamentables resultados.

Al actual Gobierno, realmente, solo le preocupa atacar a la enseñanza privada, cuando no se da cuenta de que, dentro del problema de la educación, el principal problema se da en los centros públicos, cuando hasta hace pocas décadas las universidades públicas eran las mejores con diferencia. Todo eso, lo ha destrozado la política buenista seguida en educación.

No es cuestión de más dinero, sino de unos buenos planes educativos, que enseñen, que obliguen al esfuerzo, donde haya aprobados y suspensos sin edulcorar, porque sólo así se incentiva el estudio. Y la educación no es más que la base de la economía futura, de manera que si la educación de ahora es mala, si sus rendimientos son pésimos, desembocará en una peor estructura económica en el futuro, que es el lugar al que nos lleva el maltrato de la educación por parte de la izquierda.

  • José María Rotellar es profesor de Economía y director del Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Vitoria