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Isabel RodríguezEl Debate (asistido por IA)

El perfil

Isabel Rodríguez, la ministra que remedará el «Hasta luego, Maricarmen»

Es una multipropietaria que atesora en Ciudad Real dos plazas de garaje, un par de trasteros y tres viviendas, según su declaración de bienes

Isabel Rodríguez García (Abenójar, Ciudad Real, 45 años), sanchista con estériles aspiraciones a sustituir a Emiliano García-Page en Castilla-La Mancha, dormitaba en el sarcófago en que se ha convertido el Gobierno socialista, sin presupuestos y sin apoyos parlamentarios. Exalcaldesa de Puertollano y actual ministra de Vivienda y Agenda Urbana, no ha movido un dedo por el problema que todas las encuestas identifican como uno de los más acuciantes en España: la vivienda. Solo el desahucio de Maricarmen Abascal, la mujer de 87 años que ha sufrido un lanzamiento judicial de la casa en la que llevaba viviendo 70 años en el barrio madrileño de Retiro, ha conseguido que se despierte de su plácido sueño. Pero Rodríguez ha alcanzado la verticalidad solo para echar la culpa a la Comunidad y al Ayuntamiento de Madrid, con los que comparte responsabilidades en la materia, eludiendo sus competencias y contribuyendo a convertir este episodio en una cortina de humo, en una batalla política de la que rascar algún voto. Lo hace curiosamente quien no conoce esos problemas ni por asomo, porque es una multipropietaria que atesora en Ciudad Real dos plazas de garaje, un par de trasteros y tres viviendas, según su declaración de bienes.

Rodríguez ha tachado de «especuladores desalmados» a los propietarios de la casa de la discordia. Todo para maquillar su precariedad parlamentaria, esa que le ha impedido aprobar una ley que pretendía intervenir el mercado, receta fallida que siempre ha naufragado porque actúa como un bumerán al limitar la oferta. Ahora, según la ministra, la culpa la tienen sus socios del Frankenstein, además de Ayuso y Almeida. Pero su Ministerio, que gasta el grueso del presupuesto en propaganda, solo sabe ya redirigir el malestar transversal de la vivienda hacia las autonomías del PP. Es la ministra que está en el Gobierno no para construir pisos sino para anunciar falsamente que los construye. De hecho, junto a su jefe Sánchez, sacó otro conejo de la chistera para camuflar su incompetencia publicitando un portal llamado «Casa 47», que, según el marketing de Moncloa, está diseñado para canalizar y solicitar el acceso a viviendas de alquiler asequibles.

Las grúas se pararon tras la burbuja y, en cambio, la población crece al ritmo de los flujos migratorios. Si a ello le sumamos la inseguridad jurídica que esta ministra castellanomanchega ha generado, la tormenta perfecta es un hecho. Realmente, su objetivo final cuando entró en el Consejo de Ministros era jubilar al barón que más quebraderos de cabeza da al presidente y que, paradójicamente, era y es el único que ha conseguido una mayoría absoluta con las siglas socialistas. La exalcaldesa de Puertollano, licenciada en Derecho, es conocida como «la sonrisa del sanchismo» por su impostada simpatía. Sabe bien –y lo ha vuelto a demostrar con el maricarmengate– que los jóvenes no conseguirán alquileres asequibles ni casas baratas para emanciparse, pero en Moncloa pelearse con Ayuso cotiza muy alto y te puede salvar de un indeseado relevo. Ya perdió la portavocía del Ejecutivo, donde acumuló cuatro apercibimientos y dos expedientes sancionadores de la Junta Electoral Central por su falta de neutralidad, y no quiere que la despojen de la migaja última que le dio el presidente en 2023, resucitando el Ministerio de Vivienda que se inventó Zapatero y que jamás ha dado un solo fruto. De entre las pocas luces de su gestión hay que destacar la firma con el alcalde de Madrid de la Operación Campamento, una cicatriz urbana a orillas de la carretera de Extremadura que llevaba encallada desde hace más de treinta años. No obstante, también en ese acto intentó meter cizaña contra el alcalde del PP. Nunca descansa.

Curtida en mítines contra la oposición desde la sala de prensa de Moncloa, amenaza un día sí y otro también a los barones populares de que el Gobierno les retirará la financiación si no aplican lo de topar los precios del alquiler en las zonas tensionadas, una medida que allí donde se ha aplicado ha hecho descender la oferta y, por tanto, ha agravado el problema estructural. Una de las cumbres de su demagogia quedó fechada el 2 de mayo de 2023, cuando recibió la invitación de la Comunidad de Madrid como ministra de Administración Pública a que acudiera a la fiesta regional: ella declinó asistir sin causa justificada (el día anterior, 1 de mayo, sí tuvo el gusto de manifestarse como una activista más con los sindicatos en Puertollano), pero aprovechó para enredar delegando su invitación en Félix Bolaños, a sabiendas de que el ministro de Justicia iba a montar una zapatiesta allí donde no había sido convidado. A la chita callando, Isabel generó un lío institucional que devino en ridículo sin precedentes del Gobierno.

Casada con Iván Molinero, afiliado desde primera hora a las Juventudes Socialistas de Puertollano, Isabel reúne las esencias de un buen socialista: se enroló muy pronto también en esas Juventudes y con 22 años fue la senadora más joven de España, para después, volver a su tierra como directora de Juventud, primero, y, a mayores, portavoz del Gobierno regional de José María Barrera, para terminar en Puertollano como alcaldesa durante dos años, antes de ser llamada por el Gran Timonel. Un currículum el suyo exponente de la más genuina clase pasiva del PSOE desde la cuna y de cómo hacer carrera sin haber cotizado ni una hora en la Seguridad Social al margen del presupuesto oficial.

Además de chantajear a los presidentes del PP, Rodríguez se despachó no hace mucho con una nueva tira cómica: pidió desde los micrófonos de la SER solidaridad a los caseros para que no subieran el precio de sus alquileres «porque las viviendas en alquiler pertenecen a los pequeños propietarios», rompiendo el discurso de su partido de que la vivienda está en manos de fondos buitre, contra los que ha disparado estos días. Hasta Sumar dijo entonces que la ministra era un insulto a la inteligencia. En breve, su hiperbólica actuación en el caso de la anciana desahuciada tendrá un colofón. Solo hay que esperar a que a Sánchez no le interese estirar más el chicle, si Junts, como parece, le facilita aprobar el martes una nueva ley. Para entonces, Isabel Rodríguez dirá aquello tan socorrido de «hasta luego, Maricarmen».