El Ja(u)ja de Sánchez con las campanas de Ceuta tañendo el réquiem español
Con Ceuta como inmanejable Centro de Estancia de Inmigrantes, pasma que la felonía del Ejecutivo español no desate una mareta, esto es, una agitación contra una nefanda gestión sojuzgada a Marruecos
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez se reúne con el rey Mohamed VI de Marruecos
Mientras las llorosas sacerdotisas del sanchismo andan afligidas por cómo la invasión de Ceuta por los 72.000 hijos de Mohamed VI haya podido afectar al «pobre Pedro»,, rememorando aquel estrambótico portadazo de El País tras la masacre del 11-S de 2011 en el que lo importante era la respuesta del presidente Bush en vez de los 3.000 muertos y 25.000 heridos, todo indica que el presidente de sus desvelos no ha andado mal en su refugio estival de La Mareta entre mil y un cuidados con un servicio de marajá. Si acaso, algo ojeroso como la princesa del guisante del cuento de Andersen tras haber pasado la noche en blanco a causa de la minúscula bola hecha colocar bajo veinte colchones para averiguar si era digna casadera del príncipe heredero.
Es más, culminadas ayer las vacaciones más largas de un presidente en medio siglo de democracia con el boato de la reina del relato del gran escritor danés, su absentismo ante el mayor ataque en el último siglo contra la integridad territorial de España, luego del golpe de Estado separatista del 1-O de 2017 en Cataluña, evoca la displicencia de aquel terrateniente que, enterado por su aperador del voraz incendio desatado un domingo en su latifundio, le respondió en tercera persona: «¡Vaya disgusto tan grande que se llevará el señor marqués el lunes!». No sabemos si este lunes será el caso de «Noverdad» Sánchez.
Al distar mucho de las vacaciones del señor Hulot, la comedia francesa en la que Jacques Tati, director y protagonista, satiriza a su clase dirigente mediante las desventuras del tímido turista recién llegado a una modesta playa en su destartalado cacharro, el «maretero» Sánchez ha apurado sus últimas tardes en su «ja(u)ja» estival indolente al réquiem español por el que llevan casi veinticinco días las campanas de Ceuta. Al fin y al cabo, en esta ciudad española desde antes del existir el Reino de Marruecos, se dirime la suerte de la nación como en Ucrania se juega el devenir de Europa, si bien todos los ucranianos son plenamente conscientes de ello, no así los españoles. Como en el poema del inglés John Donne con el que Hemingway tituló su novela sobre la Guerra Civil: «Nadie es una isla, completo en sí mismo;/ cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa/ Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida,/ como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia./ La muerte de cualquier hombre me disminuye/ porque estoy ligado a la humanidad;/ por consiguiente nunca te preguntes: / Por quién doblan las campanas: doblan por ti.»
Tañendo las espadañas ceutíes por todos los españoles, hay quienes hacen oídos sordos deambulando sonámbulos tras aquellos que, según el libro bíblico de los Proverbios, «no duermen tranquilos si no hacen el mal (…) al comer el pan del crimen y beber el vino de la violencia.». En este sentido, si un presidente vendido a Mohamed VI, espionaje telefónico mediante desde que acogió al líder polisario saharaui Ghali y trató de expiarse entregándole el exSahara español, viene consintiendo que los okupas se adueñen impunemente de las casas ajenas en España, ¿cómo va a frenar la violación de la unidad nacional como tampoco haría si sus socios soberanistas volvieran a reditarlo como en 2017?
Porque, como en el Evangelio de San Lucas, quien es deshonesto en lo poco lo será en lo mucho y, sobre todo, no puede ser fiel a dos señores. De hecho, se comporta con deslealtad a Felipe VI, mientras se humilla al sultán que lo tiene cogido por los dídimos, hasta pretender, con el rotativo del que presume fijar su línea como correo del zar, que el monarca español telefonee de «motu proprio» a Mohamed VI para darle «las gracias» por la irrupción. Todo ello luego de prohibirle viajar a Ceuta debiendo conformarse con recibir en el Palacio de Marivent a Juan Jesús Vivas para deslizar por boca del presidente ceutí que se comprometía a visitar «sine die» la única ciudad en la que no ha puesto un pie en su reinado.
Varios inmigrantes permanecen acampados este sábado en la playa El Trampolín de Ceuta.
Después de querer reducir su papel al de rey de la baraja como un naipe más, esos republicanos súbditos de la teocracia marroquí que afloran estos días, anteponiendo su odio a España y al Rey como cabeza de la Nación sobre todas las cosas, arremeten contra Don Felipe y le apremian con que «está tardando» en llamar (más bien en reclinarse) a Mohamed VI como si España fuera parte de su protectorado. En suma, primero lo ningunean y luego lo avasallan, y en el entreacto el ministro-pitbull del «Puto amo» lo descalifica como Puente no hará con el sultán vecino que desembarca en una ciudad española con ocupas que son peones de su expansionismo hacia futuras cotas y costas como la canaria.
Con Ceuta como inmanejable Centro de Estancia de Inmigrantes, pasma que la felonía del Ejecutivo español no desate una mareta, esto es, una agitación contra una nefanda gestión sojuzgada a Marruecos. Como Sánchez no puede moverse para silenciar el ruido de sus cadenas al menearse, usando la bella metáfora de Rosa Luxemburgo sobre la esclavitud humana, el veraneante de La Mareta no ha tomado más resolución práctica sobre Ceuta que designar a su jarrillo de lata para todo –o sea para nada– que es el ministro Ángel Víctor Torres coordinador gubernamental para paliar los bandazos de banda borracha de un gabinete que, como en la verbenera canción colombiana, camina de arriba abajo sin objeto hasta acabar mareado ansiando una farola en la que apoyar su abatida verticalidad.
En ese brete, hay ciudadanos que se encogen de hombros y tiran de sarcasmo como esos bañistas de Cartagena que, al verse arrollados por una patera llena de ilegales, exclamaron: «Esto es España, tío» ante la jauja sanchista mientras su promotor se carcajea. No en vano, las diminutas cadenas de aquello que se convierte en hábito, como anotó el bonaerense Bioy Casares, «son generalmente demasiado pequeñas para sentirlas, hasta que llegan a ser demasiado fuertes para romperlas.» Quizá ahí resida el auténtico leif motiv por el que Sánchez se ha permitido dedicar dos ratitos (un par de sorbos de café) a la crisis soberana española después de su hola y adiós a los caballas tras lanzar Mohamed VI su marea de «mojaítos» en el aniversario de su entronización.
Cuando el presidente Vivas ha de pedir amparo al Tribunal Supremo para que el Gobierno asuma sus deberes como Canarias en su día y la oposición debe trasladar al Tribunal Constitucional el plante de los ministros al Senado, dado que el Congreso está cerrado por holganza, salir del «estado de error en que vivimos» (y de horror), en expresión del gran filósofo Julián Marías, exige una movilización general que salvaguarde los confines nacionales. A este respecto, siendo Ceuta igualmente frontera europea, resulta plausible que el presidente andaluz, Juanma Moreno, solicite, como vicepresidente del organismo comunitario, su ingreso en el Comité Europeo de las Regiones –habrá que ver qué vota el PSOE– porque hay males que conviene curar en prevención de otros todavía más graves.
A este propósito, ¿alguien imagina lo de Ceuta en Gibraltar aun siendo de soberanía española reconocida por la ONU? Seguro que la reacción del Reino Unido no hubiera sido tan flemática como la de su embajador en Madrid cuando, cercada la legación de indignados que reclamaban su devolución por «la pérfida Albión», le llamó Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores. «Excelencia», preguntó el cuñado de Franco, «¿Quiere que le envíe más Policía?». El embajador Hoare le replicó con exquisita ironía: «En realidad, me bastaría con que me mandara menos manifestantes».