La rabia que contagia el perro que declara ser Sánchez
Que la avispa Sánchez no abandonaría el poder así como así ha dejado de ser objeto de especulación para pasar a ser una preocupante contingencia
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este domingo en Ponferrada
En la localidad sevillana de Dos Hermanas, donde un bragueta alegre del yerno de Sabiniano, el de los prostíbulos, como Francisco Salazar, percibía sueldo municipal sin trabajar para el consistorio, pero sí para el PSOE como hace hoy en Argentina para pasaportar nuevos votantes con la fraudulenta ley de tataranietos paralizada por el Tribunal Supremo, Pedro Sánchez ha vuelto a declararse perro, pero esta vez con ladridos de rabia sin vacunar y que suscitan una honda inquietud por sus efectos contagiosos entre una población a la que busca enfrentar. Más después de que los miembros de la Moncloaca recabaran sicarios para darle matarile a servidores de la Justicia como la magistrada Beatriz Biedma, instructora del sumario que dio pie a la condena de su hermanísimo David Sánchez por la Audiencia de Badajoz inhabilitándolo nueve años por lucrarse con una plaza de coordinador de conservatorios creada a su medida por la Diputación Provincial pacense.
Siendo dudoso que no tenga amo, como se empeña en negar cuando tiran de su correa Rabat y Pekín sin olvidarse de Caracas, su deriva encamina a España a tener que erigir estatuas como la que homenajea al juez Falcone en Palermo tras su asesinato en 1992 por la Cosa Nostra. Acorralado por la Justicia y apremiado por la eventualidad de ser desalojado de La Moncloa, un político hidrófobo como Sánchez persigue incendiar la vía pública con la colaboración de unos sindicatos que han convocado este 11 de noviembre una Huelga General Política (HGP), no como aquella otra con la que bajo esas siglas el Partido Comunista quiso derribar a Franco en 1959, sino en favor del Gobierno cual arma de deslegitimación preventiva del resultado electoral del 29 de noviembre.
Si hace años el filósofo alemán Odo Marquard ironizaba sobre el fenómeno por el que muchos de sus compatriotas se rebelaban contra la democracia con grandes aspavientos después de callar bajo el nazismo o el comunismo a uno y a otro lado del Muro de Berlín calificándolo de «desobediencia retrospectiva», ahora los sindicatos verticales del sanchismo practican en auxilio de Sánchez una «desobediencia preventiva» con esta HGP contra la oposición. A esta labor de zapa se han incorporado grupos violentos de extrema izquierda como la Coordinadora Juvenil Socialista (CJS), organización consanguínea de Gazte Koordinadora Sozialista (GKS), que reventaron la Vuelta ciclista de 2025 en una reVuelta alentada por Sánchez que obligó a suspender la etapa final de Madrid como le afeó su colega danesa. Estos kale borroka se han adueñado de la acampada de la Puerta del Sol con el que el Sindicato de Inquilinas quiso instrumentalizar el desahucio de la anciana Maricarmen Abascal, fallecida hace unos días. Como indicó el historiador marxista británico Eric Hobsbawm, «la agitación en la calle es para los totalitarios como la misa de pontifical para los católicos».
Después del paréntesis socialdemócrata de Felipe González que se trata de borrar de la memoria del PSOE para regresar al bolchevismo largocaballerista de la II República, Sánchez desatiende a quien emplazó a su primer Gobierno tras su rotundo triunfo del 20 de octubre de 1982 a preservar el orden público para no incurrir el error de sus mayores. Por contra, proclama «la calle es mía» –como Fraga, pero en dirección contraria– para ponerla patas arriba. Todo ello con claro desconcierto de las Fuerzas de Orden Público que observan con estupefacción como el Ejecutivo los deja a los pies de los caballos –como en la invasión de julio de Ceuta por Marruecos– al no facilitarle de manera irresponsable la información necesaria para montar los dispositivos adecuados contra las algaradas.
Con la indignación moral con la que el idiota se dota de dignidad, según Marshall Mcluhan, Sánchez contrapone la supuesta «legitimidad de la calle», que empezó con el 15-M de 2011 y ha rebrotado otoñalmente este 26-S como coletazos del zapaterismo y del sanchismo, con la del Parlamento. Como acontece con los tiranos elegidos en las urnas que luego traicionan quebrantando la Constitución que prometen respetar y hacer respetar poniendo su mano sobre una repujada edición, quien aseveró estar dispuesto a gobernar sin el Parlamento se manifiesta abiertamente a hacerlo hoy contra el órgano que residencia la soberanía nacional. A este fin, señala que, «en la mayoría social, hay insatisfacción» porque «le indigna ver como sus intereses son pisoteados en el Parlamento en beneficio de unos pocos» coligiendo que las Cortes son ilegitimas frente al fragor de la gente que, obviamente, él acaudilla.
Cuando Sánchez reclama «un Parlamento que se parezca más al clamor de la calle» frente a las Cortes elegidas por los votantes, socava los cimientos de la democracia contrariamente a aquella invocación de Adolfo Suárez de «…elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal» de 6 de abril de 1976 que facultó las primeras elecciones democráticas en cuarenta años. Nadie como Sánchez ha verbalizado con tal descaro su autogolpe en marcha y su tentativa por consolidarlo con la cita plebiscitaria del 29-N.
Para ese pronunciamiento a la bolivariana, Sánchez no requiere auparse a la grupa del caballo del general Pavía como Alfonso Guerra le achacó al expresidente al que tildó de «tahúr del Misisipi» ni sumarse al asalto a las Cortes del teniente coronel Tejero del 23-F de 1981 frente al cual se mantuvo a pie firme en el hemiciclo aquel presidente contra el que conspiró el PSOE coqueteando con el general Armada para luego ser objeto los propios intrigantes socialistas de maniobras desestabilizadoras del Ejército. Sánchez maquina contra el sistema constitucional desde dentro con la asistencia letrada del presidente del Tribunal Constitucional, Cándido Conde-Pumpido, con el ministro de Justicia, Félix Bolaños, de pasante. Como avizoró en la Alemania nazi el escritor Ernst Jünger, quien asistió a cómo el régimen deambulaba de la democracia al nuevo orden totalitario por el artículo 48 de la Constitución de Weimar: «Hay en el reino animal parásitos que chupan silenciosamente a la oruga hasta vaciarla. Al final, en vez de una mariposa del envoltorio sale una avispa».
Que la avispa Sánchez no abandonaría el poder así como así ha dejado de ser objeto de especulación para pasar a ser una preocupante contingencia. En este sentido, su aparente patinazo de principiante en su primer 12-O como presidente, al quedarse junto a Begoña Gómez en la línea de saludo al lado de los Reyes, fue una declaración de principios de quien no quería ser monarca por un día, sino cambiar el régimen como procura con estos comicios plebiscitarios que le hagan impune frente a jueces que le proveen de unas cortesías por estar en campaña cuando él emplea el lapso para asestar golpe letales a la Justicia con el mazo expedito de Conde-Pumpido, a la par que presiona al Tribunal Supremo sobre la ley de nietos como antes hizo con las curias que juzgaron a su Fiscal General y a su hermano, a los que indultará.
Con este panorama bajo el puente del 12-0, conviene no engañarse sobre la gravedad del momento en esta Fiesta Nacional antesala de la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla. Don Felipe y Doña Letizia se disponen a poner allí una pica como si fuera Flandes por primera vez en su reinado tras la invasión de los 80.000 hijos de Mohamed VI consentida por «Perro Sanxe», ese alias de su gusto, que tiene aullidos más mansos y zalameros para el sultán alauita que para los monarcas españoles.