PISA y las reivindicaciones de los docentes
Los resultados de PISA 2025 han sido catastróficos. Lo han sido en casi todas partes, pero especialmente en España y, dentro de ella, en Cataluña, que incluso hizo trampas para sacar de la muestra a los alumnos con necesidad de apoyo educativo, y el País Vasco
Como ya sabrán ustedes, hace unas semanas se publicó el último Informe PISA. Por si lo han olvidado, les recordaré que PISA es el acrónimo del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes impulsado por la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. La OCDE es la sucesora de la OECE, la Organización Europea para la Cooperación Económica, creada en abril de 1948 por los países del Viejo Continente, muy maltrecho tras la Segunda Guerra Mundial y en riesgo de caer en manos del comunismo soviético, beneficiarios del Plan Marshall. Fue fundada en 1961, tras la incorporación a la OECE de EE.UU. y Canadá, y agrupa en la actualidad a treinta y ocho estados, los tenidos por más desarrollados del planeta.
Cada cuatro años PISA mide la capacidad de los jóvenes de quince años, en la mayoría de los sistemas educativos, la edad a la que concluye la educación obligatoria, para utilizar sus conocimientos y habilidades de lectura, matemáticas y ciencias para afrontar retos de la vida real, o, dicho de otro modo, los conocimientos y habilidades esenciales para su participación en la vida social y económica. Además, cada ciclo incluye un dominio innovador. En la próxima edición, la correspondiente a 2029, será la alfabetización mediática y en inteligencia artificial (MAIL).
Los resultados de PISA 2025 han sido catastróficos. Lo han sido en casi todas partes, pero especialmente en España y, dentro de ella, en Cataluña, que incluso hizo trampas para sacar de la muestra a los alumnos con necesidad de apoyo educativo, y el País Vasco. Creo que esto demuestra dos cosas, aunque el tiempo dirá si estoy o no en lo cierto. La primera, que enseñar a los niños en una lengua distinta de la materna los sitúa en inferioridad de condiciones respecto a los que lo hacen, incrementando su riesgo de fracaso escolar. Y segunda, que el currículo competencial no está funcionando, porque ha dejado de enseñar contenidos, pero se muestra también incapaz de enseñar competencias. Que esto tiene que ver con el exceso de exposición a los dispositivos móviles desde edades muy tempranas, que dificulta el aprendizaje de la lectoescritura y hace caer en picado la capacidad de concentración y la tolerancia a la frustración, parece también cierto. Debemos abrir una reflexión seria sobre estos asuntos. Lo que está en juego merece la pena.
¿Y qué piensan al respecto los profesores? Los nuestros, los españoles, parecen, desee luego, muy enfadados. En Cataluña y Valencia las huelgas y manifestaciones vienen ya del pasado curso: en otras comunidades como Madrid, se prepara un otoño caliente, por usar el lenguaje clásico de las movilizaciones laborales. Me dice un amigo director, en cuyo conocimiento de estas cosas confío ciegamente, que lo que se prepara no es fruto de la iniciativa de los sindicatos, bastante desprestigiados a estas alturas, aunque no han tenido otra opción que sumarse después para no quedar desbordados. Se trata de una movilización que nace de las propias bases, de los docentes cansados de la situación que soportan, que se agrava año tras año sin que a nadie parezca importarle.
Es cierto que, a priori, sus reivindicaciones pueden sorprender. Los sindicatos madrileños, por ejemplo, piden una drástica bajada de ratios, un aumento salarial mensual de 600 euros, reducir la burocracia y la carga lectiva, y un plan autonómico de climatización. Eso es lo que dice la prensa, demasiado dada al sensacionalismo y la simplificación. Sin embargo, no creo yo que sean esos los problemas más urgentes de la enseñanza en nuestros días, aunque puedan serlo de sus profesores. Me parece mucho más relevante asegurar en nuestros centros una verdadera atención a la diversidad, encomendada a profesionales cualificados para atender a los alumnos que presentan necesidades específicas de apoyo educativo, que ya no son unos pocos por aula, sino un porcentaje muy significativo y que no deja de crecer. Quizá así podrían aprender también los alumnos ordinarios, cada vez más perjudicados por la bajada efectiva del nivel que supone esa enorme diversidad y el ruido continuo en las clases, que impide a muchos niños escuchar las explicaciones de su profesor. Que PISA nos señale como uno de los países desarrollados con menos alumnos excelentes debería preocuparnos; es mucho el talento que estamos desperdiciando. Sería bueno también que comenzará a normalizarse la idea de contar con dos profesores enseñando a la vez, al menos en las áreas instrumentales (con perdón, ya sé que dicha denominación no procede en un currículo competencial), porque uno solo es incapaz, por competente que sea, de atender a alumnos tan diversos. No creo, por tanto, que baste con reducir la carga lectiva y la ratio, sin más. Si seguimos enseñando igual, no importa mucho cuántos alumnos tengamos en el aula. La enseñanza debe personalizarse, adecuarse a lo que cada alumno es y necesita, y eso no lo resuelven las ratios ni los horarios. ¿Lo resolverán las pantallas? Creo que si se usan bien, y solo a partir de una edad en la que los niños sepan ya leer y escribir y hayan adquirido el hábito de hacerlo, pueden resultar muy útiles. Lo que dé de sí la IA ya lo veremos. Creo, no obstante, que será mucho, siempre que no terminemos por considerarla una esclava para hacer lo que nosotros no queramos, porque entonces seremos nosotros los que acabaremos por convertirnos en esclavos suyos, tan dependientes de ella que no sepamos hacer nada solos. Sobre todo una cosa: pensar. Eso nadie debe hacerlo pro nosotros y menos aún por nuestros alumnos, no sea que acabemos proclamando, como dicen que hizo el rector de la extinta universidad catalana de Cervera durante una visita realizada en 1827 por Fernando VII: «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar». Con PISA o sin PISA, pensar es lo que nos hace humanos. No deberíamos olvidarlo, como parece que ha hecho nuestro sistema educativo.
- Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación