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Francisco camps

El Legado de Juan Carlos I y Adolfo Suárez 50 años después

España vive su peor momento democrático, sumida en una oscura incertidumbre y una polarización demagógica, radical y populista que asfixia la España real

La historia de las naciones suele estar marcada por rupturas traumáticas, en el caso de España hubo una excepción que asombró al mundo. La Transición fue el resultado de una arquitectura política magistral diseñada por dos hombres que supieron transformar la dictadura en una democracia moderna. El Rey Juan Carlos I y su «compañero de fatigas», Adolfo Suárez, formaron un binomio irrepetible que logró la hazaña de pasar por la fuerza de la ley por encima de las propias instituciones legisladoras y alumbrar un modelo de convivencia homologado a las naciones más avanzadas del momento. Un caso único.

Esta gesta no se explica solo por la técnica jurídica, sino por dos factores. El primero, lo que Boris Johnson, en su libro sobre Winston Churchill, denomina el «factor humano». Johnson sostiene que la historia depende de individuos con el carácter necesario para torcer el destino. El segundo, por la visión política de Platón sobre el buen gobierno, una aristocracia del saber comprometida para alcanzar la justicia.

El factor humano y la aristocracia de la sabiduría se sumaron en tal excelsa tarea, un extraordinario grupo de personas que acompañaron al rey y a su primer ministro.

En 1976, España encontró en sus líderes esa capacidad de mando intelectual volcada al servicio del pueblo.

Tras la muerte de Franco en 1975, el monarca heredó un poder absoluto, y de manera absoluta desmontó ese poder heredado. Su acierto fue elegir a Suárez y juntos impulsar y ejecutar la ley para la Reforma Política, aprobada por las Cortes el 18 de noviembre de 1976. Esta apuesta legal soberbia fue ratificada en el primero de los dos referéndums claves en nuestra historia. En diciembre de 1976, el 94 % de los españoles votó por el cambio, por la reforma serena y tranquila. La normalidad cristalizó en las primeras elecciones de 1977, que conformaron las Cortes que se encargaron de redactar la Constitución de 1978. El 6 de diciembre de ese año, el segundo de los dos referéndums la ratificó. La primera Constitución aprobada por el pueblo español. Consolidándose todo el proceso en las segundas elecciones generales, las de 1979.

Hoy, en 2026, 50 años después, España vive su peor momento democrático, sumida en una oscura incertidumbre y una polarización demagógica, radical y populista que asfixia la España real.

En este contexto, las reflexiones de Julián Marías cobran una vigencia profética: la democracia es, ante todo, un método de convivencia. Marías introdujo la «concordia sin acuerdo», ese concepto clave que permite convivir entre quienes piensan distinto.

El futuro de nuestra nación depende hoy de recuperar ese tejido social frente al populismo y de lograr una vertebración nacional donde el Estado no asfixie la vida privada y la sociedad civil recupere su protagonismo.

Para reconducir el país, es imperativo buscar líderes que sigan la inquietud de Ortega y Gasset: figuras con visión y acción, que posean inteligencia histórica para comprender el pasado y el futuro, evitando la improvisación. Necesitamos líderes que apliquen la aristocracia del saber y la experiencia junto al «factor humano» para disipar las tinieblas actuales. El legado de Juan Carlos y Suárez nos recuerda que la libertad no fue fruto del azar sino consecuencia de una voluntad inquebrantable de convivencia y de una pléyade de personas excepcionales que hoy, más que nunca, estamos obligados a elegir. El rey supo elegir, el pueblo debe saber elegir.